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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Fumó un cigarrillo mirando a la calle. Se dio cuenta de que él la estaba estudiando.

– ¿Siempre vistes de negro? -le preguntó.

– Pues… no sé. ¿Siempre voy de negro? En el comercio es obligatorio, y supongo que he tomado el hábito sin darme cuenta.

El se echó a reír.

– Hábito es la palabra exacta, sí.

Ella enarcó una ceja.

– ¿A ti te parece que tengo pinta de monja?

– Eh, yo no he dicho eso.

– Me temo que no tengo demasiado interés por la ropa.

El sonrió para sí, como si hubiera sido una broma en clave.

– Espero que no te importe si te lo digo, pero tampoco pareces la típica dependienta. Y no hablas como suelen hablar las dependientas.

– ¿No me digas? En ese caso, ¿qué pinta tengo? ¿Y cómo te parece que hablo?

– Mmm… A ver, déjame que piense -ladeó la cabeza y entornó los ojos para mirarla de hito en hito, de los pies a la cabeza. Ella aguantó el escrutinio sin inmutarse. Llevaba una falda negra y una chaqueta negra, con un cárdigan; su único adorno era un collar de perlas, de una sola vuelta, que había sido de su madre, esto es, de Sarah. No tenía la menor duda de que a Leslie White le agradaría saber -«¡Cáspita, ya me lo estaba pareciendo!»- que las perlas eran genuinas, y bastante valiosas. Seguía mirándola de arriba abajo y pasándose una mano con un gesto juicioso por el canto de la mandíbula-. Yo diría que eres… -dijo-, una señorita muy bien educada y muy atildada.

– ¿Es que no pueden ser atildadas las dependientas?

– No lo son las que yo conozco, querida. ¿Se puede saber por qué vives a lo pobre?

Dicho por cualquier otra persona, el comentario podría haber resultado ofensivo, y ella se dio cuenta de que había intentado provocarla, sólo que no se lo tomó en serio; a él no podía tomárselo en serio; no podía dejarse provocar, ni ofenderse, por nada de lo que él le dijera. Volvió la cabeza y lo miró de lleno a la cara. Era su turno de hacer preguntas:

– ¿Por qué está tu mujer tan enfadada contigo?

La miró durante un segundo antes de echarse a reír.

– Me temo que le he dado motivos.

– ¿Y fue Laura Swan parte de los motivos?

Se enderezó muy despacio en la silla, desenroscando su cuerpo alargado, delgado, y ella creyó que estaba a punto de levantarse y marchar sin añadir palabra. Por el contrario, carraspeó y alcanzó la pitillera de Phoebe, que estaba sobre la mesa, abriéndola para servirse un cigarrillo que prendió con su encendedor. Había fruncido el ceño. Ella reparó en la afectación con que sujetaba el cigarro entre el dedo corazón y el anular de la mano izquierda.

– Tú eres una chica valiente, ¿no? -dijo.

– ¿No lo son las dependientas?

El fingió un espasmo de dolor y sonrió con agudeza.

– Touché.

La camarera esperaba allí cerca. Leslie preguntó a Phoebe si le apetecía alguna cosa más, pero ella dijo que no, y se agachó y rebuscó en el bolso para encontrar el monedero.

– Permíteme -dijo él, con la cartera en la mano.

– ¡No! -le salió la negativa con demasiada vehemencia, tanto que él pestañeó-. No -repitió con más cortesía-, de veras, me gustaría… Quiero invitar yo.

– Vaya, pues gracias.

Pasó una moneda a la camarera y le indicó que se quedase con las vueltas. Se levantaron de la mesa. Ella fue consciente de que se encontraba en ese momento delicado en el que era preciso tomar una decisión. Si se despidieran en ese momento, supo que nunca más volvería a verlo y no porque no quisiera, no porque sintiera indiferencia por él, sino de acuerdo con una convención no expresada, y sin embargo de férrea aplicación. No le miró, se ajetreó en guardar el monedero.

– ¿Te apetece -le preguntó- dar un paseo conmigo?

