En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Helen asintió y habló de Liverpool.
– Sé que las circunstancias de mi llegada a su casa son un tanto peculiares -reconoció ruborizándose-. Pero todos seguimos la senda del Señor y no siempre nos indica los caminos ya trillados.
El reverendo Baldwin asintió.
– Es absolutamente cierto, Miss Davenport -contestó con gravedad-. Quién lo sabrá mejor que nosotros. Tampoco yo había contado con que mi Iglesia me enviaría al fin del mundo. Pero éste es un lugar muy prometedor. Con la ayuda de Dios haremos de él una ciudad cristiana y vital. Probablemente ya sepa que Christchurch va a convertirse en sede episcopal…
Helen asintió solícita. Presentía por qué el reverendo Baldwin no había rechazado su puesto en Nueva Zelanda cuando se diría que no había abandonado de buen grado Inglaterra. Parecía ambicioso; aunque sin los contactos que sin duda se precisaban en Inglaterra para ocupar un obispado. Ahí, por el contrario…, Baldwin sin duda abrigaba esperanzas. ¿Sería tan buen pastor de almas como inteligente estratega en la política eclesiástica?
No obstante, el joven vicario que estaba al lado de Baldwin le resultó sin matices más simpático. Sonrió a Helen con franqueza cuando Baldwin le presentó como William Chester y le estrechó la mano con calidez y amabilidad. Chester era de complexión delicada, delgado y pálido, con un rostro común y huesudo, en el que destacaban una nariz demasiado larga y una boca demasiado ancha. Pero todo eso se compensaba con unos ojos castaños, vivaces e inteligentes.
– El señor O’Keefe ya se ha referido a usted de forma elogiosa -dijo solícito, después de que hubo tomado asiento al lado de Helen y servido generosamente puré de patatas y pollo-. Estaba tan contento de su carta…, apuesto a que en los próximos días, en cuanto se entere de la llegada del Dublin, se presentará aquí. Esperaba otra carta. ¡Qué sorpresa se llevará cuando sepa que ya ha llegado usted! -El vicario Chester parecía tan entusiasmado como si fuera él el responsable de la unión de la joven pareja.
– ¿En los próximos días? -preguntó Helen decepcionada. Había pensado que conocería a Howard al día siguiente. Enviar un mensaje a su casa no debería de ser tan difícil.
– Bueno, las noticias no llegan tan deprisa a Haldon -contestó Chester-. Debe contar con una semana de espera. Pero puede que sea más rápido. ¿No ha llegado hoy Gerald Warden con el Dublin? Su hijo mencionó que estaba en camino. ¡No se preocupe!
– Y en lo que concierne a su prometido, es usted sinceramente bienvenida -aseguró la señora Baldwin, pese a que su rostro reflejaba cualquier cosa menos sinceridad.
Helen, no obstante, se sentía insegura. ¿Acaso Haldon no estaba en los alrededores de Christchurch? ¿Hasta adónde iba a prolongarse todavía su viaje?
Se disponía a preguntarlo, cuando la puerta se abrió de par en par. Sin disculparse ni saludar, Daphne y Rosemary entraron corriendo. Las dos se habían soltado el pelo para dormir y en los bucles castaños de Rosi había briznas de heno prendidas. Las mechas rojas y rebeldes de Daphne enmarcaban su rostro como envolviéndolo en llamas. Y también sus ojos despedían chispas cuando contempló la mesa del reverendo, abastecida en abundancia. A Helen de inmediato le remordió la conciencia. Por la expresión de Daphne, todavía no habían dado nada de comer a las niñas.
Sin embargo, era evidente que en ese momento tenían otras preocupaciones. Rosemary corrió hacia Helen y la agarró por la falda.
– ¡Miss Helen, Miss Helen, se están llevando a Laurie! ¡Por favor, haga algo! Mary está gritando y llorando, y Laurie también.
– ¡Y también quieren llevarse a Elizabeth! -se lamentó Daphne-. Por favor, Miss Helen, ¡haga algo!
Helen se puso en pie de un brinco. Si Daphne, por lo general tranquila, estaba tan alarmada, algo horrible debía de estar sucediendo.
Miró con recelo a los comensales.
– ¿Qué está pasando? -preguntó.
La señora Baldwin puso los ojos en blanco.
