El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Hasta Sandycove -le corrigió Billy Hunt.
– Hasta Sandycove, eso es. Son carreteras desiertas y más en plena noche. Allí aparcó y echó a caminar en plena oscuridad hasta el final del muelle, donde se quitó toda la ropa y se zambulló en el mar…
Billy volvió a interrumpirle, dijo algo que el inspector no llegó a captar, y hubo de pedirle que lo repitiera. Billy primero carraspeó y luego tosió cubriéndose la boca con el puño.
– Aquello tenía que estar muy oscuro -dijo con la voz espesa-. Incluso en esta época del año, a esas horas…
– Seguro. Oscurísimo. Para dar canguelo a cualquiera, y más a una mujer sola, a la orilla del mar en plena noche. Tenía que ser una mujer muy valiente.
– No había muchas cosas de las que Deirdre tuviera miedo, si es eso lo que quiere decir -dijo él-. Venía de un sitio de donde la gente sale especialmente curtida.
Un silencio ampliado y vago siguió a esta observación. Billy se apretó las manos entre las rodillas, meciéndose un poco de delante atrás, mientras el policía inspeccionaba medio ausente uno de los rincones del techo.
– Usted no cree que fuera un accidente -dijo al fin, manteniendo adrede la apariencia de distracción-. ¿Verdad?
Esta vez, la mirada que le dedicó Billy Hunt le resultó difícil de medir. Contenía algo de sorpresa, desde luego, pero también algo calculado, y algo más, algo hosco, resistente, y el inspector recordó que en el campo de fútbol, la noche anterior, Hunt se había lanzado como si fuera un animal una y otra vez, en la línea de los defensas, para conseguir un gol; se lanzaba ajeno a todo, sin hacer caso de las cargas con el hombro, de las patadas por lo bajo, del silbato del árbitro. En el césped había sido una figura completamente distinta de la imagen de tosco espantajo que daba allí sentado, medio derrumbado en la silla. El inspector había conocido a tipos así en el lugar en que nació, cuando era joven; había visto a tipos así más adelante, cuando estudiaba, y durante el periodo de adiestramiento en la escuela de la Garda, en Tullamore; había tratado con esos tipos desgarbados, a todas luces lentos de reflejos, con una sonrisa caediza, al estilo de John Wayne,
y con unos brazos de gorila, que con una sola palabra pasaban de la tolerancia y el buen humor a una cólera asombrosa, cegados por un velo de sangre, liándose a puñetazos con todo lo que se moviera.
La expresión que se le había puesto a Billy no duró más que un segundo. Luego, se apoyó en el respaldo.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó.
– Lo que le he dicho: usted no cree que fuera un accidente.
Billy suspiró como si de pronto estuviera fatigado.
– No, supongo que no.
El inspector encendió otro cigarro. Fumó unos momentos en silencio y se puso en pie.
– Hace un calor terrible aquí dentro -musitó, y se volvió con dificultad en el estrecho espacio que le quedaba tras la mesa, abriendo no sin complicaciones la mitad inferior de un ventanuco, con el pitillo colgando de la comisura de los labios. Los pantalones azules del traje, sujetos por los tirantes anchos, los llevaba más subidos por atrás que por delante. Volvió a sentarse y apoyó los codos sobre la mesa, con los dedos unidos formando una cúpula delante de la cara.
– Entonces, si no fue un accidente, ¿qué cree usted que pasó?
Billy Hunt se encogió de hombros. Ahora que estaba encima de la mesa la cuestión de cómo murió Deirdre con todos sus detalles parecía haber perdido de golpe todo el interés que pudiera haber tenido antes. El inspector lo observó con atención.
– Dígame, señor Hunt… Billy… ¿Qué motivos podía tener su esposa para quitarse la vida?
Ante esta pregunta, Hunt agachó la cabeza y levantó la mano con un gesto curiosamente coqueto, casi femenino, para cubrirse con ella los ojos, y cuando tomó la palabra lo hizo con una voz desesperada, llorosa, difícil de entender.
– No sé, no sé, ¿cómo iba yo a saberlo?
– Bueno -dijo el inspector, y la voz de pronto se le afiló como un cuchillo-, ¿cómo iba a saberlo cualquier otra persona mejor que usted?
