La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7142-4
- Переводчик: Luis Domenech
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:
Comencé a interrogarlos a mi vez, pero el viejo me interrumpió.
—Ven con nosotros —dijo—, a nuestro rincón. Allí podemos sentarnos con tranquilidad y te ofreceré un vaso de agua.
En cuanto pronunció esa palabra, me di cuenta de cuánta sed tenía. Nos llevó detrás de la cortina de harapos más próxima a las puertas y me echó agua de una jarra de barro a un delicado vaso de porcelana. Allí había cojines y una mesa pequeña de no más de un palmo de altura.
—Pregunta por pregunta, ésa es la vieja regla. Te hemos dicho nuestros nombres y tú nos has dicho el tuyo, así que volvamos a empezar. ¿Dónde te apresaron?
Les expliqué que no lo sabía, a menos que hubiera sido por violar los terrenos.
Lomer hizo un gesto de asentimiento. Tenía esa piel pálida de quienes nunca ven el sol; la barba rebelde y los dientes irregulares hubieran parecido repugnantes en cualquier otro entorno; aquí encajaban tan bien como las losas medio desgastadas del suelo.
—Me encuentro aquí por una mala pasada de la chatelaine Leocadia. Yo era senescal de la rival de Leocadia, la chatelaine Nympha, y cuando ella me trajo aquí, a la Casa Absoluta, para que pudiéramos examinar las cuentas de las fincas mientras que ella asistía a los ritos del filómata Phocas, la chatelaine Leocadia me tendió una trampa con ayuda de Sancha, que…
La vieja Nicarete lo interrumpió.
—¡Mira! —exclamó—. La conoce.
Sí, la conocía. Una cámara en rosa y marfil había brotado en mi mente, una estancia con dos paredes de cristal y marcos exquisitos. Allí ardían fuegos en chimeneas de mármol, empalidecidos por los rayos de sol que atravesaban los cristales, pero que llenaban la habitación de calor seco y de olor a sándalo. Una anciana envuelta en chales estaba sentada en una silla que parecía un trono; junto a ella, sobre una mesa de taracea, había un decantador de cristal tallado y varios frascos de color marrón.
—Es una anciana de nariz aguileña —dije—. La viuda de Fors.
—¿Así que la conoces? —La cabeza de Lomer asintió lentamente, como si estuviera respondiendo a la pregunta que él mismo había planteado.— Eres el primero en muchos años.
—Digamos que la recuerdo.
—Sí. —El viejo asintió.— Dicen que ya ha muerto. Pero en mis tiempos era una joven bonita y sana. La chatelaine Leocadia la convenció, y después hizo que nos descubrieran, como Sancha sabía que lo haría. Ella no tenía más que catorce años y no fue inculpada. En todo caso, no habíamos hecho nada; sólo había empezado a desvestirme.
—Entonces tenías que ser un jovenzuelo —dije. Él no respondió, Nicarete dijo entonces: —Tenía veintiocho años.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Quién eres? —Soy una voluntaria.
La miré algo sorprendido.
—Alguien debe expiar las faltas de Urth, o el Sol Nuevo nunca llegaría. Y alguien debe despertar la atención sobre este lugar y otros como él. Soy de una familia armígera que quizá todavía me recuerde, así que los guardias han de tener cuidado conmigo y con todos los demás mientras yo siga aquí.
—¿Quieres decir que puedes irte y no quieres?
—No —dijo, y meneó la cabeza. Tenía cabellos blancos, pero los llevaba sueltos sobre los hombros como las jóvenes—. Me iré, pero sólo bajo mis propias condiciones, que son que todos los que llevan aquí tanto tiempo que ya han olvidado sus delitos también queden libres.
Me acordé del cuchillo de cocina que había robado para Thecla y del hilo carmesí que fluyó bajo la puerta en nuestras mazmorras, y dije: —¿Es verdad que aquí los prisioneros olvidan realmente sus delitos?
Lomer alzó los ojos.
—¡Es injusto! Pregunta por pregunta, ésa es la regla, la vieja regla. Aquí todavía conservamos las reglas antiguas. Somos los últimos de la vieja generación, Nicarete y yo, pero mientras vivamos las antiguas reglas se aplicarán. ¿Tienes amigos que se muevan para liberarte?
