El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Pero era una mujer hogareña, según dice usted -dijo.
– No, yo no he dicho eso. Eso es lo que ha dicho usted que soy yo.
– ¿Sí? Ah, se ve que empiezo a ser olvidadizo. Deben de ser los años, que me van pasando factura -se introdujo un dedo con delicadeza en el oído derecho y lo removió, y lo extrajo entonces examinándolo para ver qué se le había alojado bajo la uña-. ¿Y adónde iba cuando salía por ahí?
Billy no le quiso mirar a los ojos.
– No lo sé.
– ¿Era cuando usted estaba fuera, de viaje?
– ¿Que si era el qué cuando yo estaba de viaje?
– Quiero decir que si salía entonces.
– No sé qué es lo que hacía cuando yo estaba trabajando, de viaje -hizo una mueca como si hubiera sentido una puñalada de dolor-. Y ahora tampoco quiero saberlo.
– ¿Y a quién piensa usted que veía cuando salía por ahí?
– No me lo dijo.
– ¿Y usted no insistió en que se lo dijera?
– A Deirdre no se le insistía. No era una persona a la que se pudiera insistir, ni presionar. Todo lo que así se podría sacar en claro de ella era un muro de silencio, o una respuesta malhumorada, para que se la dejara en paz. Era muy suya.
– Pero a usted sin duda tuvo que extrañarle… Quiero decir, seguro que tuvo curiosidad por saber con quién salía. Supongo que salía de noche. ¿Era de noche cuando salía?
– No siempre. A veces desaparecía durante la tarde entera. Había un médico o algo así al que iba a ver a veces.
– Vaya, no me diga…
– Extranjero. Indio, me parece.
– Un médico indio.
– Y luego estaba esa otra pieza de cuidado, claro está. Su «socio» -pronunció la última palabra como si destilara veneno.
El inspector había comenzado a canturrear de forma apenas audible, para el cuello de su camisa. Sonaba como si hubiera una abeja atrapada en el despacho, tal vez dentro de un cajón, o en un armario.
– ¿Y quién era ese socio? -le preguntó. Quirke le había dicho el nombre, pero lo había olvidado; de todos modos, quería oírselo decir a Billy.
– Un tipo llamado White. Inglés, tengo entendido. Llevaba una peluquería que al final quebró. Fue él quien puso a Deirdre al frente del salón de belleza. El local era suyo, él la ayudó a montar el negocio. Algo debió de pasar allí entonces. Supongo que se le acabó la pasta.
– ¿Qué clase de ayuda le prestó a Deirdre?
– ¿Qué?
– Ha dicho usted que la ayudó a instalar el negocio. ¿Adelantó él los fondos?
– No lo sé. No estoy seguro. Debía de tener dinero de alguna parte para poner la cosa en marcha. A lo mejor su esposa arrimó el hombro, ella tiene un negocio propio. Pero Deirdre tampoco pudo necesitar demasiada ayuda. Tenía la cabeza bien puesta sobre los hombros, ya lo creo.
– ¿Ella también tenía un capital, como la esposa / de ese individuo?
– No, no tenía dinero de verdad. Pero nos iban bien las cosas entre lo que juntábamos los dos -se paró a meditar, se le notaba el temblor de un músculo en la mandíbula-. Yo pensé que podría haberme metido en algo con ella, haber dejado de viajar, poner en marcha un negocio entre los dos, pero entonces apareció White. Supongo que estaba un poco encandilada con él, con su acento de clase alta y todo eso.
– ¿Y usted no tuvo celos?
Se paró a pensar.
– Supongo que sí. Pero ese tipo era… era tan… tan mosquita muerta, ya sabe. Siempre pensé que era un poco marica, la verdad. Claro que con las mujeres nunca se sabe.
– Muy cierto.
Billy Hunt volvió a mirar a fondo al policía, como si sospechara que se estaba burlando de él; el inspector le devolvió la mirada con blandura, sin alterarse.
– Si yo hubiera pensado -dijo Billy Hunt con un tono extraño, apagado, distante-, si yo hubiera pensado que fue él quien le empujó a hacer lo que hizo, yo… No quiero ni pensarlo -se le apagó del todo la voz, como si no le alcanzase la imaginación a seguir.
El inspector, con la cabeza ladeada -a hacer lo que hizo-, lo estudió con aire pensativo.
