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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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Tal raza existe, pero no la encontré allí, en el límite de los jardines de la Casa Absoluta. Lo que vi moverse entre los árboles, y sobre lo que ahora —hasta que por fin lo vi claramente— me lanzaba, era más bien la imagen gigante de una de esas criaturas brotada a la vida. La carne era de piedra blanca, y los ojos tenían esa redonda y pulida ceguera (como secciones de cáscaras de huevo) que vemos en nuestras propias estatuas. Se movía con lentitud, como drogado o adormecido, aunque no inseguro. Parecía no ver, pero daba la impresión de darse cuenta de las cosas, aunque con lentitud.

Acabo de hacer una pausa para volver a leer lo que he escrito, y veo que no he logrado en absoluto describir lo esencial. La figura era escultórica. Si algún ángel caído hubiera espiado mi conversación con el hombre verde, podría haber ideado un enigma semejante para burlarse de mí. En cada uno de sus movimientos transmitía la serenidad y la permanencia del arte y de la piedra. Yo sentía que cada gesto, cada posición de la cabeza y de las extremidades y del torso podía ser la última, o que cada una de ellas podía repetirse interminablemente, como las poses de los gnomenos en los cuadrantes multifacéticos de Valeria que se repiten a lo largo de los curvilíneos corredores de los instantes.

El primer terror que me invadió, después de que la extrañeza de la estatua blanca me hubiera quitado el deseo de morir, fue la impresión instintiva de que iba a hacerme daño.

El segundo fue que no lo intentaría. Tener tanto miedo como yo tenía de esa figura silenciosa e inhumana y descubrir después que no quería hacerme daño hubiera sido insoportablemente humillante. Olvidando por un momento que golpear esa piedra viviente estropearía irremediablemente el acero, desenvainé Terminus Est y acosé con las riendas a mi diestrero. La misma brisa pareció detenerse con nosotros allí, el diestrero apenas temblando, yo con la espada en alto, nosotros mismos tan quietos como estatuas. La verdadera estatua vino hacia nosotros, su cara, tres o cuatro veces del tamaño natural, contenía una inconcebible emoción y sus extremidades estaban envueltas en una terrible y perfecta belleza.

Oí gritar a Jonas y el ruido de un golpe. Tuve el tiempo justo de verlo en el suelo enredado en una pelea con hombres de cascos altos y empenachados que desaparecían y reaparecían incluso mientras los miraba, cuando oí un zumbido cerca de mi oreja; algo me golpeó la muñeca y me encontré debatiéndome entre un embrollo de cuerdas que me constreñían como pequeñas boas. Alguien me agarró de la pierna y tiró, y yo caí.

Cuando me recobré y me di cuenta de lo que estaba pasando, tenía un lazo de alambre alrededor del cuello, y uno de mis captores estaba rebuscando en mi esquero. Yo veía claramente cómo sus manos se movían rápidas como gorriones. También le veía la cara, como una máscara impasible que un prestidigitador hubiera suspendido de un hilo delante de mí. Una o dos veces la extraordinaria armadura que llevaba destelló al moverse; entonces yo lo veía como quien ve una copa de cristal inmersa en agua clara. Creo que era refractante, bruñido más allá de toda capacidad humana, de manera que su propio material era invisible y sólo podían verse los verdes y pardos del bosque, retorcidos por las formas de la coraza, la gorguera y las grebas.

Aunque protesté aduciendo que era miembro del gremio, el pretoriano cogió todo mi dinero (si bien me dejó el libro marrón de Thecla, el trozo de piedra de afilar, aceite y trapo y los demás objetos diversos que había en el esquero). Entonces, con habilidad, me quitó las cuerdas que me enredaban y se las echó (es lo más aproximado que puedo decir) dentro de la sisa del peto, aunque no antes de que yo las hubiera visto. Me recordaba al látigo que nosotros llamábamos «gato» y que era un manojo de correas unidas por un extremo y con un peso en el otro; desde entonces he sabido que esta arma se llama achico.

