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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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En el interior, a través de los reflejos del cristal, que la confundieron, vio a duras penas que la mujer examinaba las pilas de libros colocados sobre las mesas, aunque le resultó evidente que también ella estaba fingiendo. Saltaba a la vista que estaba nerviosa; no dejaba de mirar con disimulo hacia la puerta. Entonces vio llegar a un hombre por el puente, rumbo hacia Baggot Street; era un hombre alto, delgado, con un abrigo de pelo de camello que llevaba anudado con un cinturón sin apretar. Era un hombre apuesto, aunque tenía los ojos tal vez demasiado juntos y una nariz ganchuda y demasiado grande. Tenía el cabello largo y de un tono plateado que ella nunca había visto, ni en un hombre ni en una mujer, aunque no era teñido, de eso no le cupo duda. Se detuvo a la entrada de la librería y, tras mirar con suma atención por encima de un hombro y del otro, entró con sigilo. Sin saber cómo, supo qué iba a suceder. Vio que la mujer tomaba nota de su entrada, pero que aplazaba unos momentos el gesto de reconocerlo, y vio que, cuando lo hizo, dio muestras fingidas de estar muy sorprendida de habérselo encontrado allí. Sonriéndole, él se inclinó de costado, apoyando una cadera en la mesa en la que estaban los libros, frente a la cual estaba ella, y se deshizo el nudo del cinturón del abrigo. Fue ese gesto, el descuido con que movía la mano, el desanudarse del cinturón, el modo en que se abrió el abrigo, lo que indicó a Deirdre, aunque no supiera del todo cómo, cuál era la situación. Y en ese momento se dio la vuelta a toda velocidad y se alejó caminando.

Había un coche pequeño, un deportivo, aparcado delante de un quiosco de prensa en Baggot Street, y nada más verlo se dio cuenta, lo supo de inmediato, que era el del hombre del cabello plateado.

Por lo que había visto en la librería, los dos juntos, la mujer empeñada en mantener la apariencia de que se había llevado una sorpresa, le produjo una sensación estremecida y un ligero mareo. ¿Y por qué? A fin de cuentas,

no eran más que un hombre y una mujer que se acababan de encontrar por estar allí citados. Con todo y con eso, la mujer era bastante mayor que el hombre, y por el nerviosismo con que se dio tantos aires de sorpresa al verle era evidente que no estaban casados, que no estaban casados el uno con el otro, claro está. Pero no era eso lo que le había producido repulsión. Lo repulsivo era la relación de todo aquello con el doctor Kreutz. Supo que se estaba portando como una tonta. Una mujer que había ido a ver al Doctor fue después a encontrarse con un amigo, un amante, lo que fuera. Nada más. Eso no significaba que el Doctor estuviera implicado en lo que sucediera entre aquellos dos; no tenía ella motivos de ninguna clase para pensar siquiera que el Doctor estuviera al tanto de que se hubieran encontrado tal como se encontraron. A pesar de todo, una mancha acababa de contaminar la fantasía que ella había ideado con gran trabajo en torno a la figura del doctor Kreutz, una mancha de realidad: un lugar común, una realidad solapada, sucia.

Ésa fue la primera vez en que se le ocurrió preguntarse qué podía ser exactamente la sanación espiritual. Hasta entonces no le había importado; de pronto, en ese momento sí tuvo tremenda importancia. Había dado por supuesto, cuando se puso a especular en torno a esa cuestión, lo cual apenas sucedió en un par de ocasiones, que esas mujeres le planteaban sus cuitas -los escollos del matrimonio, niños con problemas, los cambios propios de la vida, los nervios- y que él les hablaba de manera similar a como hablaba con ella, explicándoles de qué modo debían intentar dejar a un lado las preocupaciones mundanas y concentrarse en el espíritu, puesto que ése era el camino hacia Dios y hacia la paz de Dios, como él mismo declaraba a todas horas con su talante suave, sin sonreír, pero pese a todo entretenido, amable, atento. Las mujeres ricas tenían tiempo de sobra y andaban sobradas de dinero para ingeniárselas e ir tirando. Ella estaba segura de que a la mayoría no les pasaba nada, de que tan sólo se permitían el lujo de pagar una hora o dos a la semana para ponerse al cuidado de un hombre tan bello, tan sosegado y exótico. Y al pensar en ello se dio cuenta de que desde luego estaba celosa. Se los había imaginado juntos, al doctor Kreutz y a la mujer del traje azul, ella arrodillada sobre un cojín, en el suelo, descalza, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, y él de pie, tras ella, acariciándole las sienes, con las cálidas yemas de sus dedos rozando apenas la piel, a pesar de lo cual le harían cosquillas, tal como a ella le había cosquilleado la piel en las dos o tres ocasiones en que él le había aplicado un masaje semejante, hablándole con aquella voz que parecía un ronroneo en torno a la sabiduría de los antiguos maestros sufíes, que un millar de años antes, según le dijo, habían escrito acerca de asuntos que el mundo sólo ahora empezaba a descubrir, asuntos en los que sólo ahora se empezaba a pensar.

