El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
En los días que siguieron tuvo de nuevo la sensación de ser observada, de que alguien la seguía. Siempre era algo inesperado, siempre algo difuso, si bien no lograba despojarse de la cada vez más intensa convicción de que estaba siendo objeto de un urgente interés por parte de alguien. Una vez, en la tienda, creyó que había alguien allí fuera y que la estaba mirando, y cuando acudió al escaparate le pareció entrever una figura que se largaba a toda velocidad. Sin embargo, cuando acudió a la puerta y miró a un lado y otro de la calle no había nadie a la vista, nadie que recordase a la figura que creyó sorprender por el escaparate. Un día, a la hora de comer, iba caminando por el Green cuando de pronto tuvo la muy fuerte sensación de que entre los que paseaban entre los arriates de flores o estaban tumbados en la hierba se encontraba uno que en secreto la observaba. Hizo un alto a la altura del quiosco de la música, donde tocaba la banda del Ejército, y revisó los rostros de los presentes, por ver de captar unos ojos que en secreto la estuvieran mirando, pero no dio con nadie. De nuevo intentó convencerse de que estaba siendo víctima de una percepción ilusoria y disuadirse de que alguien la seguía. ¿Quién iba a estar observándola, y por qué? Luego llegó la noche en que, al llegar a su casa después de haber ido al cine, se encontró el cuerpo derrumbado en los escalones de la entrada, y tuvo flojera en las rodillas y el corazón pareció parársele un instante, antes de seguir latiendo de un modo enfermizo, como si lo tuviera sujeto al cabo de una goma elástica.
Capítulo 13
Difícil habría sido que alardease el inspector Hackett de ser el más implacable de los investigadores. Prefería la vida sin sobresaltos, y nunca había fingido lo contrario. Tenía un huerto en el que cultivaba sobre todo hortalizas, aunque la señora Hackett, que se llamaba May, una primorosa avecilla de mujer, nunca dejaba de darle la lata para que plantase más flores; era en particular partidaria de las dalias y él cultivó algunas, más que nada por hacerla callar, aunque en secreto las consideraba poco más que pasto para las tijeretas. También era pescador aficionado, e iba a Greystones siempre que tenía un fin de semana libre de sus tareas domésticas, y por lo común volvía con unos cuantos róbalos para la mesa, aunque la señora Hackett se quejaba con amargura de tener que limpiar los pescados, puesto que era una mujer de disposición más bien delicada si se trataba de quitarles las tripas a los peces. Por otra parte, la casa lo tenía sumamente atareado. Siempre parecía que hubiese algo pendiente de un arreglo, de unos cuantos clavos, de un trabajo de sierra o de lima, de una mano de pintura, de una remodelación. Los dos hijos que tenía, dos pedazos de hombretones -así pensaba en ellos-, le servían de poca ayuda, y parecían andar siempre fuera de casa, en un partido de fútbol, o en el cine. A grandes rasgos, la suya era una vida ajetreada, su tiempo era precioso, y ponía mucho cuidado en no hacerse cargo de las cosas que podía sin complicaciones abstenerse de asumir o dejar en manos de otros.
A pesar de todo, la muerte de Deirdre Hunt no terminaba de dejarlo en paz. Sospechaba que todo policía,
o al menos todo policía de su rango, disponía de una manera particular e infalible de saber cuándo había algo que no terminaba de encajar en un caso que aparentemente, y en la superficie, estaba claro como el agua. Cuando de él se trataba, no era nada específico; no era que la nariz le temblase sin poder controlarlo, ni que se le constriñeran las tripas, como les sucedía a los detectives en las novelas de misterio. Lo que sentía cuando se le despertaba la suspicacia era un estar mal a gusto en general. Era un poco como tener una ligera resaca, de esas en las que uno se levanta y se pregunta qué le pasa, hasta que recuerda de pronto los dos o quizá tres pelotazos de whisky de malta que se ventiló a toda prisa, antes de que diesen la hora del cierre. Y precisamente así se sentía cuando pensaba en Deirdre Hunt, acalorado, jaquecoso, con hormiguillo por todo el cuerpo.
