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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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A Gwyneira, la travesía más bien la había aburrido. Lo que menos deseaba era permanecer más tiempo inactiva. Así que decidió dar un paseo a caballo por la mañana, lo que provocó una nueva pelea con Gerald. Empezó bien: cuando ella le informó de que iba a ensillar a Igraine, al principio Gerald no dijo nada. Sólo cuando la señora Brewster observó horrorizada que no podía permitirse que una dama montara sin compañía, el barón de la lana se echó atrás. En ningún caso autorizaría a su futura nuera hacer algo que en los círculos distinguidos se considerase indecoroso. Por desgracia no había ahí ningún mozo de cuadras y, claro está, ninguna doncella propiamente dicha que pudiera acompañar a la joven a dar un paseo a caballo. Tal pretensión ya le pareció extraña al propietario del hoteclass="underline" en Christchurch, así lo dejó bastante claro la señora Brewster, no se montaba a caballo por placer, sino para llegar a algún sitio. El hombre podía comprender el razonamiento de Gwyneira de querer mover al caballo tras tanto tiempo de inactividad en el barco, pero en ningún caso estaba preparado ni era capaz de facilitarle compañía para ello. Al final, Lady Barrington sugirió que su hijo Charles fuera con ella, y éste enseguida estuvo dispuesto a salir de paseo con Madoc. Aun así, el vizconde de catorce años no era la carabina ideal, pero Gerald ni pensó en ello y la señora Brewster guardó silencio para no enojar a Lady Barrington. Durante toda la travesía, Gwyneira había considerado al joven Charles bastante aburrido, pero por suerte éste reveló ser un buen jinete y suficientemente discreto. No confesó pues a su escandalizada madre que la silla de amazona de Gwyneira ya había llegado hacía tiempo, sino que corroboró lo que la joven decía respecto a que, lamentablemente, sólo se disponía de sillas de caballero. Y luego se comportó como si no pudiera manejar a Madoc: dejó que el semental se precipitara fuera del patio del hotel y así dio a Gwyn la oportunidad de seguirlo sin mayores discusiones sobre el decoro. Los dos rieron cuando dejaron Christchurch a sus espaldas a trote ligero.

– ¡A ver quién llega antes a esa casa! -gritó Chales, poniendo a Madoc a galope. No lanzó ni una mirada a las faldas recogidas de Gwyn. Una carrera a caballo por un prado sin fin parecía seducirlo decisivamente más que las formas de una mujer.

Hacia mediodía estaban los dos de vuelta y se habían divertido mucho. Los caballos bufaban satisfechos, Cleo parecía mostrar de nuevo una sonrisa de oreja a oreja y Gwyn encontró incluso el momento para arreglarse la falda antes de cruzar la ciudad.

– Con el tiempo se me ocurrirá algo -murmuró, cubriéndose castamente el tobillo derecho con la falda. Por supuesto, al hacerlo la parte izquierda del vestido subió más-. Tal vez baste con hacer un corte por detrás.

– Funcionará siempre que no sople el viento -sonrió con ironía su joven acompañante-. Y mientras no galope. En ese caso se le subirá la falda y se le verá…, hummm…, bueno…, lo que sea que lleve debajo. Es probable que mi madre se desmaye.

Gwyneira soltó una risita.

– Es cierto. Ah, me encantaría ponerme unos pantalones y ya está. ¡Los hombres no os dais cuenta de la suerte que tenéis!

Por la tarde, exactamente a la hora del té, salió en busca de Helen. Como era obvio, corría el riesgo de tropezar en el camino con Howard O’Keefe, lo que con toda certeza Gerald desaprobaría. Pero, en primer lugar, se moría de curiosidad y, en segundo lugar, Gerald no podía en modo alguno oponerse a que presentara sus respetos al párroco. A fin de cuentas, ese hombre iba a casarla, así que la visita de presentación era un deber de cortesía.

Gwyn enseguida encontró la casa parroquial y, como era de esperar, le dispensaron una acogida muy calurosa. En efecto, la señora Baldwin se desvivía haciendo cumplidos a su visitante como si ésta perteneciera al menos a la casa real. Helen, sin embargo, no pensaba que esto se debiera a sus orígenes nobles. Los Baldwin no rendían pleitesía a la familia Silkham, para ellos la eminencia era Gerald Warden. Por otra parte, parecían asimismo conocer bien a Lucas. Y mientras que hasta el momento se habían mantenido reservados en sus observaciones sobre Howard O’Keefe, sus alabanzas respecto al futuro esposo de Gwyneira no podían ser mayores.

– ¡Un joven extremadamente cultivado! -elogió la señora Baldwin.

