Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » En El Pais De La Nube Blanca
En El Pais De La Nube Blanca - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 170
Перейти на страницу:

– Creo que mi madre la esperaba mañana. Voy a avisarle.

La joven se disponía a marcharse, pero Helen la retuvo.

– Miss Baldwin, las niñas y yo tenemos a nuestras espaldas un viaje de dieciocho mil millas. ¿No cree que la cortesía exige que nos haga pasar y nos invite a tomar asiento? -La muchacha hizo una mueca.

– Puede usted entrar -contestó-. Pero las crías no. Váyase a saber qué bichos traerán después del viaje en la entrecubierta. ¡Estoy segura de que mi madre no querrá que entren en casa!

Helen estaba furiosa, pero se contuvo.

– Entonces también yo espero fuera. He compartido el camarote con las niñas. Si ellas tienen bichos, yo también los tengo.

– Como usted quiera -respondió indiferente la muchacha. Se internó en la casa arrastrando los pies y cerró la puerta tras de sí.

– ¡Una auténtica lady! -dijo Daphne riendo con ironía-. Algo en sus clases debe de haber entendido mal, Miss Davenport.

En realidad, Helen debería haberla reprendido, pero le faltaba la energía. Y si el comportamiento cristiano de la madre semejaba al de la hija necesitaría un poco de fuerza para enfrentarse a ella.

Al menos la señora Baldwin apareció enseguida y se esforzó también por comportarse con gentileza. Era más baja y no tan regordeta como su hija. Sobre todo, no tenía esa cara redonda. En lugar de ello, sus rasgos eran más aquilinos, con ojos pequeños y juntos y una boca que debía forzar para sonreír.

– ¡Qué sorpresa, Miss Davenport! Claro que la señora Brennan ha hablado de usted, y de forma muy positiva, si me permite la observación. Entre, por favor, Belinda ya está preparándole la habitación de invitados. Bueno, y a las niñas también tendremos que alojarlas una noche. Aunque… -Meditó unos minutos y pareció repasar mentalmente una lista-. Los Lavender y la señora Godewind viven cerca. Puedo enviar a alguien enseguida. Tal vez quieran recibir a sus niñas hoy mismo. El resto puede dormir en el establo. Pero, por favor, entre, Miss Davenport. Fuera hace frío.

Helen suspiró. Hubiera aceptado con agrado la invitación, pero era indudable que así no se hacían las cosas.

– Señora Baldwin, también las niñas tienen frío. Han recorrido una distancia de veinte kilómetros y necesitan una cama y comida caliente. Y hasta que no sean entregadas a sus señores, están bajo mi responsabilidad. Así se acordó con la dirección del orfanato y para eso me pagan. Enséñeme pues el alojamiento de las niñas primero y luego aceptaré de buen grado su hospitalidad.

La señora Baldwin hizo una mueca, pero no dijo nada más. En lugar de ello hurgó en los bolsillos de un amplio delantal que cubría un vestido informal pero caro, sacó una llave y condujo a las niñas y a Helen a una esquina de la casa. Había allí un establo para un caballo y una vaca. El henil contiguo desprendía un olor aromático y estaba acogedoramente equipado con un par de mantas. Helen se rindió a lo inevitable.

– Ya habéis oído, niñas. Hoy por la noche dormiréis aquí -les explicó a las pequeñas-. Extended bien vuestras sábanas para que después no llevéis los vestidos llenos de heno. Seguro que en la cocina tenéis agua para lavaros. Yo me encargaré de que esté a vuestra disposición. Y luego volveré para comprobar que os habéis preparado como unas buenas cristianas para la noche. Primero a lavarse, luego a rezar. -Helen quería dar una impresión de severidad, pero no lo consiguió del todo ese día. Tampoco ella habría tenido ningunas ganas de desvestirse a medias en ese establo y de lavarse con agua fría. En consecuencia, el control de esa noche no sería demasiado estricto. Las niñas tampoco parecieron tomarse las indicaciones excesivamente en serio. En lugar de responder a su profesora con un solícito «Sí, Miss Helen», la asaltaron con más preguntas.

– ¿No nos van a dar nada de comer, Miss Helen?

– ¡Yo no puedo dormir en la paja, Miss Helen, me da asco!

