El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
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9
Una de las criadas llamó a la puerta de Vera, la abrió y dijo con el tono a medias impertinente y a medias tímido que empleaban cuando «cumplían órdenes»:
—¡Por favor, senhora Vera, don Luis quiere verla en el gran salón!
—Oh, cielos, oh, cielos. —Vera suspiró—. ¿Sigue de mal humor?
—Espantoso —respondió Teresa, la criada, abandonando de inmediato la actitud de «estoy cumpliendo órdenes» y agachándose para rascar un callo de su pie endurecido, descalzo y rollizo.
A esa altura todas las chicas de Casa Falco consideraban a Vera una amiga, una especie de tía de la buena suerte o hermana mayor; hasta Silvia, la severa cocinera entrada en años, había ido a la habitación de Vera el día después de la desaparición de Luz y hablado del asunto con ella. Evidentemente, no la preocupaba en lo más mínimo buscar palabras tranquilizadoras en boca del enemigo.
—¿Ha visto la cara de Michael? —preguntó Teresa—. Ayer don Luis le aflojó dos dientes porque tardaba en quitarle las botas, gruñía y protestaba, ya sabe cómo trabaja, y don Luis le dio un puntapié con la bota todavía calzada. Ahora Michael está hinchado como un murciélago con saco abdominal, tiene un aspecto rarísimo. Linda dice que ayer por la tarde don Luis fue solo al Arrabal, lo vio Thomas, de Casa Marquez, ascendía por la carretera. ¿Qué cree que ha ocurrido? ¿Cree que pretendía robar y traer de vuelta a la pobre senhorita Luz?
—Oh, cielos. —Vera volvió a suspirar—. Será mejor que no lo haga esperar. —Se alisó el pelo y se acomodó la ropa. Siguió hablando con Teresa—: Llevas unos pendientes muy bonitos. ¡Vamos! —Siguió a la muchacha hasta el salón de Casa Falco.
Luis Falco estaba sentado junto a la ventana, contemplando Bahía Songe. La vibrante luz matinal se extendía sobre el mar; las nubes eran grandes y turbulentas, las crestas resplandecían blancas cuando el sol las iluminaba y se oscurecían en los momentos en que el viento amainaba y las nubes más altas impedían el paso de la luz. Falco se puso en pie para recibir a Vera. Su expresión denotaba dureza y gran cansancio. No la miró mientras le hablaba:
—Senhora, si tiene aquí algunas pertenencias que desee llevarse, haga el favor de ir a buscarlas.
—No tengo nada —replicó Vera lentamente.
Hasta entonces Falco nunca la había asustado; a decir verdad, durante el mes que había pasado en su casa, había acabado por caerle muy bien, terminó respetándolo. Ahora algo había cambiado en él; no eran el dolor y la rabia visibles y comprensibles desde la huida de Luz; en él se había producido un cambio, no una emoción, sino una manifestación de destrucción, como la de una persona mortalmente enferma o herida. Vera deseaba contactarse con él, pero no supo cómo hacerlo.
—Don Luis, usted me dio la ropa y lo demás —añadió. Vera sabía que la ropa que ahora vestía había pertenecido a la esposa de Falco; había hecho llevar a su habitación un arcón con prendas, bellas faldas, blusas y chales finamente tejidos, doblados con primor y con hojas de lavanda dulce intercaladas hacía tanto tiempo que el perfume se había evaporado—. ¿Quiere que vaya a ponerme mi ropa? —preguntó.
—No…, sí, claro, si es lo que quiere. Haga lo que prefiera… Por favor, regrese lo antes posible.
Cuando Vera regresó cinco minutos más tarde con su traje de seda blanca de los árboles, Falco estaba nuevamente inmóvil en el asiento de la ventana, contemplando la enorme bahía gris cubierta por las nubes.
Cuando Vera se acercó, Falco volvió a levantarse, pero esta vez tampoco la miró.
—Por favor, senhora, acompáñeme.
—¿Adónde? —preguntó Vera sin moverse.
—Al Arrabal —añadió como si hubiera olvidado mencionarlo porque estaba en otra cosa—. Espero que sea posible el reencuentro con los suyos.
