En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Helen asintió confiada. Al menos Elizabeth estaría en buenas manos. Un diminuto rayo de luz al final de un día horrible.
– Venga pasado mañana a tomar el té con nosotros -la invitó la señora Godewind, antes de que el cabriolé se pusiera en marcha.
Elizabeth agitó la mano feliz.
A Helen, por el contrario, ya no le quedaban fuerzas para entrar en el establo y consolar a Mary ni tampoco para reanudar la conversación en torno a la mesa del reverendo Baldwin. Sin embargo, todavía tenía hambre, pero se consoló con la idea de que los restos se emplearían, con algo de suerte, en beneficio de las niñas. Se disculpó cortésmente y se fue a la cama. Mañana apenas si podría ser peor.
Al día siguiente el sol brillaba radiante sobre Christchurch y lo impregnaba todo de una luz cálida y amable. Desde la habitación de Helen se abría una fascinante vista panorámica de la cadena montañosa que limitaba las llanuras de Canterbury y las calles de la pequeña ciudad se veían a la luz del sol limpias y acogedoras. De la sala del desayuno de los Baldwin salía el aroma de pan recién horneado y té. A Helen se le hizo la boca agua. Esperó que ese buen comienzo fuera un buen presagio. No cabía duda de que el día anterior simplemente se había figurado que la señora Baldwin era desagradable e insensible, su hija huraña y mal educada y el reverendo Baldwin mojigato y totalmente indiferente al bienestar de las niñas de su parroquia. A la luz del nuevo día, juzgaría con mayor benevolencia a la familia del pastor, seguro. Pero primero tenía que ir a ver a las niñas.
En el establo se encontró con el vicario Chester, que consolaba en vano a la todavía llorosa Mary. La pequeña lloraba y preguntaba entre gemidos por su hermana. Ni siquiera tomó el pastelito que el joven sacerdote le tendió como si un poco de azúcar pudiera aliviar toda la pena del mundo. La niña parecía completamente extenuada, era evidente que no había conciliado el sueño. Helen no pensaba en entregar de inmediato a la niña a otra gente extraña.
– Si Laurie llora tanto y tampoco come nada, los Lavender seguro que la enviarán de vuelta -dijo esperanzada Dorothy.
Daphne alzó la mirada al cielo.
– No te lo crees ni tú. Esa vieja la reñirá o la encerrará en el armario de las escobas. Y si no come, se alegrará de ahorrarse una comida. Es más fría que el morro de un perro, esa pájara…
»Oh, buenos días, Miss Helen. Espero que al menos usted haya dormido bien. -Daphne miró con los ojos brillantes a su profesora sin mostrar el menor respeto y no hizo ningún gesto de disculpa por lo de “pájara”.
– Tal como viste tú misma ayer -contestó Helen en un tono gélido-, no tuve la menor posibilidad de ayudar a Laurie. Pero voy a intentar hoy entrar en contacto con la familia. Exceptuando lo dicho, sí, he dormido muy bien, y seguro que tú también. A fin de cuentas, sería la primera vez que te hubieras dejado influir por los sentimientos de tus semejantes.
Daphne inclinó la cabeza.
– Lo siento, Miss Helen.
Helen se sorprendió. ¿Había alcanzado, por así decirlo, un logro educacional?
Ya entrada la mañana, aparecieron los futuros señores de la pequeña Rosemary. Helen ya estaba asustada antes de la entrega, pero esta vez experimentó una agradable sorpresa. Los McLaren, un hombre bajito y gordinflón con una cara amable y mofletuda, y su no menos bien alimentada esposa, que parecía una muñeca con sus mejillas rojas como manzanas y sus ojos redondos y azules, llegaron hacia las once a pie. Resultó que la panadería de Christchurch era de su propiedad: los panecillos frescos y los pastelillos de té, cuyo aroma había despertado a Helen por la mañana, eran de su producción. Puesto que el señor McLaren empezaba a trabajar antes del amanecer y se iba por consiguiente temprano a la cama, la señora Baldwin no había querido molestar a la familia el día anterior y esperó a informarla de la llegada de la niña a la mañana del día siguiente temprano. En ese momento habían cerrado la tienda para recoger a Rosemary.
