El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Sólo unas preguntas -dijo con llaneza-, mera rutina -empleó esta fórmula adrede: a la gente le resultaba inquietante, pues era una de esas cosas que habrían oído decir a los policías en las películas, cuando en realidad pretendían dar a entender que lo que vendría después iba a ser cualquier cosa menos rutina-. Podría pasarse usted mañana por la mañana por la comisaría, siempre que tenga unos minutos libres.
Billy Hunt, todavía con los ojos desorbitados, cada vez más pálido ahora que remitía el sonrojo, no preguntó sobre qué deseaba interrogarle. Este detalle, calculó el inspector con precaución, casi con toda certeza no era tan significativo como podría haber sido en otro supuesto. A fin de cuentas, la esposa de Hunt había muerto en circunstancias cuestionables, luego ¿por qué no iba a querer la policía hablar con él? Con todo, ¿no debiera haberse mostrado tal vez desconcertado, al menos al ver que un policía lo abordaba en ese momento, habida cuenta del tiempo que había transcurrido desde su muerte? Billy murmuró que sí, claro, por supuesto que iría a la comisaría, allí estaría, desde luego.
– Estupendo -dijo el inspector muy contento, y se marchó a buen paso, por la calle, rumbo al mar, pasando por delante de los dos compañeros de Billy Hunt, a los que guiñó el ojo en un gesto amistoso.
Billy se personó en comisaría a las nueve en punto de la mañana. Apareció vestido con un traje oscuro y una corbata oscura. El inspector supuso que era su ropa de trabajo; el traje estaba desgastado en algunas partes y el cuello de la camisa daba la impresión de que estuviera dado la vuelta. Malos tiempos, supuso, para un viajante de comercio. Quiso tratar de recordar qué productos era los que representaba, y se acordó de que eran material de farmacia, píldoras y pociones y demás, curas caras para dolencias imaginarias. Siempre había demanda de esa clase de sustancias, cómo no, si bien tenía la idea de que Billy Hunt no era ni de lejos el mejor vendedor que el mundo hubiera conocido. Había en él algo que no inspiraba confianza, algo que parecía producirle a él mismo un picor, como si no estuviera del todo cómodo dentro de su propio pellejo, y además tenía una manera llamativa de pasarse el dedo por dentro del cuello de la camisa al mismo tiempo que estiraba el mentón, un gesto que al inspector le recordó a un pollo con garrotillo. Aunque lucía el sol, aún era temprano, y el aire estaba fresco en la sala de recepción, si bien a Billy le brillaba en la cara una fina película de sudor, y tenía colorada la frente y las puntas de las orejas. Las personas de tez muy blanca eran siempre las más difíciles de calar, había descubierto el inspector, por tender a ponerse coloradas incluso cuando no había motivo alguno de sonrojo.
Subieron al atestado despacho del inspector, encajonado bajo un techo de mansarda. Al contrario que en la planta baja, allí sí hacía calor a esas horas, como siempre en verano, mientras que en invierno, cómo no, aquello parecía un congelador. El inspector indicó a Billy una silla de respaldo recto y se sentó detrás de la mesa y le ofreció tabaco; encendió un cigarro y se recostó cómodamente exhalando el humo y contemplando al joven que tenía en frente con ojos benévolos.
– Gracias por venir -le dijo-. Da gusto qué bien se aguanta el buen tiempo, ¿verdad? -Billy Hunt pestañeó y tragó una bocanada de aire haciendo tanto ruido que los dos lo oyeron, uniendo las manos y hundiéndolas entonces entre las rodillas. Había rechazado el cigarro que le ofreció el inspector, pero sacó un encendedor Zippo y se puso a abrir y cerrar la tapa.
– ¿No fuma usted? -preguntó Hackett dando muestras de interés.
– Cuando estoy entrenando, no -se guardó el encendedor en el bolsillo.
– Ah -dijo el inspector-. El entrenamiento, claro. Le gusta a usted el deporte, ¿verdad?
Billy bajó la mirada, como si fuera ésta una pregunta que requería una seria consideración antes de responder.
