En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Los mayores ya trabajan duro en los campos conmigo -explicó el granjero-. Pero mi mujer necesita que la ayuden con los pequeños. En el cuidado de la casa y del establo también, claro está. Y a ella no le gustan las mujeres maoríes. Sus hijos deben ser educados, según ella, por cristianos decentes. ¿Quién es nuestra sirvienta? Tendrá que ser fuerte, a ser posible, el trabajo es pesado.
El señor Willard pareció igual de horrorizado que Helen cuando la señora Baldwin le señaló a Mary.
– ¿La pequeña? ¡Está usted de broma, señora Baldwin! ¡Sería como tener un octavo hijo en casa!
La señora Baldwin lo miró con severidad.
– Si no la pone entre algodones, será capaz de realizar un trabajo duro. En Londres nos han garantizado que todas las niñas han cumplido ya los trece años y que están disponibles sin restricciones. Así pues, ¿se la lleva o no?
El señor Willard pareció dudar.
– A mi esposa le urge que la ayuden -dijo mirando a Helen y casi disculpándose-. En Navidad dará a luz a nuestro próximo hijo, alguien tendrá que echarle una mano. Venga, ven pequeña, ya nos las apañaremos. Venga, vamos, ¿a qué esperas? ¿Y por qué lloras? ¡Dios mío, no tengo ningunas ganas de cargar con más problemas! -Sin volver la vista a Mary, el señor Willard salió del establo. La señora Baldwin le puso a la niña el hatillo en la mano.
– Ve con él. ¡Y sé una criada obediente! -dijo a Mary. Ésta no replicó. Únicamente lloraba. Lloraba y lloraba.
– Esperemos que al menos su esposa muestre un poco de compasión -suspiró el vicario Chester. Había presenciado la escena tan impotente como Helen.
Daphne resopló con rabia.
– ¡Mostrar compasión cuando lleva ocho críos colgados de las faldas! -respondió al sacerdote-. Y ese hombre cada año le hace uno más. Pero dinero no tienen, y lo poco que hay se lo bebe él. Así se le atraganta a uno la compasión. Ni siquiera ellos mismos dan pena.
El vicario Chester la miró horrorizado. Era evidente que se estaba preguntando en ese mismo instante cómo esa niña se desenvolvería en las funciones de sumisa sirvienta en la casa de uno de los dignos notables de Christchurch. Helen, por el contrario, ya no se sorprendía ante los estallidos de Daphne y se percató de que cada vez los comprendía mejor.
– Pero Daphne, Daphne. El señor Willard no da la impresión de malgastar el dinero emborrachándose -llamó a la niña a la moderación. A partir de ahí, ya no podía censurar a Daphne, no cabía la menor duda de que tenía toda la razón. La señora Willard no cuidaría de Mary. Ya tenía bastantes hijos propios como para preocuparse por ella. La pequeña criada no sería más que mano de obra barata. También el vicario debía de ser de la misma opinión. En cualquier caso, no puso ninguna objeción a las insolentes palabras de Daphne, sino que hizo el breve ademán de bendecirla antes de abandonar el establo. Sin duda, ya había descuidado durante mucho tiempo sus tareas y el reverendo le amonestaría por ello.
Helen quería volver a abrir la Biblia, pero ni ella ni sus discípulas tenían en el fondo ningún interés por textos edificantes.
– Siento curiosidad por saber qué nos espera -dijo Daphne al final, poniendo palabras a los pensamientos de las niñas que quedaban-. La gente debe de vivir bastante lejos si todavía no se han presentado para recoger a sus esclavas. ¡Practica otra vez cómo se ordeñan las vacas, Dorothy! -Señaló la vaca del pastor, la que con certeza había descargado de algunos litros de leche la noche anterior. La señora Baldwin no había permitido en absoluto que las niñas se beneficiaran de los restos de la cena, sino que les habían enviado una sopa clara y un poco de pan duro al establo. No cabía la menor duda de que las niñas no echarían de menos la acogedora casa del reverendo.