– ¡Seguro que hay pulgas!

– ¿No podemos ir con usted, Miss Helen? ¿Y qué pasará con esa gente que a lo mejor viene? ¿Vienen a recogernos, Miss Helen?

Helen suspiró. Durante todo el viaje había intentado preparar a las niñas para la inminente separación el día después de la llegada. Al mismo tiempo, tampoco quería poner a la señora Baldwin todavía más contra ella y las niñas. Así que respondió de forma evasiva.

– Instalaos primero y descansad. Todo lo demás llegará, no os preocupéis. -Acarició consoladora los cabellos rubios de Laurie y Mary. Era evidente que las niñas estaban al borde de sus fuerzas. Dorothy hizo incluso la cama de Rosemary, que se durmió enseguida. Helen le hizo un gesto de reconocimiento.

– Luego vendré a veros otra vez -anunció-. ¡Prometido!

8

– Las niñas daban la impresión de estar bastante mal criadas -observó la señora Baldwin con expresión amarga-. Espero que sean realmente útiles a sus futuros señores.

– ¡Son niñas! -suspiró Helen. ¿Acaso no había mantenido ya esta conversación con la señora Greenwood, del orfanato de Londres?-. En el fondo sólo dos de ellas son lo suficientemente mayores para trabajar. Pero todas son aplicadas y diligentes. No creo que nadie se vaya a quejar.

La señora Baldwin pareció contentarse por lo pronto con estas palabras. Condujo a Helen a la habitación de invitados y por primera vez en ese día la joven recibió una sorpresa agradable. La habitación era luminosa y estaba limpia, decorada con tapetes de florecitas y cortinas al estilo de las casas de campo. Helen suspiró aliviada. Había encallado en un entorno rural, pero no lejos de la civilización. Además apareció entonces la chica regordeta con una gran jarra de agua caliente que vació en la palangana de loza de Helen.

– Refrésquese un poco primero, Miss Davenport -indicó la señora Baldwin-. La esperamos después para cenar. No tenemos nada especial, no estábamos preparados para recibir invitados. Pero si desea pollo y puré de patatas…

Helen sonrió.

– Tengo tanta hambre que me comería el pollo y las patatas crudas. Y las niñas…

La señora Baldwin estuvo a punto de perder la paciencia.

– ¡Ya nos cuidaremos de las niñas! -respondió con frialdad-. La veré después, Miss Davenport.

Helen se tomó su tiempo para lavarse a fondo, soltarse el cabello y volver a recogérselo. Pensó en si valía la pena cambiarse de ropa. Helen sólo tenía unos pocos vestidos y, por añadidura, dos de ellos estaban sucios. En realidad había reservado sus mejores ropas para el encuentro con Howard. Por otra parte, tampoco podía presentarse a la cena con los Baldwin desaliñada y sudada como se sentía. Al final se decidió por el vestido de seda azul oscuro. Un vestido de fiesta sería sin duda el apropiado para la primera noche en su nuevo hogar.

Acababa de servirse la comida cuando Helen entró en el comedor de los Baldwin. También ahí superó el mobiliario sus expectativas. El aparador, la mesa y las sillas eran de teca maciza y artísticamente tallada. O bien los Baldwin habían traído los muebles de Inglaterra, o bien Christchurch disponía de excelentes ebanistas. El último pensamiento la consoló. En caso necesario podría acostumbrarse a vivir en una cabaña de madera si el interior resultaba acogedor.

El retraso le produjo cierto malestar, pero, exceptuando a la hija de los Baldwin, una maleducada se mirase por donde se mirase, todos se levantaron para darle la bienvenida. Además de la señora Baldwin y Belinda, estaban sentados a la mesa el reverendo y un joven vicario. El reverendo Baldwin era un hombre alto y enjuto, de aspecto sumamente severo. Iba vestido de manera formal (su terno de paño marrón oscuro resultaba casi demasiado solemne para una cena familiar) y no sonrió cuando Helen le tendió la mano. En lugar de eso pareció someterla a un examen con la mirada.

– ¿Es usted hija de un colega? -preguntó con una voz sonora, susceptible sin duda de llenar el espacio de la iglesia.

1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 170
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)