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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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Si para mí fue doloroso verles pasar sin poder llamarlos, para Jonas tuvo que haber sido un tormento. Cuando Jolenta pasaba frente a nosotros, volvió la cabeza. En ese momento me pareció que ella había olfateado el deseo de Jonas, igual que entre las montañas se dice que algunos espíritus impuros son atraídos por el olor de la carne que ha sido arrojada al fuego para ellos. Sin duda no fue más que uno de los árboles en flor entre los que nos encontrábamos lo que le llamó la atención. Oí como Jonas se quedaba sin aliento; pero la primera sílaba del nombre de Jolenta fue interrumpida por un golpe seco, y él cayó a mis pies. Cuando ahora recuerdo la escena, el ruido de la mano metálica sobre la gravilla del camino tiene la misma intensidad que el perfume de los brotes del ciruelo.

Cuando hubieron pasado todas las compañías de actores, dos pretorianos recogieron a Jonas y se lo llevaron con la misma facilidad que si se tratara de un niño. Entonces lo atribuí a la fortaleza de los pretorianos. Cruzamos el camino por el que habían venido los actores y entramos en un seto de rosales más alto que un hombre, cubierto con enormes brotes blancos y repleto de nidos de aves.

Más allá estaban los jardines propiamente dichos. Si tratara de describirlos, daría la impresión de haberme contagiado de la desvariada y tartamudeante elocuencia de Hethor. Cada colina, cada árbol, cada flor parecían haber sido dispuestos por una inteligencia maestra (que desde entonces he sabido que es la del Padre mire) en una escena que cortaba el aliento. El observador siente que está en el centro, que todo lo que ve apunta hacia el lugar en que se encuentra, pero que cuando ha caminado cien pasos o una legua todavía sigue encontrándose en el centro; y cada visión parece transmitir alguna verdad incomunicable, como una de esas intuiciones inefables que sólo a los eremitas les es dado experimentar.

Tan bellos eran estos jardines que sólo después de estar allí cierto tiempo me di cuenta de que ninguna torre se alzaba sobre ellos. Aparte de los pájaros y las nubes, sólo el viejo sol y las pálidas estrellas subían más alto que las copas de los árboles. Podíamos haber estado errando por algún divino paisaje silvestre. Más tarde alcanzamos la cresta de una ola de tierra, más adorable que cualquier ola de cobalto de Uroboros; y súbitamente, tanto que nos cortó el aliento, un foso se abrió a nuestros pies. Aunque lo he llamado foso, no era en modo alguno el negro abismo que normalmente asociamos con esa palabra. Más bien era una gruta llena de fuentes y de flores nocturnas y punteada con gentes más brillantes que cualquier flor, gentes que paseaban ociosas junto a las aguas y charlaban entre las sombras.

En seguida, como si hubiera caído el muro de una tumba para dar paso a la luz, me inundaron muchos recuerdos de la Casa Absoluta, que ahora eran míos por haber absorbido la vida de Thecla. Comprendí algunas cosas que habían estado implícitas en la obra del doctor y en muchas de las historias que Thecla me había contado, aunque ella nunca lo dijo abiertamente: la totalidad de este gran palacio estaba bajo tierra, o más bien los techos y paredes tenían encima montones de tierra cultivada y organizada en paisajes, de modo que todo este tiempo habíamos venido caminando sobre la sede del poder del Autarca, que yo creía aún a cierta distancia.

No descendimos a la gruta, que sin duda se abría hacia cámaras completamente inadecuadas para la detención de prisioneros, ni tampoco a ninguna de las otras veinte por las que pasamos. Sin embargo, al final llegamos a una mucho más sórdida, aunque no menos bella. La escalera por la que entramos había sido tallada de modo que pareciese una formación natural de roca oscura, irregular y en ocasiones traicionera. El agua goteaba desde arriba, y en las partes altas de esta caverna artificial crecían helechos y yedra oscura, por donde aún lograba pasar un poco de luz. En las regiones inferiores, mil escalones más abajo, las paredes se encontraban tachonadas de hongos; algunos eran luminosos, otros esparcían por el aire aromas extraños y mohosos, y otros sugerían fantásticos fetiches fálicos.