—Yo también lo espero. Don Luis, ¿acaso hay algo que lo vuelva imposible?
Falco no replicó. Vera notó que no eludía la pregunta, simplemente el esfuerzo de responder lo superaba. Falco se hizo a un lado para dejarla pasar. Vera contempló el gran salón que tan bien había llegado a conocer y miró el rostro del hombre.
—Don Luis, me gustaría agradecerle su amabilidad para conmigo —dijo con formalidad—. Recordaré la auténtica hospitalidad que convirtió a una prisionera en invitada.
El rostro cansado de Falco no se demudó; meneó la cabeza y esperó a que Vera pasara.
Vera lo adelantó y él la siguió por el vestíbulo hasta la calle. La mujer no había atravesado el umbral desde el día en que la llevaron a la casa.
Esperaba encontrar afuera a Jan, a Hari y a los demás, pero de ellos no había indicios. Una docena de hombres, en los que reconoció a los criados y a la guardia personal de Falco, esperaban agrupados; también divisó a otro conjunto de hombres de edad madura, entre los que figuraban el Concejal Marquez y Cooper —el cuñado de Falco—, así como parte de su séquito: unos treinta en total. Falco les echó un rápido vistazo y a continuación, mecánicamente deferente con Vera y dejando que lo precediera un paso, se puso a caminar por la empinada calle, haciendo una señal al resto para que lo siguieran.
Mientras caminaban, Vera oyó que el viejo Marquez hablaba con Falco, pero no se enteró de qué decían. Caramarcada —Aníbal— le hizo un ligerísimo guiño mientras avanzaba elegantemente al lado de su hermano. La fuerza del viento y el brillo del sol después de haber pasado tanto tiempo puertas adentro o en el jardín amurallado de la casa, la dejaron perpleja; se sentía insegura al andar, como si hubiera permanecido mucho tiempo enferma en cama.
Delante del Capitolio esperaba un grupo más nutrido, cuarenta hombres, tal vez cincuenta, todos muy jóvenes y vestidos con el mismo tipo de chaqueta, de una gruesa tela marrón negruzca; las hilanderías debieron haber trabajado horas extras para fabricar tanta cantidad de la misma tela, pensó Vera. Como todas las chaquetas tenían cinturón y grandes botones de metal, eran muy parecidas. Todos los hombres portaban látigo y mosquete. Semejaban uno de los murales del interior del Capitolio. Alto y de anchos hombros, Herman Macmilan se adelantó sonriente:
—¡A su servicio, don Luis!
—Buenos días, don Herman. ¿Todo preparado? —preguntó Falco con voz ahogada.
—Todo preparado, senhor. ¡Hombres, al Arrabal!
Dio media vuelta y encabezó la columna de hombres Calle del Mar arriba, sin esperar a Falco, que tomó a Vera del brazo y la hizo correr entre los chaquetas oscuras para reunirse con Macmilan en la vanguardia del destacamento. Sus propios seguidores intentaron pisarle los talones. Vera se vio zarandeada entre los hombres, con sus armas y los mangos de los látigos, sus brazos fuertes, sus rostros que la miraban desde arriba, jóvenes y hostiles. La calle era estrecha y Falco se abrió paso por la fuerza, arrastrando consigo a Vera. En cuanto se situó al lado de Macmilan, al frente del destacamento, soltó el brazo de Vera y caminó serenamente, como si en todo momento hubiera ocupado la cabecera.
Macmilan lo miró y sonrió con su proverbial sonrisa fruncida y altanera. Al ver a Vera simuló sorprenderse.
—Don Luis, ¿quién es ésa? ¿Ha traído una dueña?
—¿Se han recibido nuevos informes del Arrabal en la última hora?
—Según el último parte, siguen reuniéndose. Aún no se han puesto en movimiento.
—¿La Guardia de la Ciudad saldrá a nuestro encuentro en el Monumento?
El joven asintió.
—Con algunos refuerzos que Angel reunió. ¡Ya era hora que nos pusiéramos en marcha! Estos hombres han esperado demasiado.
—Son sus hombres; espero que sepa hacerles mantener el orden —puntualizó Falco.
—Están deseosos de entrar en acción —añadió Macmilan con falsa intimidad.