– ¡Sumamente educado y muy instruido! ¡Un hombre muy maduro y serio! -añadió el reverendo.

– ¡Profundamente interesado en el arte! -intervino el vicario Chester con los ojos centelleantes-. ¡Leído, inteligente! La última vez que estuvo aquí mantuvimos por la noche una conversación tan animada que casi me olvidé de la misa de la mañana.

Tales descripciones desanimaban a Helen cada vez más. ¿Dónde estaba su granjero, su cowboy, su héroe de folletín? Por otra parte, no había ahí ninguna mujer a la que liberar de las garras de los pieles rojas. Pero en tal caso, ¿habría pasado las noches charlando con el párroco su osado pistolero en lugar de salvarla?

Helen también guardaba silencio. Se preguntaba por qué Chester no dedicaba ninguna alabanza similar a Howard. Además, los llantos de Laurie y Mary no se le iban de la cabeza. Se preocupaba por las niñas que quedaban y que todavía esperaban a sus señores en el establo. De nada servía que ya hubiera vuelto a ver a Rosemary. Por la tarde, la pequeña se había presentado en la casa del párroco haciendo una reverencia y sintiéndose muy importante con un cesto lleno de pastelillos para el té. Hacer los recados era la primera tarea que le había encomendado la señora McLaren y estaba sumamente orgullosa de poder satisfacer a todas las partes.

– Rosie da la impresión de estar contenta -se alegró también Gwyneira, que había presenciado la llegada de la pequeña.

– Ojalá a las otras les fuera tan bien…

Con la excusa de salir a tomar algo de aire fresco, Helen acompañó al exterior a su amiga y en tales circunstancias ambas jóvenes pudieron por fin pasear por las relativamente anchas calles de la ciudad y conversar con franqueza. Helen casi perdió el control. Con ojos llorosos habló a Gwyneira de Mary y Laurie.

– Y no tengo la sensación de que lleguen a superarlo -concluyó-. El tiempo cura las heridas, pero en este caso… Creo que esto las matará, Gwyn. Todavía son demasiado pequeñas. ¡Y no soporto a esos santurrones de los Baldwin! El reverendo podría haber hecho algo por las niñas. Tiene una lista de espera de las familias que buscan sirvienta. Seguro que habrían encontrado dos casas vecinas. En lugar de eso, envían a Mary con esos Willard. Se exige demasiado de la pequeña. ¡Siete hijos, Gwyneira! Y un octavo que está en camino. Mary debe ocuparse de la asistencia en el parto.

Gwyneira suspiró.

– ¡Si yo hubiera estado allí! Tal vez el señor Gerald podría hacer algo. Seguro que Kiward Station precisa de personal. Y yo necesito una doncella. Mira qué pelo, se suelta cuando me lo recojo yo sola.

El aspecto de Gwyneira era en efecto un poco desarreglado.

Helen sonrió entre lágrimas y se encaminó de nuevo hacia la casa de los Baldwin.

– Ven -la invitó a entrar-. Daphne puede arreglarte el peinado. Y si hoy no viene nadie a buscarla a ella y a Dorothy, tal vez deberías hablar en serio con el señor Warden. Te apuesto que los Baldwin le obedecen si pide a Daphne o a Dorothy.

Gwyneira asintió.

– ¡Y tú podrías llevarte a la otra! -sugirió-. El cuidado a fondo de una casa precisa de una sirvienta, así debería entenderlo Howard. Debemos ponernos de acuerdo, quién se lleva a Dorothy y quién se enfrenta con la afilada lengua de Daphne…

Antes de que una partida de blackjack diera respuesta a tal pregunta, las dos llegaron a la casa parroquial, ante la cual aguardaba un carruaje. Helen tomó conciencia de que su hermoso plan no iba a ejecutarse. En el patio, la señora Baldwin ya estaba conversando con una pareja de edad avanzada, mientras Daphne esperaba diligente al lado. La niña parecía un dechado de virtudes. Su vestido estaba inmaculado y el cabello tan bien recogido y tan bien peinado como Helen raras veces lo había visto. Daphne debía de haberse arreglado especialmente para ese encuentro con sus señores; al parecer, antes se había informado sobre la pareja. Su imagen pareció impresionar sobre todo a la mujer, quien, a su vez, iba vestida de forma pulcra y modesta. Bajo el sombrerito decentemente adornado con un diminuto velo, asomaba un rostro despejado y unos ojos castaños y sosegados. Su sonrisa era franca y amistosa, y era evidente que no cabía en sí de alegría por la suerte que el destino le había deparado con su nueva sirvienta.

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