Además era un solitario, desde luego que lo era el inspector. No tenía un compañero de fatigas al cual pudiera confiar sus dudas y recelos, con el cual pudiera poner a prueba sus teorías, sus hipótesis respecto de lo que hubiera hecho tal o cual persona, y del porqué, y del cómo. Prefería fiarse de sus propios juicios y, a decir verdad, también prefería disponer de su sola compañía. Así había sido siempre, incluso cuando era niño y rondaba al buen tuntún por los sembrados o las callejuelas de la localidad de las Midlands en la que había nacido, en busca de algo, sí, pero sin saber nunca el qué, con la esperanza de que algo le saliera al paso, lo que fuera, algo que le interesara o le divirtiera.
Una tarde, a última hora, dio con Billy Hunt en el campo de fútbol del Clontarf Rovers. Había consultado con sus hijos, que tal vez lo conocieran. Nada más oír el nombre, los dos mozalbetes se miraron uno al otro y se echaron a reír. «Oh, claro, claro -dijo uno de ellos-. Claro que conocemos al valeroso Billy Hunt. Un tipo duro. No te contaré cómo lo apodan, aunque lleva una rima». Y se volvieron a reír. Hackett suspiró. Tiempo atrás se había hecho a la idea de que sus dos chicos no iban a llegar a ser ni mucho menos lo que él habría querido por hijos y herederos, aunque a su madre la querían y a él lo respetaban, que no era necesariamente lo mismo, y dio en suponer que eso era lo más razonable que se podía pedir teniendo en cuenta los tiempos que corrían.
Billy, según informaron los jóvenes Hackett al padre, era delantero centro de los Rovers, y esa misma noche quiso la suerte que tuvieran partido contra un equipo de Ringsend, un hatajo de inútiles, dijeron los chicos y comprobó el inspector con sus propios ojos a los dos minutos de llegar al campo. Se estaba jugando el último cuarto de hora. Los chicos tenían razón: Billy era un caso aparte, un jugador duro, por no decir sucio. Saltaba a la vista que los defensas se andaban con cuidado si se acercaba él, y marcó dos goles con facilidad, además de hacer otros tres o cuatro regates en el tiempo que el inspector estuvo presenciando el encuentro. Cuando el árbitro pitó el final del partido los dos equipos se retiraron a los vestuarios del club, y se marcharon los últimos espectadores cuando él aún se quedó esperando a la entrada del campo, apoyado contra la jamba de cemento y fumando un cigarro. El cielo estaba nublado pero no hacía frío, y al mirar la calle que se abría ante él y seguía hasta el mar vio pasear a la gente, vio algunos veleros y, a lo lejos, en el horizonte, vio el paquebote que había zarpado por la tarde de Dun Laoghaire y ponía rumbo a Holyhead. ¿Por qué motivo, se preguntó con esa vaga y apacible sensación de contento que siempre se henchía en su interior cuando se paraba a considerar la estupidez y la perfidia de sus congéneres los hombres, por qué iba a desear acabar con su vida y abandonar este mundo nadie que no estuviera gravemente enfermo, y en las últimas? Y es que el inspector Hackett disfrutaba del hecho de estar vivo, por más modesta y mal recompensada que pudiera ser su propia vida. Más extraño aún, ¿por qué iba a querer un hombre eliminar a su esposa, por más difícil que fuera ella en el trato, por mal que lo tratase? Había veces, a qué negarlo, en que su propia May lo había puesto al límite de la violencia, sobre todo en los primeros años que pasaron juntos, pero ése era un límite que nunca, no, nunca se habría permitido traspasar garrafalmente.
Billy Hunt olía a sudor y a linimento. Miró al inspector con la boca entreabierta, la sangre arrebolada en el cuello, hasta que el rostro, pecoso, estuvo inflamado del todo. Los otros dos jugadores con los que había ido caminando siguieron adelante, y se detuvieron poco más allá y se volvieron a mirar, curiosos. Billy, reparó el detective, era algo mayor de lo que le había parecido de lejos; rondaría como mínimo los cuarenta años. Ese detalle explicaría en cierto modo la truculencia que se gastaba en el campo de juego. ¿Tal vez había tenido también que demostrar su valía ante su esposa, que casi con toda certeza no tenía ni dos terceras partes de los años que tenía él? Interesante. Esa clase de diferencia de edad no era probable que hubiera sido conducente a la dicha en lo doméstico, de eso Hackett estaba seguro.