– ¿Diría usted que ella tal vez estaba enamorada de él?
Billy Hunt volvió a cubrirse los ojos con la mano, más por agotamiento que por intranquilidad, por lo que al inspector le pareció, y lentamente negó con un gesto.
– Que yo sepa, Deirdre no amaba a nadie. Sé que es duro decirlo, pero lo he pensado a fondo en estas dos últimas semanas y creo que es la verdad. No se lo tengo en cuenta. Lo único que pasa es que el amor no formaba parte de su naturaleza. O quizás al principio sí estuviera en ella, sólo que desapareció de su ser. Si hubiera usted conocido a su padre, sabría qué quiero decir.
– Desde luego -dijo el inspector-. La vida es dura, y para unos más que para otros -se puso en pie con brusquedad y le tendió la mano-. No quisiera aprovecharme más de su tiempo. Seguro que tiene usted cosas que hacer. Que tenga un buen día, señor Hunt.
Desprevenido, Billy Hunt se levantó despacio, y despacio estrechó la mano que le tendía el otro. Murmuró algo y se dirigió a la puerta. El inspector permaneció tras su mesa, inexpresivo, pero cuando Billy ya había abierto la puerta le dijo:
– Por cierto, ese médico al que solía visitar Deirdre, ¿sabe usted cómo se llama?
– Kreutz -repuso Billy. Y lo deletreó.
– No suena a indio.
Billy lo miró como si no se le hubiera ocurrido tal cosa. Pero no respondió nada, se limitó a asentir antes de tomar la puerta, salir y cerrarla sin hacer ruido. Durante un momento el inspector permaneció de pie, inmóvil, y luego se sentó despacio. Sacó un lápiz de una taza desportillada que tenía sobre la mesa y con la caligrafía redonda y adornada que no había cambiado un ápice desde que era colegial anotó el nombre al dorso de un sobre de papel manila: Kreutz.
Capítulo 14
Phoebe no había vuelto a ver a Leslie White desde aquella tarde en su casa, cuando se acostaron juntos, y tampoco le había llamado por teléfono. No obstante, pensaba en él de una manera obsesiva. Le bastaba con cerrar los ojos para ver su cuerpo largo, pálido, suspendido encima de ella, en la penumbra aterciopelada de su memoria. Al menos media docena de veces había tomado el teléfono y había comenzado a marcar su número, pero siempre se había obligado a colgar antes de terminar la marcación. ¿Estaba tal vez enamorada de él? El pensamiento mismo era tan ridículo que casi le dio ganas de reír. Se maldijo por su rematada estupidez, a pesar de lo cual el recuerdo de él, la imagen de él, no la dejaban a sol ni a sombra, siguiéndola a todas partes, como ese otro espectro que, estaba convencida, la seguía por las calles. Ese era el estado de ánimo en que se hallaba -nerviosa, desconcertada, atrapada en una maraña de recuerdos no del todo retenidos, de anómalas fantasías- cuando se detuvo aquella noche en la acera, con la oscuridad grisácea de las once de la noche, y se encontró con una figura caída de bruces sobre los peldaños de la entrada.
Su primer pensamiento fue el de darse la vuelta y huir de allí. Entonces vio quién era. Titubeó. Tenía la certeza de que estaba muerto, allí tirado de aquella manera, como si estuviera roto por dentro. ¿Por qué has venido aquí?, quiso preguntarle. ¿Y qué iba a hacer ella? La comisaría de la Garda no estaba lejos: ¿debería acercarse sin esperar a más y dar aviso o pedir ayuda? La calle estaba desierta. Se vio de pronto, por un instante, dentro otra vez de aquel coche, en el saliente de tierra que se adentraba en el mar, con la hoja de acero sobre la vena que le latía en el cuello, y aquel ser enloquecido que le susurraba repugnantes ternezas al oído. Le temblaban las manos. ¿Por qué has venido a la puerta de mi casa, por qué? Contuvo la respiración y se obligó a dar un paso adelante. Por instinto supo en ese mismo instante que él de ninguna manera vería con agrado que llamase a la Garda. Alargó la mano y le tocó en el hombro. Se encogió y gimió. Así que no estaba muerto; fue consciente de que tuvo un fugaz aguijonazo de pesar. También menguó el miedo que tenía. Quizá sólo estuviera borracho.