Y ¿por qué se habían desatado en ella esos celos al ver a la mujer con el hombre del cabello plateado? Debiera haber sido al contrario; debería haberse alegrado de que la mujer estuviera enamorada de otro, y no del Doctor. Le resultó confuso.

Ojalá, se dijo, tuviera con quién hablar de aquello. Era imposible que le dijera nada a Billy; demasiado bien imaginó qué le diría Billy. No le había dicho nada del doctor Kreutz. No lo entendería. Además, ése era su secreto.

Capítulo 12

Leslie White había dado a Phoebe un número de teléfono en el que podía contactar con él cuando quisiera, cosa que esperaba -de todo corazón, según le había dicho- que hiciera, y que hiciera a ser posible pronto. Y ella fue la primera en sorprenderse cuando lo hizo. Sabía que de él no podía esperar otra cosa que complicaciones. Pero tal vez las complicaciones eran justo lo que deseaba. Cuando él contestó a la llamada y ella le dijo quién era, no pareció ni mucho menos sorprendido. Ella supuso que a él nunca se le había pasado por la cabeza que no fuera a llamarle, por algo era Leslie White nada menos, el de las sienes plateadas. Estaba en un alojamiento provisional, le dijo, debido a un contratiempo en el frente doméstico. Le dijo que su mujer lo había echado de casa, aunque no especificó las razones. A ella le agradó su franqueza. Supuso que se debía a que era inglés. Ningún irlandés, estaba segurísima, admitiría nunca tan a la ligera, con tanta alegría casi, que su mujer lo había echado a patadas del hogar conyugal. Cuando ella se lo dijo él fingió sorprenderse e incluso sentirse fascinado, como si ella le acabase de entregar una valiosa porción de sabiduría antropológica. Era uno de sus trucos, hacer todo un espectáculo a partir del asombro y del interés ante las observaciones más mundanas -«¡Caramba, pero eso es pasmoso!»- y, aun cuando sabía que era un truco, a ella le gustó. Le encandilaba su ánimo juvenil, o su fingimiento. Tenía un repertorio de exclamaciones -joroba, caramba, córcholis- que ella suponía tomadas de los libros de Billy Bunter o de alguna fuente semejante, puesto que esas interjecciones y su mañera de lanzarlas al aire como si tal cosa eran material de la vida en los internados buenos, en los colegios privados, y Leslie White, de esto estaba convencida, nunca había visto el interior ni, posiblemente, tampoco el exterior de una de esas instituciones.

La llevó a tomar el té al Grafton Café, encima de la sala de cine. Encontraron una mesa junto a la ventana, con vistas a Grafton Street. Era sábado y la calle estaba llena de gente que había salido de compras. Tras las tormentas del día anterior volvió el buen tiempo, y debajo de donde se encontraban el sol proyectaba sombras de tinta con las marquesinas de las tiendas. Leslie vestía un traje de pana marrón claro y llevaba unos zapatos de ante, además de un pañuelo plateado en el bolsillo de la chaqueta, a juego con el pañuelo plateado con que se abrigaba el cuello y, por supuesto, su cabello plateado. Qué manera de admirarse, pensó ella, no sin que le hiciera gracia. Es tanto el amor propio que se tiene que dan ganas de tomarle cariño. Le sorprendió estar allí con él. De sobra sabía que era precisamente aquello contra lo cual las monjas de su internado le habían avisado, una mala compañía, y las malas compañías, como la suya, eran sin duda «ocasión de pecar». Lo cierto es que no sabía muy bien por qué le había llamado, eso de entrada. No tenía por costumbre llamar a hombres a los que casi no conocía de nada, pero es que ni siquiera tenía por costumbre llamar a ningún hombre, y los hombres no la llamaban a ella por teléfono, al menos los hombres pertenecientes al tipo al que tan evidentemente correspondía Leslie White.

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