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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Tras una hora de marcha, los caminantes estaban cansados y sedientos, pero ya habían recorrido más de tres kilómetros.

– En lo alto de la montaña venden refrescos -consoló Jamie a las niñas-. Al menos eso es lo que han dicho en Lyttelton. Y en el transcurso de la subida hay albergues donde tomarse un respiro. Sólo tenemos que llegar arriba, luego lo peor ya habrá pasado. -Y dicho esto emprendía con resolución el nuevo trecho y las niñas lo seguían por el suelo pedregoso.

Durante el ascenso, Helen no tuvo apenas tiempo de contemplar el paisaje, pero lo que vio era desalentador. Las montañas eran peladas, grises y ralas.

– Piedra volcánica -comentó el señor O’Hara, quien ya había trabajado en la minería. Pero Helen recordó la «montaña infierno» de una balada que su hermana a veces cantaba. Precisamente así, yermo, descolorido e interminable, había imaginado el telón de fondo de la condena eterna.

Gerald Warden había podido descargar sus animales una vez que todos los pasajeros hubieron desembarcado; pero también los hombres de la agencia de transportes acababan de preparar sus mulos para emprender la marcha.

– ¡Lo lograremos antes de que oscurezca! -garantizaron a las temerosas ladies que acababan de subirse a lomos de los mulos-. Son unas cuatro horas. A eso de las ocho de la noche ya habremos llegado a Christchurch. Puntuales para la cena en el hotel.

– ¡Lo ve! -dijo Gwyneira a Gerald-. Podemos ir con ellos. Aunque está claro que solos iríamos más deprisa. A Igraine no le gustará ir trotando detrás de los mulos.

Para disgusto de Gerald, Gwyneira ya había ensillado los caballos mientras él controlaba el desembarco de las ovejas. Gerald logró a duras penas contenerse para no largarle una reprimenda. De todos modos estaba de mal humor. No había nadie que supiera tratar a las ovejas, no había corrales preparados y el rebaño se desparramaba de forma pintoresca por la colina de Lyttelton. Los animales disfrutaban de la libertad tras el largo tiempo transcurrido en el vientre del barco y brincaban revoltosos como corderitos por la escasa hierba del poblado. Gerald riñó a dos marineros que lo habían ayudado a descargar los animales y les ordenó con energía que los reunieran y vigilaran mientras él organizaba la construcción de un corral provisorio. Los hombres, sin embargo, consideraron que su tarea ya estaba concluida. Con la insolente respuesta de que eran gente de mar y no pastores se dirigieron al bar que acababa de inaugurarse poco tiempo atrás. Tras el largo período de abstinencia a bordo, estaban sedientos de alcohol. Las ovejas de Gerald no eran asunto suyo.

En cambio sonó en ese momento un estridente silbido que no sólo dio un susto enorme a Lady Barrington y la señora Brewster, sino también a Gerald y los muleros. Además, el sonido no procedía de cualquier niño de la calle, sino de una joven dama de sangre azul que hasta ahora se había comportado de forma juvenil y bien educada. Otra Gwyneira se reveló en ese momento. La joven se había percatado del problema de Gerald con las ovejas y puso remedio sin dilación. Silbó a su perrita y Cleo obedeció entusiasmada. Como un pequeño relámpago negro corrió a toda velocidad colina arriba y abajo y rodeó a las ovejas, que pronto se agruparon. Como guiados por una mano invisible, los animales se dirigieron en formación hacia Gwyneira, que esperaba tranquila, al contrario de los jóvenes perros de Gerald, que en realidad iban a ser transportados en cajas por barco hasta Christchurch. Cuando sintieron el olor de las ovejas, los pequeños collies se comportaron de forma tan salvaje que rompieron sin esfuerzo las livianas cajas de planchas de madera. Los seis animales brincaron fuera y se abalanzaron de inmediato sobre el rebaño. Sin embargo, antes de provocar el pavor entre las ovejas, los perros se dejaron caer en el suelo como si cumplieran una orden. Jadeando excitados, con sus rostros inteligentes y expectantes de collie vueltos hacia el rebaño, permanecieron tendidos, listos para intervenir cuando una oveja se saliera de la fila.

– ¿Lo ve? -dijo Gwyneira con calma-. Los cachorros dan estupendos resultados. Con ese gran macho fundaremos aquí una línea por la que a los ingleses se les caerá la baba. ¿Nos ponemos en marcha, señor Gerald?

