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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Y entonces, por fin llegaron al lugar más alto del Paso. En una especie de plataforma, los tenderos que habían montado los puestos de refrescos esperaban a los caminantes. Ahí era tradición descansar para disfrutar ya con calma de la primera vista del nuevo hogar. Sin embargo, Helen no mostró ningún interés al principio. Se limitó a arrastrase a uno de los puestos y aceptó una gran jarra de cerveza de jengibre. Sólo una vez que hubo bebido se dirigió al punto desde el que se contemplaba el panorama y donde ya se habían detenido fascinadas muchas más personas.

– ¡Qué bonito! -susurró Gwyneira arrebatada. Todavía iba a la grupa de su caballo y podía mirar por encima de los demás inmigrantes. Helen, por el contrario, sólo disfrutó de una visión limitada desde la tercera fila. No obstante, fue suficiente para dar un fuerte impulso a su entusiasmo. Lejos a sus pies, el paisaje montañoso cedía lugar a una pradera de un verde delicado a través de la cual serpenteaba un riachuelo. En la orilla opuesta se hallaba la colonia de Christchurch; pero era totalmente diferente de la ciudad floreciente que Helen había esperado. Era cierto que se reconocía un pequeño campanario, pero ¿no habían hablado de una catedral? ¿No iba a convertirse ese lugar en sede episcopal? Helen había contado al menos con que estaría en obras, pero no había nada a la vista. Christchurch no era más que un conjunto de casitas de colores, la mayoría de madera y sólo unas pocas de la arenisca de que había hablado el señor Warden. Recordaba mucho a Lyttelton, la pequeña ciudad portuaria que acababan de dejar. Y era probable que no ofreciera mucho más en cuanto a comodidades y vida social.

Gwyneira, por el contrario, apenas si lanzó al lugar un segundo vistazo. Era diminuto, sí, pero ella ya estaba acostumbrada a los pueblos de Gales. Lo que le fascinaba era el interior del país. Una pradera casi infinita se extendía bajo el sol de la tarde ya avanzada y tras las llanuras se elevaban majestuosas las montañas cubiertas en parte de nieve. Estaban con toda seguridad a kilómetros y kilómetros de distancia, pero el aire era tan nítido que parecía como si estuvieran al alcance de la mano. Unos niños incluso extendieron los brazos hacia ellas.

La vista recordaba al paisaje de Gales o de algunas otras partes de Inglaterra en las que el prado delimitaba el paisaje de las colinas. Ésta era la causa por la que el entorno les parecía vagamente familiar tanto a Gwyneira como a muchos otros inmigrantes. Sin embargo, todo era más claro, más grande, más extenso. Ni corrales ni muros recortaban el paisaje y sólo de vez en cuando se distinguía alguna casa. Gwyneira experimentó un sentimiento de libertad. Aquí podría galopar sin límites y las ovejas podrían desperdigarse por un territorio enorme. Nunca más volvería a oír que la hierba no era suficiente o que debía reducirse el número de animales. ¡Había tierra en abundancia!

La ira de Gerald contra la joven se disipó al ver su rostro radiante. Reflejaba el mismo sentimiento de felicidad que también él sentía cada vez que miraba esa tierra. Aquí Gwyneira se sentiría como en casa. Tal vez no amara a Lucas, pero seguro que sí amaría esa tierra.

Helen llegó a la conclusión de que tenía que apañárselas. Eso no era lo que ella había imaginado, pero por otra parte todos le habían asegurado que Christchurch era una comunidad floreciente. La ciudad crecería. En algún momento habría escuelas y bibliotecas; tal vez incluso podría contribuir en su construcción. Howard parecía ser un hombre interesado en la cultura, sin duda la apoyaría. Y sobre todo: no tenía que amar ese país, sino a su esposo. Encajó resuelta su decepción y se dirigió a las niñas.

– En marcha, niñas. Ya habéis tomado vuestro refresco, ahora debemos continuar. Pero cuesta abajo es más fácil. Y al menos ahora tenemos nuestra meta a la vista. Venid, vamos a hacer una apuesta. Quien llegue antes a la próxima hostería, tendrá una limonada de más.

