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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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A pesar de la escasa luz, Graybow pudo percibir la silueta del castillo en la distancia. Las oscuras piedras con vetas plateadas de los muros del castillo se habían extraído del interior de la tierra hacía mucho tiempo. Sin duda, la devastación que lo asolaba era peor que la que él percibía a su alrededor.

Volviéndose, paseó la mirada por su séquito. Había llevado consigo a cuatro de sus caballeros favoritos, los cuales permanecían admirablemente impávidos ante el frío. Graybow se preguntó si la edad lo estaría debilitando.

Sir Nigelle, el más joven, señaló hacia el castillo.

—Sólo se ve desolación, señor –declaró con voz fuerte. Graybow había llevado a Nigelle por su extraordinaria vista. Si el caballero no veía nada era porque no quedaba nada que ver.

Graybow asintió y volvió la mirada hacia el castillo. Cada una de las torres tenía una caseta de guardia con un rastrillo, pero sólo el de la torre del frente estaba levantado. A lo largo del muro que rodeaba los patios interiores, se alineaban las aspilleras. Todas las entradas estaban protegidas por matacanes desde donde se podía arrojar aceite hirviendo sobre cualquiera que intentara alzar uno de los pesados rastrillos de hierro. Nada de eso había podido detener a los abelaat.

Graybow sacó un diario y una pluma de debajo de su capa de montar y comenzó a escribir:

El consejero Melios y su familia deben de haber muerto. No queda vida en este lugar abandonado. Los abelaat lo han destruido todo. Los monstruos han llegado ya a nuestras puertas, y todavía no sabemos nada de sus tácticas, poderes o debilidades. Antes del ocaso del día quiero poner fin a esta ignorancia.

El estómago se le retorció de la rabia, y sintió el gusto de la bilis en la boca. A pesar de sus diferencias, le desagradaba haber condenado a Melios a un final como éste. Aunque hubiese estado implicado en el intento de asesinato de Jo, aquel hombre seguía siendo un noble de Penhaligon, y las tropas de la baronía deberían haber estado allí para prevenir aquel desastre.

Graybow pestañeó para librarse del picor que le quemaba los ojos, producido por las sustancias que invadían el aire. Pensó en coger una muestra de tierra y llevársela consigo al Castillo de los Tres Soles para que los incompetentes magos viesen el daño que hacían los abelaat, y pudiesen pensar en algún plan de defensa. Pero sintió repulsión ante la idea de tocar aquella tierra verde y amarillenta. Las lágrimas resbalaban por su mejilla y se hundían en aquel suelo sin vida.

—Agua –se dijo a sí mismo al darse cuenta de la profundidad de los agujeros que habían producido sus lágrimas. Garabateó una nota en el margen de su cuaderno. Si el agua, o tal vez el agua salada, afectaba de tal manera la tierra devastada, tal vez afectase de igual modo a los abelaat. Decidió que duplicaría en las murallas los recipientes con líquidos hirviendo y les añadiría sal. Tan sólo era una corazonada, un presentimiento; tal vez inútil, pero aquello era lo único que le quedaba ante un enemigo tan poderoso.

Devolvió su cuaderno a su sitio bajo su cinturón, dejando escapar el calor que le proporcionaba la capa.

El alcaide apretó el puño alrededor del mango de su espada, una reliquia dorada llamada Sabia. La espada tenía el poder de inspirar a los hombres en el combate cuando la llevaba un hombre de carácter.

Con un suspiro, Graybow pensó en lo mucho que aquel aire helado lo afectaba a su edad. En los días venideros, Sabia debería transmitir toda su inspiración a través de su persona; de otro modo, Penhaligon dejaría de existir.

Graybow escrutó la tierra que divisaban y echó un último vistazo a los agujeros perforados en el suelo por sus lágrimas. A pesar de la repulsión que le provocaba aquella sustancia, tomó una muestra y la depositó en una bolsa de cuero, que cerró con un cordón y ató luego al cinturón. Al avanzar hacia el borde del precipicio, sintió cómo las rocas cedían bajo sus pies y retrocedió tambaleante para no caer al vacío.

—¿Estáis bien, mi señor? –le preguntó Oertrópolis, el caballero de más edad.