Seguramente Dorcas lo haría si supiera dónde estaba. El doctor Talos era tan impredecible como las figuras que forman las nubes, y por esa misma razón podría intentar que me liberaran, aunque no tenía motivo alguno para hacerlo. Lo más importante quizás es que yo era el mensajero de Vodalus, y éste tenía al menos un agente en la Casa Absoluta: aquel a quien supuestamente yo tenía que entregar el mensaje. Yo había tratado de deshacerme del eslabón dos veces mientras Jonas y yo nos dirigíamos hacia el norte, pero comprobé que no podía; el alzabo, al parecer, había puesto otro encantamiento en mi mente. Ahora eso me alegraba.
—¿Tienes amigos o relaciones? Si los tienes, quizá puedas hacer algo por nosotros.
—Tal vez amigos —dije—. Puede que traten de ayudarme si se enteran de lo que me ocurrió. ¿Creéis que pueden conseguirlo?
Así estuvimos hablando durante mucho tiempo. Si tuviera que escribirlo todo aquí, esta historia no terminaría. En esa estancia no había nada que hacer más que charlar y jugar unos cuantos juegos sencillos, y los prisioneros hacen estas cosas hasta que se les ha ido todo el sabor y quedan como cartílagos que un hambriento hubiera estado mordisqueando todo el día. En muchos aspectos, estos prisioneros salen mejor parados que los clientes que guardábamos bajo la torre, pues de día no tienen miedo del dolor y ninguno está solo. Pero como la mayoría lleva allí tantos años, y a pocos de nuestros clientes se les mantenía confinados demasiado tiempo, los nuestros, en su mayor parte no perdían la esperanza, mientras que los de la Casa Absoluta están desesperados.
Después de diez guardias o más, las lámparas que lucían en el techo empezaron a apagarse y le dije a Lomer y a Nicarete que no seguiría despierto más tiempo. Me llevaron a un sitio muy oscuro alejado de la puerta, y me explicaron que ese lugar sería mío hasta que algún prisionero muriera y yo heredara una posición mejor.
Cuando se iban, le oí decir a Nicarete: —¿Vendrán esta noche? —Lomer respondió algo, pero no pude entender la respuesta, y yo estaba demasiado fatigado para preguntar. Mis pies me decían que en el suelo había un delgado jergón; me senté y había empezado a estirarme en toda mi longitud cuando con la mano toqué un cuerpo viviente.
La voz de Jonas me dijo: —No hace falta que apartes la mano. Sólo soy yo.
—¿Por qué no dijiste nada? Te vi paseando por ahí, pero no pude deshacerme de esos dos viejos.
¿Por qué no viniste?
—No dije nada porque estaba pensando, y no fui porque no pude librarme de las mujeres que me tenían al principio. Después, esas gentes no podían separarse de mí. Severian, tengo que escapar.
—Todo el mundo quiere escapar, supongo —le dije—. Por supuesto, yo también.
—Pero yo tengo que escapar. —Una mano delgada y dura, la mano izquierda de carne, agarró la mía. Si no lo hago, me mataré o perderé la razón. He sido tu amigo, ¿verdad? — Bajó la voz hasta un débil susurró.— Ese talismán que llevas… la gema azul… ¿nos liberará? Sé que los pretorianos no la encontraron; miré mientras te registraban.
—No quiero sacarla —dije—. Reluce mucho en la oscuridad.
—Pondré de lado uno de estos jergones y los sostendré para que nos oculte.
Esperé hasta que sentí que Jonas había levantado el jergón, y extraje la Garra. La luz era tan débil que podía haberla apagado con la mano.
—¿Está apagándose? —preguntó Jonas.
—No, está así casi siempre. Pero cuando está activa, como cuando transmutó el agua de nuestra garrafa y cuando atemorizó a los hombres mono, brilla intensamente. Si puede ayudar a nuestra evasión, no creo que lo haga ahora.
—Tenemos que llevarla a la puerta, quizás haga saltar el cerrojo. —La voz le temblaba.
—Más tarde, cuando todos los demás duerman. Los liberaré si nosotros mismos podemos escapar; pero si la puerta no se abre, como es muy posible, no quiero que sepan que tengo la Garra. Ahora dime por qué tienes que escapar en seguida.