– Nada, Miss Davenport. Ya le dije que hoy mismo podíamos contactar con dos de los futuros señores de las huérfanas. Han llegado para recoger a las niñas. -Sacó una hoja del bolsillo-. Lea: Laurie Alliston va con los Lavender y Elizabeth Beans con la señora Godewind. Todo como debe ser. No entiendo por qué se ha armado tanto alboroto. -Lanzó una mirada de censura a Daphne y Rosemary. La pequeña lloró. Daphne, por el contrario, devolvió la mirada con sus ojos centelleantes.
– Laurie y Mary son mellizas -explicó Helen. Estaba enfurecida, pero se obligó a conservar la serenidad-. Nunca las habían separado. No entiendo por qué las alojan en familias distintas. Debe de haber un error. Y Elizabeth no querrá irse sin haberse despedido. Por favor, acompáñeme, reverendo, y aclare este asunto. -Helen decidió no perder más tiempo con la insensible señora Baldwin. Las niñas formaban parte del ámbito de las competencias del reverendo, así que ya era hora de que se ocupase de una vez de ellas.
Por fin el párroco se puso en pie, si bien era visible que lo hacía de mala gana.
– Nadie nos ha informado de lo de las mellizas -explicó cuando entró circunspecto en el establo-. Claro que era obvio que se trataba de hermanas, pero es del todo imposible alojarlas en la misma casa. Aquí apenas se encuentra servicio inglés. Hay una lista de espera para estas niñas. No podemos conceder dos niñas a una sola familia.
– Pero una sola no será de utilidad, las niñas se pegan la una a la otra como lapas -razonó Helen.
– Tendrán que separarse -replicó con sequedad el reverendo.
Delante del establo esperaban dos vehículos, uno de ellos era una camioneta de reparto ante la cual esperaban aburridos dos pesados caballos bayos. El otro vehículo era un cabriolé negro y elegante tirado por un brioso palafrén que apenas podía quedarse quieto. Un hombre alto y chupado lo sostenía relajadamente por la brida y le iba dirigiendo susurros apaciguadores. Sacudiendo la cabeza miraba una y otra vez al establo, donde no cesaban los llantos y lamentos de las niñas. Helen creyó distinguir compasión en su mirada.
En los cojines del pequeño asiento se hallaba una delicada y anciana dama. Iba vestida de negro y sus cabellos, blancos como la nieve y recogidos con esmero bajo una toca, contrastaban de forma sugerente. También su tez era muy clara, como de porcelana, y unas arrugas minúsculas le cruzaban la cara dándole la textura de una seda antigua. Delante de ella se encontraba Elizabeth haciendo una educada reverencia. La anciana dama parecía conversar amistosa y benévolamente con la niña. Sólo de vez en cuando, ambas miraban inquietas y con pena hacia el establo.
– Jones -dijo finalmente la dama al conductor, cuando Helen y el reverendo se acercaban-. ¿Puede entrar y poner remedio a esas lamentaciones? Nos resulta muy incómodo. ¡Esas niñas lloran a lágrima viva! Averigüe de qué se trata y ponga solución al problema.
El conductor ató las riendas al pescante y se levantó. No parecía muy entusiasmado. Consolar el llanto infantil no debía de estar comprendido entre sus quehaceres habituales.
Entretanto, la anciana dama advirtió al reverendo Baldwin y lo saludó con afecto.
– Buenas noches, reverendo. Es un placer verlo. Pero no deseo entretenerle, es evidente que ahí dentro se reclama su presencia. -Señaló al establo, tras lo cual el conductor volvió a ocupar su sitio, suspirando aliviado. Si el mismo reverendo se ocupaba del asunto, él ya no era necesario.
Baldwin pareció reflexionar acerca de si debía proceder a la debida presentación de Helen y la dama antes de internarse en el establo. Luego desestimó la idea y se encaminó al centro del tumulto.
En medio del griterío, Mary y Laurie se mantenían abrazadas y sollozando mientras una mujer robusta intentaba separarlas. Un individuo de hombros anchos, pero de actitud pacífica estaba de pie al lado, impotente. También Dorothy parecía indecisa respecto a si debía actuar o limitarse a suplicar y rogar.
– ¿Por qué no se lleva a las dos? -preguntaba desesperada-. Por favor, ya ve que así no conseguirá nada.