Pasearon por el perímetro de St. Stephen's Green. Les llegaba la fragancia de los arriates de flores desde dentro del parque y, desde más cerca, el olor penetrante, casi animal, del seto de aligustre sobre el que el sol caía a plomo. Las pequeñas hojas de los arbustos que se apiñaban tras la verja del parque eran de un intenso verde botella, y cada una de las hojas daba la impresión de haber sido individual y amorosamente abrillantada a mano. A veces, la belleza de las cosas, de las cosas más normales, de las flores que no alcanzaba a ver, de ese follaje bruñido, de la luz del sol que adquiría el color de la miel en el sendero, a sus pies, se le imponía con urgencia al tiempo que las propias cosas que la provocaban parecían reservarse, quedar a cierta distancia, como si mediara entre el mundo y ella una barrera invisible. Veía, percibía los olores, notaba el tacto, oía, pero de algún modo apenas llegaba a sentir nada.

Leslie, que debía de llevar algún tiempo sumido en sus meditaciones, tomó la palabra de pronto.

– Sí, me temo que Laura era en efecto la gran complicación, o al menos una parte importante de la gran complicación -respiró hondo y el aliento inspirado le sonó cortante entre los dientes, como si acabara de encajar una racha de viento helado. Caminaba con las manos en los bolsillos. Tenía la forma de andar que tan propia es de muchos hombres altos y delgados, con los hombros caídos, echados atrás, y la pelvis adelantada; a ella le gustaba ese paso sinuoso, deshuesado-. Ese no era su verdadero nombre, no sé si lo sabes -dijo, y pareció un tanto agraviado, a la par que ansioso de exponer una pequeña muestra de un fraude-. No era sino una invención. Su verdadero nombre era Deirdre Hunt.

– Ya.

– Ah… ¿lo sabías? -ella asintió-. Sí, es natural -dijo, y pareció más agraviado que nunca-, y también sabías que estaba casada, ahora que me acuerdo. Con un tipo llamado Billy. Pobre hombre.

– ¿Por qué Laura Swan?

– ¿Te refieres al nombre? Ah, no fue más que una tontería. Yo le dije que tenía cara de llamarse Laura, sabe Dios por qué, si hasta hay cientos de Lauras que no parecen llamarse Laura ni por asomo. Y ella decidió que eso era justo lo que necesitaba.

– ¿Y Swan?

El hizo un ruido que pudo haber sido una risita.

– Es que ella dijo que yo parecía un cisne. Por mi pelo o algo así, no sé bien.

– Ah -dijo ella-, ahora entiendo: el Silver Swan, el cisne plateado.

– Como te digo, una bobada como la copa de un pino -llegaron a la esquina y cruzaron por Harcourt Street-. Todavía me sonrojo cuando lo pienso.

Estaban en el portal de la casa y ella se detuvo. El la miró con cara de interrogación.

– Vivo aquí -dijo ella.

El se dio un aire alicaído.

– Vaya, pues no ha sido un gran paseo.

Ella se precipitó para no perder en ese momento el aplomo.

– ¿Quieres subir? -Tiene una mujer que lo ha echado de casa, se dijo pasmada, y una amante que se quitó la vida, y yo le estoy invitando a entrar en mi vida. Señaló arriba-. Mi piso es ahí arriba -¿Y cuál de los dos es la araña, digo yo, y cuáles la mosca?

Habían subido las escaleras y estaba ella cerrando la puerta que acababan de atravesar cuando él la rodeó con el brazo por la cintura y la atrajo hacia sí y la besó. Notó el aliento que a él le salió por la nariz, lo notó como el roce de una pluma en la mejilla. Los dos seguramente olemos a Nube de Paso, pensó. Le pareció que él era al mismo tiempo tímido, inseguro, e insistente; la abrazó con tal ligereza que su brazo podía haber sido un muelle equilibrado con toda delicadeza, a punto de soltarla en cuanto acusara la más mínima presión de resistencia, si bien era un muelle de acero. Su manera de besarla era soñadora, casi distraída, ausente. Pensó que tarareaba algo desde el fondo de la garganta. El abrazo no duró más de uno o dos segundos, momento en el cual se alejó de ella con una especie de reverencia, como un bailarín que girase con languidez al apartarse para dibujar una o dos figuras por su cuenta. Se adelantó en el piso por delante de ella y en ese momento sí tarareaba, sin duda, y se detuvo en el centro del cuarto de estar y miró en derredor.

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