Graybow lo tranquilizó con un gesto y avanzó con más cautela hacia el borde. Se asomó sobre éste para verificar que la pendiente era lo bastante suave como para descender por ella. No veía rastros de animales o huellas de máquinas de asedio ni los había visto en el camino desde el castillo. Los trucos que habían empleado los abelaat para destruir las tierras de Melios eran un misterio tan insondable como el mismo origen y naturaleza de las criaturas.

Se volvió hacia los caballeros.

—Voy al castillo. Esperadme aquí.

—Lo siento, señor. No podemos dejaros hacer eso –replicó uno de los caballeros. Su hermano gemelo lo secundó:

—Estamos aquí para protegeros. No sabemos el peligro…

—Os doy las gracias, Byron y Lyraan –interrumpió, dirigiéndoles una mirada escéptica–. Estoy seguro de que vuestra familia estaría muy orgullosa de vosotros pero creo que, como ha hecho notar Nigelle, no hay peligro alguno.

Los gemelos se miraron y se cruzaron de brazos, con un gesto de determinación en el rostro. Graybow sabía que se tendría que pelear si discutía con los dos nobles, primos directos de la familia Hyraksos de Karameikos.

—La baronesa quiere un informe lo antes posible –adujo Byron.

—El viaje ya se ha prolongado por dos días –añadió Lyraan–. Deberíamos darnos prisa.

—De acuerdo –suspiró Graybow, indicando con un gesto que lo acompañasen; no tenía ganas ni fuerzas para discutir. Ambos caballeros se miraron sonriendo y montaron en sus caballos.

»Llevad los caballos a pie –añadió el alcaide–. El terreno de la ladera es demasiado blando. Quiero que los demás se queden para vigilar. Dejaré mi caballo aquí; no quiero que me moleste y dos caballos nos causarían problemas.

—¿Recibiremos fuerzas de apoyo, señor? –inquirió Nigelle, quitándose el casco, coronado con una pluma blanca que ondeaba al viento.

Graybow arqueó una ceja, señalando hacia el castillo en la ladera.

—¿Queréis decir en este asunto, o de otros reinos?

—De otros reinos, señor.

Había otros reinos que se extendían más allá de las tierras de Melios y que podían acudir a la convocatoria de fuerzas, pero Graybow dudaba que el mensaje hubiese llegado a tiempo.

—Hay demasiados problemas entre los nobles de esta región, sir Nigelle. No perdáis el tiempo divisando el horizonte en espera de que acudan en nuestra ayuda.

El joven caballero asintió, y se volvió para colocar su casco en el arzón de su silla de montar. El caballo intentó retroceder, pero Nigelle dio un fuerte tirón a las riendas, manteniéndolo firme en su sitio. Palpó en el interior de la alforja y extrajo una zanahoria, pero el animal estaba demasiado asustado por el olor del suelo para comer.

—Si divisáis algo, gritad. Con este silencio podremos oíros aun desde el castillo –dijo Graybow y, sin esperar respuesta de Nigelle u Oertrópolis, comenzó a descender por el precipicio. Sus pies resbalaban y alzaban una sucia nube de polvo; se cubrió con una mano la boca y la nariz para protegerse del hedor y se dejó resbalar con rapidez, ladera abajo, con la pierna derecha doblada y adelantada para no perder el equilibrio. Habría preferido que uno de los caballeros hubiese atado una cuerda a uno de los caballos, pero no creía que los animales se mantuviesen firmes.

Tras unos instantes, sir Graybow había alcanzado con elegancia el final de la ladera y se volvió para comprobar que los dos caballeros lo seguían con sus monturas. El caballo de sir Byron tropezó y casi se cae, pero recuperó el equilibrio a tiempo.

Graybow comprobó que la ladera era mucho más larga y escarpada de lo que se había figurado, y vio que había abierto un enorme surco en la tierra con su bajada. Allí abajo el suelo estaba un poco más firme que en lo alto de la montaña, pero las piedrecillas verdosas lo cubrían todo y el olor a sangre y sudor era incluso más intenso que arriba. Había tenido la esperanza de que la diferencia de altura mitigase en parte el aceitoso frío, pero éste seguía mordiéndole la carne. Una vez que se le unieron los demás, Graybow avanzó por los campos desolados en dirección a la oscura fortaleza. Marchaban en silencio, con los sentidos atentos a percibir cualquier señal de vida procedente del castillo. Hubo un momento en que tuvieron la sensación de oír el golpe de un martillo sobre un yunque, un sonido que a Graybow le recordó al campo de entrenamiento de Darokin.

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