Billy retiró la mano con la que se apantallaba los ojos. Se había quedado sin fuerza en todo el cuerpo, como si su respaldo esquelético acabara de tener un fallo general.
– ¿No se da usted cuenta -dijo con un tono colérico, pero implorante-, no se da cuenta de que ésa es la pregunta que no he dejado de hacerme ni un solo minuto, todos los días, desde el momento en que ocurrió? ¿Quién iba a saberlo mejor que yo? Lo que pasa… Lo malo es que no lo sé -miró con ojos compungidos más allá de la cabeza del inspector, hacia la ventana, hacia los rojos tejados que iluminaba el sol. Por la ventana abierta llegaban tenues, pero nítidos, los sonidos de la calle, los pesados cascos de un caballo, el traqueteo metálico de las carretas; un carro de reparto de Guinness, conjeturó el inspector, que pasaba por el muelle a la orilla del río-. Yo creí que estaba bien -dijo Billy, y de pronto pareció exhausto. Al inspector le llamó la atención que pareciera todo un amasijo de cambios constantes, de bruscas interrupciones, de saltos de temperamento; ¿de qué forma, se preguntó, pudo su esposa apañárselas con él?-. Yo creí que era feliz, o que al menos estaba contenta, o que no estaba descontenta, vaya -dijo Billy-. Tuvimos nuestros altibajos, como todo el mundo. Tuvimos discusiones, riñas… Cuando se enfadaba la verdad es que daba miedo, era como una gata salvaje. Yo le decía… le decía que a una mujer te la puedes llevar de las Mansiones de Lourdes, pero todo lo que se le haya pegado en las Mansiones de Lourdes nunca se lo podrás quitar a esa mujer. Y eso la enfurecía -sonrió al acordarse-. Y después de la trifulca terminaba llorando, terminaba sollozando en mi hombro, temblando de los pies a la cabeza, diciéndome cuánto lo sentía, pidiéndome casi de rodillas que la perdonase -regresó él de su pasado y se concentró en el rostro alargado y plano del inspector Hackett, en sus ojos castaños, siempre entretenidos, siempre amistosos-. Quizás es que no era feliz, yo no lo sé. ¿La gente se pelea y se pone a chillar de esa manera y luego llora hasta que se le sale el corazón por la boca cuando es feliz? -de repente se abalanzó sobre la mesa y tomó un cigarro del paquete del inspector. Buscó en el bolsillo el mechero, pero el inspector ya había prendido una cerilla que le acercó a la cara. Billy era un fumador nervioso, que inhalaba rápidas bocanadas de humo, exhalándolas con su misma respiración, como si estuviera exasperado-. No lo sé -dijo-, la verdad es que no sé qué pensar, se lo juro por Dios que no lo sé.
El inspector se arrellanó en el sillón y puso los pies sobre la mesa, uniendo las manos sobre la panza.
– Hábleme de ella -le dijo.
– ¿Y qué quiere que le diga? -le espetó Billy Hunt con petulancia-. ¿No le he dicho ya lo suficiente?
El inspector permaneció impertérrito.
– Sí, pero cuénteme qué vida llevaba. ¿Qué amistades tenía?
– ¿Amistades? -a punto estuvo de echarse a reír-. A Deirdre no le iban las amistades.
– ¿No? No me diga… Seguro que había alguna mujer de su misma edad, alguna mujer con la que hablase, en la que confiase. Todavía no he conocido yo a una mujer que no necesite a alguien a quien confiarle sus secretos.
Aunque apenas había empezado a fumarlo, Billy Hunt en ese momento aplastó el cigarro con un gesto de rabia en el cenicero.
– Deirdre no era de ésas. Era una solitaria, como yo. Supongo que eso es lo que vimos el uno en el otro.
– Y me dice usted que rara vez salía de casa. Ninguno de los dos salía apenas. ¿Es así?
Billy Hunt hizo un sardónico gesto de asentimiento y se volvió a un lado como si estuviera a punto de escupir.
– Oh, claro que salía, por supuesto -se calló como si acabara de comprender que había hablado más de la cuenta. El inspector, al percibir que el otro había contestado con precaución, decidió esperar.