El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Obviamente, él no había intentado nada con ella, ni siquiera le había hecho una insinuación, cosa que los hombres terminaban siempre por hacer tarde o temprano. No, en el doctor Kreutz no había nada de eso.
Quiso enseñarle más cosas sobre el sufismo, y le dio libros y folletos para que los leyera, sólo que a ella se le hizo muy arduo de aprender. De entrada, eran demasiados los nombres, la mayor parte de los cuales se le antojaba sencillamente impronunciable, con lo cual no terminaba de salir de su confusión; la mitad se llamaban Ibn no sé qué e Ibn no sé cuántos, si bien él le explicó que eso sólo quería decir «hijo de», a pesar de lo cual no daba una a derechas. Y las enseñanzas de aquellos sabios a ella no le pareció que fueran nada sabias. Estaban demasiado seguros de sí mismos, convencidos de que iban por el mundo dispensando la mayor de las sabidurías posibles, pero la mayor parte de las cosas que decían a ella se le antojaban evidentes, e incluso pura tontería. «Nunca he visto que un hombre se perdiera si iba por un camino recto», o bien «Si no aguantas un aguijonazo, no metas el dedo en un nido de escorpiones», e incluso «Lo que tal vez te parezcan unos arbustos puede bien ser el lugar en que acecha el leopardo»… ¿Qué había de inteligente, qué era lo profundo en tales pronunciamientos? No eran en realidad tan distintos de las cosas que su padre y sus amigotes se decían unos a otros en el pub cualquier sábado por la tarde, encorvados sobre sus pintas de cerveza, en la barra, con la radio al fondo y alguien que hacía el crucigrama del periódico para pasar el rato. «Sabio es el niño que conoce a su padre», o «Hay varias formas de despellejar a un gato», o «Es un largo camino y no tiene vuelta atrás».
Sin embargo, había una sentencia que dijo uno de tantos Ibn lo que fuese y que era incontrovertible, como bien pudo ella confirmar compungida tras todas aquellas deslumbrantes charlas que le dio el doctor Kreutz, y que era una definición del propio sufismo, calificado de «verdad sin forma». En honor a la justicia, eso era lo que le repetía el doctor Kreutz una y otra vez; eso, o alguna versión de lo mismo. «Mi querida joven -le dijo un día, muy al principio de trabar relación con él-, no debes pedir respuestas, ni hechos, ni dogmas, como los que dicen vuestros sacerdotes que son aquello en lo que habéis de creer. Ser sufí es estar siempre en camino, sin contar nunca con llegar. El viaje lo es todo». Desde luego, era sin duda verdad que en esa religión, si es que era una religión, era importante el hecho de moverse sin más: los sufíes no parecían quedarse nunca quietos en un mismo lugar más de un día o dos, pues de inmediato reanudaban sus viajes incesantes. Ella dio en suponer que se debía a que todo aquello transcurría en países calurosos, en parajes desérticos, en donde había nómadas -ésa fue una nueva palabra, que aprendió con el doctor Kreutz- que por pura necesidad estaban siempre en marcha, en busca de agua y de comida y de parajes en los que sus camellos y sus asnos pudieran pastar. No lograba superar del todo el asombro que le producía el hecho de formar parte de un mundo tan distinto de todo lo que había conocido hasta el momento. Y es que formaba parte de todo ello, aun cuando todavía no fuera la conversa del todo convencida que el doctor Kreutz ya creía que era.