A continuación mi captor tiró hacia arriba de mi lazo de alambre hasta que me puse de pie. Yo era consciente, como en ocasiones similares, de que en cierto sentido estábamos representando un juego. Estábamos simulando que yo me encontraba totalmente en poder del pretoriano, cuando de hecho podía haberme negado a levantarme hasta que él me hubiera estrangulado o hubiera llamado a algunos de mis compañeros para que cargaran conmigo. También podía haber hecho otras cosas, como coger el alambre y tratar de arrancárselo de la mano o golpearle la cara. Podía haber escapado y ellos matarme o dejarme inconsciente o en agonía; pero realmente no se me pudo obligar a actuar como lo hice.

Por fin supe que era un juego, y sonreí mientras él envainaba Terminus Est y me llevaba a donde estaba Jonas. Éste dijo: —No hemos hecho ningún daño. Devuelve a mi amigo la espada y danos nuestros animales, y nos iremos.

No hubo respuesta. En silencio, dos pretorianos (parecían dos gorriones aleteantes) tomaron nuestros diestreros y se los llevaron. Qué parecidos a nosotros eran esos animales, caminando resignadamente hacia quién sabe dónde, las enormes cabezas detrás de unas finas correas de cuero. Nueve décimas partes de la vida, así me lo parece, consisten en estas rendiciones.

Se nos hizo ir con nuestros captores afuera del bosque a unos prados ondulantes que pronto se convirtieron en césped. La estatua caminaba detrás de nosotros, y otras de su especie se le unieron hasta que hubo una docena o más, todas enormes, todas diferentes y todas hermosas. Pregunté a Jonas quiénes eran los soldados y adónde nos llevaban, pero él no respondió, y yo sentía que el lazo me estrangulaba.

Sólo puedo decir que llevaban armaduras de la cabeza a los pies, y sin embargo el pulido perfecto del metal daba la impresión de algo liso y suave, un efecto casi líquido que era profundamente perturbador y que les permitía desaparecer contra el cielo y la hierba a unos pasos de distancia. Cuando hubimos recorrido media legua por el césped, entramos en un bosquecillo de ciruelos en flor, y en seguida los cascos empenachados y las hombreras relucientes bailaron una danza de rosa y blanco.

Allí llegamos a un sendero que se torcía una y otra vez. Cuando estábamos a punto de salir del bosquecillo nos detuvimos, y Jonas y yo fuimos empujados violentamente hacia atrás. Oí cómo nos seguían los pies de las pétreas figuras, y cómo rascaban la gravilla cuando se detuvieron en seco; uno de los soldados las conminó a mantenerse apartadas en lo que pareció un grito sin palabras. Miré como pude por entre las flores para ver lo que había más allá.

Delante de nosotros el camino era mucho más ancho que el que habíamos utilizado hasta ahora. Era, de hecho, un sendero de jardín agrandado hasta convertirse en una magnífica avenida. El pavimento era de piedra blanca y a ambos lados había balaustradas de mármol. Por él marchaban gentes variopintas, la mayoría a pie, aunque algunos montaban bestias de varias clases. Uno llevaba un arctótero lanudo; otro iba subido al cuello de un perezoso de tierra, más verde que el césped. Apenas hubo pasado este grupo cuando otros lo siguieron. Aunque todavía estaban demasiado lejos para que yo pudiera distinguirles las caras, llamó mi atención un individuo que con la cabeza inclinada sobresalía al menos tres codos por encima del resto. Un momento después reconocí en otra cara la del doctor Talos, que avanzaba jactancioso, el pecho hinchado y la cabeza hacia atrás. Mi propia querida Dorcas lo seguía de cerca, y más que nunca parecía una niña desamparada caída de alguna esfera superior. Cubierta de velos que el viento movía y de joyas que centelleaban bajo su sombrilla, iba jolenta cabalgando a lo amazona una pequeña jaca; y detrás de todos ellos, empujando pacientemente un carro con todos los accesorios que él no podía llevar a hombros, avanzaba aquel a quien yo había reconocido primero, el gigante Calveros.

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