La siguiente hostería no se encontraba muy lejos. Ya en las estribaciones de la montaña se hallaban las primeras casas. El camino se ensanchaba y los jinetes pudieron adelantar a los caminantes. Cleo pasó junto a los colonos guiando el rebaño de ovejas y Gwyn fue tras ella montada sobre Igraine, que seguía con sus escarceos. Poco antes, en las sendas realmente peligrosas, los caballos se habían comportado al menos de forma modélicamente sosegada. Incluso el pequeño Mardoc se encaramaba con habilidad por los pedregosos caminos y Gerald no tardó en sentirse más seguro. Entretanto había decidido borrar de su memoria el desagradable episodio con Gwyneira. De acuerdo, la chica había impuesto su voluntad, pero eso no tenía por qué volver a suceder. Había que poner freno al carácter indómito de esa princesita galesa. A ese respecto, Gerald era, no obstante, optimista: Lucas exigiría a su esposa un comportamiento impecable y Gwyneira había sido educada para vivir junto a un gentleman. Tal vez prefiriese las cacerías y el adiestramiento de los perros, pero a la larga se rendiría a su destino.

Los viajeros llegaron al río Avon a la postrera luz del día y los jinetes pronto lo cruzaron. Todavía había tiempo suficiente para cargar las ovejas en el transbordador antes de que los caminantes llegaran, de modo que los acompañantes de Helen sólo maldijeron el hecho de que el transbordador se hubiera ensuciado con el sirle de las ovejas y no la demora.

Las muchachas londinenses contemplaron extasiadas el agua del río, clara como el cristal, pues hasta ese momento sólo habían visto las turbias y malolientes del Támesis. Llegada a ese punto, a Helen le daba todo iguaclass="underline" sólo ansiaba una cama. Esperaba que el reverendo al menos fuera hospitalario con ella. Debía de haber preparado algo para las niñas, era imposible que ese mismo día las enviara a las casas de sus señores.

Agotada, Helen preguntó delante del hotel y del establo de alquiler por dónde llegar a la casa parroquial. Vio entonces a Gwyneira y el señor Warden que acababan de salir de los establos. Habían provisto a los animales de un buen alojamiento y ahora les esperaba una cena de celebración. Helen sintió muchísima envidia de su amiga. ¡Cuánto le hubiera agradado refrescarse primero en la habitación limpia de un hotel y sentarse después a una mesa ya servida! Pero todavía tenía por delante la marcha a través de las calles de Christchurch y luego las negociaciones con el párroco. Las niñas murmuraban a sus espaldas y las pequeñas lloraban de agotamiento.

Por fortuna, el camino hasta la iglesia no era largo. Hasta entonces no había grandes distancias en Christchurch. Helen sólo tuvo que doblar tres esquinas con las niñas para llegar ante la puerta de la casa parroquial. Comparado con la casa del padre de Helen y la de los Thorne, el edificio de madera pintado de amarillo presentaba un aspecto mísero, pero la iglesia contigua no resultaba más representativa. Al menos, una bonita aldaba de latón, representando la cabeza de un león, decoraba la puerta de la casa. Daphne la golpeó con resolución.

Al principio no sucedió nada. Luego apareció en el umbral una muchacha de rostro ancho y expresión desabrida.

– ¿Y vosotras qué queréis? -preguntó con grosería.

Todas las niñas, excepto Daphne, retrocedieron asustadas. Helen dio un paso hacia delante.

– Primero queremos desearle unas buenas noches, ¡¡miss!! -contestó resoluta-. Y luego quisiera hablar con el reverendo Baldwin. Mi nombre es Helen Davenport. Lady Brennan debe de haberme mencionado en alguna de sus cartas. Y ellas son las niñas que el reverendo solicitó en Londres para darles aquí una colocación.

La joven asintió y se mostró algo más amable. No obstante, de su boca no salió ningún saludo y siguió lanzando miradas de desaprobación a las niñas huérfanas.

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