– Me distrae de otras cosas -dijo al fin.
El inspector dejó que pasara otro momento de silencio y entonces reconoció, vagamente, que sí, que para eso sin duda tenía que servir. Se inclinó sobre la mesa, con lo que el sillón rechinó, y desplazó deprisa el cigarro hacia el cenicero que tenía en una esquina de la mesa, echando la ceniza con un movimiento imperceptible.
– Tiene que ser muy duro -dijo el inspector- perder a una esposa y además tan joven, y encima en esas circunstancias.
Billy asintió sin abrir la boca, todavía cabizbajo. En la coronilla tenía un redondel, una calvicie incipiente, cuya piel viraba allí a una tonalidad rosa de bebé.
– ¿Era nadadora su esposa?
Billy alzó los ojos sobresaltado.
– ¿Nadadora? No lo sé. Yo nunca la vi en el agua.
El inspector se maravilló, tal como a menudo se maravillaba de un tiempo a esta parte y no sin razón, por lo poco y mal que se conocían los integrantes de la joven generación, si es que Billy era de hecho un integrante de la joven generación. ¡Mira que no saber si su propia esposa sabía nadar o no!… El inspector miró con más atención los ojos de Billy Hunt. ¿Fingía esa ignorancia o era genuina? Billy pareció leer sus pensamientos.
– Era una chica de ciudad -dijo con un rastro de hosquedad-. No le gustaba ir a la playa, ni al campo. No le gustaba la naturaleza, nada de eso. Decía que le daba arcadas -sonrió, con lo que sólo consiguió parecer más desarmado-. Siempre bromeaba al decir cuánto le sorprendía haberse casado con un pueblerino.
– ¿De dónde es usted?
– De Waterford.
– ¿El pueblo o el condado?
– La ciudad.
– Ah, la ciudad, claro, claro. La gran ciudad de Waterford. ¿Tiene familia allí?
– Mi madre y mi padre. Y una hermana casada.
– ¿Va a visitarlos con frecuencia?
– De vez en cuando.
– ¿Dónde estaba usted la noche en que murió su esposa?
A Billy Hunt se le nubló el entrecejo e hizo un gesto con la cabeza como si no estuviera seguro de haber oído del todo bien.
– ¿Cómo dice? -dijo.
– Me estaba preguntando dónde estaba usted la noche en que se ahogó su esposa.
– Estaba… -Billy apartó la mirada, de repente más aturdido y más desamparado que nunca-. Supongo que estaba en casa. No suelo salir mucho, bastante salgo cuando estoy de viaje.
– Así que es usted un hombre hogareño, ¿es eso?
Billy Hunt volvió la cabeza y lo miró con cuidado unos momentos, pero se encontró con que la mirada del inspector era tan acogedora y tan amistosa como siempre.
– Estábamos bien juntos -dijo Billy-, Deirdre y yo. Se lo juro por Dios. A lo mejor no le supe dar suficiente… A lo mejor no le di… Quiero decir que a lo mejor no hubo suficiente de… No sé, de lo que ella necesitara, no sé. Pero yo hice todo lo que pude. Intenté hacerla feliz.
– ¿Y lo logró?
– ¿Qué?
– ¿Diría usted que logró hacerla feliz?
Billy no respondió, y volvió a mirar a un lado, con el mentón encajado en una mueca de resistencia pueril. El inspector quedó a la espera.
– ¿Qué cree usted que pudo haber ocurrido aquella noche?
– No lo sé -repuso de un modo casi inaudible.
El policía aplastó el cigarro en el cenicero y se recostó en el sillón, con las manos unidas tras la cabeza grande y cuadrada. Llevaba el último botón de la camisa abierto y la corbata aflojada; los ganchos de cuero de los tirantes parecían un par de dedos torcidos. Paseó la mirada por el techo como si no tuviera ninguna prisa.
– Lo que pasa -dijo- es que llevo un tiempo preguntándome por la extraña forma en que tuvo que haberse producido… el accidente. Ella fue en su coche hasta Dalkey…