Sin esperar su respuesta, se montó asimismo en la yegua. Igraine hacía escarceos excitada. También ella ansiaba ponerse por fin en acción. El marinero que había aguantado al joven semental, entregó aliviado el nervioso animal a Gerald.

Gerald oscilaba entre la cólera y la admiración. La actuación de Gwyneira había sido impresionante, pero eso no le daba derecho a desacatar sus órdenes. Y ahora no podía silbar de vuelta sin quedar mal ante los Brewster y los Barrington.

Tomó de mala gana las riendas del pequeño semental. Había cruzado más de una vez Bridle Path y conocía el peligro. Emprender el camino ya entrada la tarde siempre suponía un riesgo. Incluso cuando no se guiaba ningún rebaño de ovejas y sobre un dócil mulo en lugar de a lomos de un joven caballo macho apenas domado.

Por otra parte, no sabía dónde meter las ovejas en Lyttelton. Al final, su inepto hijo no había tomado medidas para alojarlas en el puerto. Y en el presente era seguro que no encontraría a nadie que construyera un corral antes de que oscureciera. Los dedos de Gerald se contrajeron de rabia alrededor de la brida. ¡Cuándo aprendería Lucas a pensar más allá de las paredes de su estudio!

Gerald apoyó iracundo un pie en el estribo. Naturalmente, a lo largo de su dinámica vida había aprendido a manejar un caballo de forma aceptable, pero no era su medio de locomoción favorito. Cruzar Bridle Path a lomos de un joven semental era para Gerald algo similar a una prueba de valor, y odiaba a Gwyneira precisamente porque lo forzaba a hacerlo. El espíritu rebelde de la joven, que a Gerald tanto le había gustado mientras iba dirigido contra su padre, resultaba ahora a ojos vistas escandaloso.

Gwyneira, que lo precedía relajada y alegre a la grupa de la yegua, nada sospechaba de los pensamientos de Gerald. Se alegraba más bien de que su futuro suegro no hubiera dicho nada sobre la silla para caballero que había colocado a Igraine. Su padre habría armado un alboroto de mil demonios si se hubiera aventurado a abrirse de piernas encima de un caballo en compañía. Sin embargo, Gerald no pareció advertir cuán indecoroso resultaba que así sentada la falda de su vestido de montar se deslizara hacia arriba y dejara al descubierto los tobillos. Gwyneira intentó tirar de la falda hacia abajo, pero luego se olvidó del asunto. Ya tenía trabajo suficiente con Igraine, que ansiaba ponerse delante de los mulos y recorrer el Paso a galope. Los perros, a su vez, no necesitaban ninguna vigilancia. Cleo ya sabía de qué se trataba y guiaba el rebaño de ovejas con destreza también en el sendero, cuando el camino se estrechaba. Los perros jóvenes la seguían por tamaño y provocaron que la señora Brewster incluso bromeara al respecto:

– Me recuerdan un poco a Miss Davenport y sus niñas huérfanas.

Helen se hallaba al límite de sus fuerzas, cuando, dos horas después de haberse puesto en marcha, oyó el sonido de unos cascos a sus espaldas. El camino seguía ascendiendo y continuaba sin haber nada más que un paisaje montañoso, yermo e inhóspito. Así y todo, uno de los emigrantes les dio ánimos. Pocos años atrás se había embarcado y en 1836 había llegado a esa región en una de las primeras expediciones, había escalado Port Hills y se había enamorado de tal modo de la vista de las llanuras de Canterbury que regresaba ahora con su mujer y los hijos para asentarse ahí. Anunciaba en ese momento a su agotada familia el final del ascenso. Sólo unos pocos recodos más en el camino y llegarían a la cima.

El camino, sin embargo, seguía siendo estrecho y escarpado, y los muleros no podían adelantar a los caminantes. Tras éstos se sucedían las quejas. Helen se preguntó si Gwyneira estaría entre los jinetes. Se había percatado de la diferencia de opiniones entre ella y Gerald y tenía curiosidad por saber quién había ganado la pelea. Su fino olfato pronto le indicó que Gwyneira debía de haberse impuesto. No había duda de que olía a oveja y, puesto que se avanzaba con lentitud, también llegaban desde atrás balidos de protesta.

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