– ¡Dios mío, pero si todavía es una niña! -exclamó asombrada la señora McLaren cuando la amedrentada Rosemary hizo una reverencia ante ella-. Y antes tendremos que darte unas cuantas papillas, ¿verdad fideíto? ¿Cómo te llamas?
La señora McLaren se dirigió primero con cierto reproche a la señora Baldwin, quien recibió la objeción sin comentarios. Pero cuando habló con Rosemary, se acuclilló afable delante de la niña y le sonrió.
– Rosie… -susurrró la pequeña.
La señora McLaren le acarició el pelo.
– Qué nombre tan bonito. Rosie, había pensado que quizá te gustaría vivir con nosotros y ayudarme un poco en el cuidado de la casa y en la cocina. Y es obvio que también en la pastelería. ¿Te gusta preparar pasteles, Rosemary?
Rosie reflexionó.
– Me gusta comer pasteles -respondió.
Los McLaren rieron, él como si cloqueara y ella como en un alegre falsete.
– Es la mejor condición previa -declaró con seriedad el señor McLaren-. Sólo a quien le gusta comer bien, sabe también cocinar bien. ¿Qué piensas, Rosie, te vienes con nosotros?
Helen suspiró aliviada cuando Rosemary asintió con determinación. Los McLaren tampoco parecían estar muy sorprendidos de que a su casa llegara más bien una niña acogida y no una criada.
– En Londres también adiestré a un joven del orfanato -resolvió el enigma el señor MacLaren poco después. Habló un poco más con Helen mientras su mujer ayudaba a Rosie a recoger sus cosas-. Mi patrón había pedido un niño de catorce años para que arrimara el hombro con nosotros. Y nos enviaron a un renacuajo que parecía tener diez años. Sin embargo, era un jovencito diestro. La patrona lo alimentó bien y con el tiempo se ha convertido en un oficial panadero reconocido. ¡Si nuestra Rosie también da tan buen resultado, no nos quejaremos de los gastos de crianza! -Sonrió a Helen y tendió una bolsa con pan a Dorothy que había traído para las niñas en especial-. ¡Pero reparte bien, chica -la exhortó-. Ya sabía que habría más niños aquí y la esposa del pastor no es conocida precisamente por su generosidad.
Daphne enseguida tendió la mano con avidez hacia los pasteles. Era probable que todavía no hubiese desayunado, al menos, no lo suficiente. Mary, por el contrario, seguía estando desconsolada y todavía lloró más cuando Rosemary también se fue.
Helen decidió distraer un poco a las niñas y les anunció que ese día darían clase como en el barco. Mientras no estuvieran con sus familias, era mejor que siguieran aprendiendo en vez de haraganear. En atención al hecho de que se encontraban en casa de un pastor, Helen escogió en esa ocasión la Biblia como lectura.
Daphne empezó a leer con desgana la historia de las bodas de Caná y cerró gustosa el libro cuando la señora Baldwin apareció poco después. La acompañaba un hombre alto y rechoncho.
– Miss Davenport, es muy loable que se entregue a la edificación de las niñas -declaró la esposa del párroco-. Pero entretanto debería haber hecho callar de una vez a esta niña.
Miró malhumorada a la llorosa Mary.
– Pero ahora da igual. Éste es el señor Willard y se llevará a Mary Alliston a su granja.
– ¿Va a vivir sola con un granjero? -exclamó Helen.
La señora Baldwin alzó la mirada al cielo.
– ¡No, por Dios! ¡Sería una indecencia! No, no, es indudable que el señor Willard tiene esposa y siete hijos.
El señor Willard asintió orgulloso. Parecía muy simpático. Su rostro, surcado de arrugas de expresión, mostraba también las huellas de un arduo trabajo al aire libre que debía cumplirse fuera cual fuese el tiempo que hacía. Sus manos eran como garras encallecidas y bajo la ropa se percibían los músculos.