9
– ¿Cuánto se tarda a caballo desde Kiward Station hasta Christchurch? -preguntó Gwyneira. Estaba con Gerald Warden y los Brewster sentada a una mesa provista de un abundante desayuno en el White Hart Hotel. Éste no era elegante, pero sí correcto, y tras el agotador día anterior había dormido profundamente en una cómoda cama.
– Bueno, depende del hombre y del caballo -respondió Gerald con jovialidad-. Debe de haber unos ochenta kilómetros, con las ovejas necesitaremos dos días. Pero un correo que tenga prisa y que cambie un par de veces de caballo durante el trayecto tardaría fácilmente pocas horas. El camino no está pavimentado, aunque sí es bastante plano. Un buen jinete irá al galope.
Gwyneira se preguntaba si Lucas Warden sería un buen jinete… ¡y por qué demonios no se había presentado a caballo ya el día anterior para conocer a su novia en Christchurch! Claro que tal vez todavía no supiera que el Dublin había llegado. Sin embargo, su padre le había comunicado la fecha de salida, y era por todos conocido que los barcos precisaban entre setenta y cinco y ciento veinte días para realizar la travesía. El Dublin había estado ciento cuatro días navegando. ¿Por qué Lucas no la estaba esperando ahí? ¿O no estaba en absoluto ansioso por conocer a su futura esposa? La misma Gwyneira habría preferido partir hoy mejor que mañana para llegar a su nuevo hogar y encontrarse por fin cara a cara con el hombre a quien se había prometido sin conocerlo. ¡A Lucas debería ocurrirle lo mismo!
Gerald rio cuando ella realizó la observación pertinente.
– Mi Lucas tiene paciencia -señaló-. Y sentido del estilo y las grandes entradas en escena. Es probable que ni en sus sueños más osados podría imaginarse el primer encuentro contigo en un sudado traje de montar. En eso es muy gentleman…
– ¡Pero eso a mí no me importaría! -replicó Gwyneira-. Y podría haberse instalado en el hotel y cambiarse de ropa si cree que tanto me importan las formalidades.
– Creo que este hotel no tiene clase -gruñó Gerald-. No te impacientes, Gwyneira, Lucas te gustará.
Lady Barrington sonrió y dejó a un lado los cubiertos con afectación.
– En realidad es muy bonito que un joven se imponga cierta contención -observó-. A fin de cuentas no estamos entre salvajes. En Inglaterra tampoco habría conocido usted a su futuro esposo en un hotel, sino tomando el té en su casa o en la de él.
Gwyneira tuvo que darle la razón, pero no se animaba, simplemente, a renunciar a sus sueños de esposo pionero y emprendedor, de granjero y caballero apegado a la tierra y con afán de investigador. ¡Lucas tenía que ser distinto de los lánguidos vizcondes y baronets de su tierra!
No obstante, volvió a alimentar esperanzas. Tal vez esa timidez no tenía nada que ver con el mismo Lucas, sino que se remontaba a una educación en exceso distinguida. Sin duda consideraba a Gwyneira tan estirada y complicada como habían sido sus institutrices y profesoras particulares. Tanto más cuanto ella era, además, noble. Seguro que Lucas temía dar algún paso en falso en su presencia. Puede que hasta tuviera algo de miedo de ella.
Gwyn intentó consolarse con estos pensamientos, aunque no lo consiguió del todo. En su caso, la curiosidad habría vencido con rapidez el miedo. Pero tal vez Lucas era de verdad tímido y necesitaba cierto tiempo para prepararse. Gwyneira pensó en su experiencia con los perros y los caballos: los animales más tímidos y reservados solían ser los mejores cuando se conseguía acceder a ellos. ¿Por qué iba a ser distinto con los seres humanos? Cuando conociera a Lucas, él se explayaría.
No obstante, la paciencia de Gwyneira iba a seguir poniéndose a prueba. No había posibilidad de que Gerald Warden partiera ese mismo día a Kiward Station, como ella deseaba en silencio. En lugar de eso, debía resolver algunos asuntos todavía en Christchurch y organizar el transporte de los muebles y otros objetos domésticos que había adquirido en Europa. Todo ello, según informó a la decepcionada joven, le llevaría uno o dos días con toda certeza. Mientras tanto, debía tranquilizarse, seguro que el largo viaje la había agotado.