En el centro de este oscuro jardín, apoyado en un andamiaje, colgaba, verde con verdigrís, un conjunto de gongs. Me pareció que se los había dispuesto con la idea de que el viento los hiciera sonar; sin embargo, parecía imposible que pudiera tocarlos alguna vez.

Así al menos lo pensé hasta que uno de los pretorianos abrió una pesada puerta de bronce y de madera carcomida en uno de los oscuros muros de piedra. Entonces una corriente de aire frío y seco sopló por la puerta y los gongs comenzaron a mecerse y a chocar, produciendo un ruido tan armonioso que parecía en verdad la composición programática de algún músico, cuyos pensamientos se encontraban aquí en el exilio.

Al alzar la vista hacia los gongs (lo que los pretorianos no me impidieron hacer) vi a las estatuas, cuarenta al menos, que nos habían seguido todo el camino a través de los jardines. Ahora bordeaban el foso, inmóviles al fin, y miraban hacia nosotros como si fueran un friso de cenotafios.

Yo había previsto ser el único ocupante de una pequeña celda, supongo que porque inconscientemente trasplantaba las prácticas de nuestras propias mazmorras a este lugar desconocido. No era posible imaginar nada más distinto. La entrada no se abría sobre ningún corredor de puertas estrechas, sino hacia uno espacioso y alfombrado con una segunda entrada en el lado opuesto. Delante de este segundo conjunto de puertas había unos hastarii con lanzas llameantes, apostados como centinelas. A una palabra de uno de los pretorianos, las abrieron inmediatamente; más allá se extendía una estancia vasta, oscura y despejada con un techo muy bajo. Esparcidas por la estancia había varias docenas de personas, hombres y mujeres y unos pocos niños; la mayoría solos, pero algunos en parejas o en grupos. Las familias ocupaban nichos y en algunos sitios se habían levantado cortinas de harapos para proporcionar cierto aislamiento.

Se nos empujó al interior de esta estancia. O más bien yo fui empujado y el infortunado Jonas fue arrojado. Traté de sostenerlo mientras caía, y al menos conseguí que no golpeara con la cabeza contra el suelo; mientras, oí cómo detrás de mí las puertas se cerraban de golpe.

XV — Fuego fatuo

Me encontré rodeado de caras. Dos mujeres apartaron a Jonas, y prometiendo cuidarlo, se lo llevaron. El resto empezó a martillearme a preguntas: cómo me llamaba, qué clase de ropas llevaba, de dónde había venido, si conocía a éste o a tal otro, si había estado en ésta o en aquella ciudad, si era de la Casa Absoluta o de Nessus o de la ribera oriental u occidental del Gyoll, si era de este barrio o de aquél, si el Autarca vivía aún, si sabía algo del Padre Inire, quién era arconte en la ciudad, cómo iba la guerra, si tenía noticias del comandante Fulano o del soldado Mengano o del quiliarca Zutano, si sabía cantar o recitar o tocar un instrumento…

Como puede imaginarse, ante tal lluvia de preguntas no pude contestar a casi ninguna. Cuando pasó el chaparrón inicial, un hombre viejo y de barba canosa y una mujer que parecía casi de la misma edad hicieron callara los demás y los alejaron. El método, que posiblemente no habría triunfado en ningún otro lugar, era dar una palmada a cada cual en la espalda, apuntar a la parte más remota de la estancia y decirle claramente: «Hay tiempo de sobra». Gradualmente, los demás se fueron callando y retirando hasta el sitio más alejado desde donde aún podían oír, y por fin la baja estancia quedó tan silenciosa como cuando se abrieron las puertas.

—Soy Lomer —dijo el viejo. Carraspeó ruidosamente—. Ésta es Nicarete.

Le dije cuál era mi nombre y el de Jonas.

La vieja debió de haber notado preocupación en mi voz.

—Está en buenas manos, no te preocupes. Esas muchachas lo tratarán lo mejor que puedan, esperando que él pronto pueda hablarles. —Soltó una risa, y algo en el modo de echar atrás la bien conformada cabeza me dijo que había sido hermosa en otro tiempo.

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