Iba a verle sobre todo los miércoles por la tarde y algunas veces también los fines de semana cuando Billy estaba fuera, de viaje. Cuando estaba ocupado con un cliente -nunca llamaba pacientes a las personas que trataba-,
quitaba el cuenco de cobre de la mesa y lo colocaba en el alféizar de la ventana, para indicarle sólo a ella que estaba ocupado con alguien. Entonces dejaba ella que pasara el tiempo yendo de un lado a otro por Adelaide Road, hasta que por fin veía marcharse al cliente. A medida que fue pasando el invierno se hizo amiga del hombre que vigilaba la entrada del Hospital de Oftalmología y Afecciones del Oído, y si llovía, o si hacía mucho frío, él la invitaba a guarecerse en su garita, hecha de madera recubierta de creosota, donde olía a una mezcla de desinfectante y linimento Sloan. Le dijo que era el señor Tubridy, un nombre que a ella le hacía gracia aun sin saber muy bien por qué, quitando que era un hombre bajito y rechoncho, carirredondo, calvo, con unas cuantas hebras de cabello largo y aceitoso y lacio, repeinado, con las que pretendía cubrirse la coronilla. Tenía una estufa de parafina y fumaba cigarros de marca Woodbine, además de leer los periódicos de Inglaterra, el People o el Daily Mail, de los cuales le contaba a ella las historias más jugosas. Le hacía a veces una taza de té y ella a veces probó uno de sus cigarros, aunque no era fumadora. En aquella garita, sentada frente a la estufa, con el abrigo muy ceñido al cuerpo, tenía la sensación de haber regresado a su infancia, aunque no a su verdadera infancia, a la que transcurrió en los Bloques, sino a una época de comodidad doméstica, de seguridad y recogimiento, que ella nunca había conocido y que sin embargo le resultaba familiar, una infancia de ensueño. Luego salía y recorría la calle para acercarse a ver si el cuenco de cobre seguía en el alféizar, y si ya no estaba allí abría la cancela de hierro y llamaba a la puerta del sótano e ingresaba en ese otro mundo, tan exótico como ordinario era el mundo de la garita.
El doctor Kreutz nunca le hablaba de sus clientes. Todos eran mujeres, al menos por lo que ella llegó a ver. Eso no le sorprendió: ¿qué hombre iba a consultar con un sanador espiritual? Ansiaba saber algo acerca de aquellas mujeres, pero no se atrevía a preguntar. Supuso que debían de ser ricas, o gozar al menos de una posición desahogada; más de una vez, al llegar nada más irse una de sus dientas, el doctor Kreutz estaba guardando el dinero en la caja fuerte que tenía en un armario cerrado, en el pasillo, donde ella vio muchos billetes de cinco y de diez e incluso de veinte libras, billetes que él colocaba encima de los gruesos fajos que ya estaban amontonados en la caja fuerte.
A veces, las dientas dejaban algún rastro de su presencia, un guante olvidado, o un fular, o tal vez sólo una vaharada de perfume caro. Qué ganas tenía de conocer a alguna de ellas.
Y un día, cuando salió de la garita del señor Tubridy, llegó a tiempo de ver a una dienta que se marchaba de la consulta, y sin darse cuenta de lo que estaba haciendo comenzó a seguirla. La dienta era una mujer de constitución esbelta, de cabello oscuro, cuarenta y tantos años, que vestía ropa cara, un traje azul medianoche de chaqueta entallada y una falda ceñida, una falda tubo hasta media pierna; llevaba unos zorros sobre los hombros y un sombrerito negro de medio velo. Caminó deprisa hacia Leeson Street, sus zapatos de tacón alto repicando en la acera. Por su modo de apresurarse, cabizbaja, hubo algo que le hizo pensar en que caminaba con nerviosismo, preocupada porque alguien pudiera verla. Su coche, un Rover grande, negro, resplandeciente, estaba aparcado a la orilla del canal. El día era soleado, con una luz nítida que resplandecía en el agua, y unas rachas de viento que sacudían los árboles junto a los caminos de sirga. La mujer abrió el coche pero no entró; al contrario, sacó un abrigo de piel del asiento de atrás y se lo puso, reacomodándose los zorros sobre los hombros, en torno al cuello, para cerrar de nuevo el coche y echar a caminar hacia Baggot Street. Deirdre no dejó de seguirla.
La mujer hizo un alto en la librería de Parson, en el puente de Baggot Street, y entró. Deirdre se quedó delante del escaparate, fingiendo mirar los libros expuestos.