La torre de cristal [Tower of Glass - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1407-4
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
El observatorio se componía de una serie de cúpulas cristalinas, situadas sobre una capa de hielo de dos kilómetros y medio de espesor. Túneles en el hielo enlazaban las cúpulas entre sí, y permitían acceso a la instalación más remota: el enorme plato de la antena parabólica del radiotelescopio, la rejilla metálica de un receptor de rayos X, el bruñido espejo que recogía las transmisiones emitidas desde un observatorio en órbita por encima del Polo Sur, el pequeño telescopio óptico de difracción múltiple, las tres columnas doradas de la antena de hidrógeno, el tejido aéreo de un sistema polirradar, y el resto de los mecanismos con que los astrónomos vigilaban el universo. En vez de usar trenzas de refrigeración para asegurarse de que el hielo no se fundiera bajo los edificios, habían utilizado placas individuales de intercambio de calor para cada estructura, de manera que cada edificio era una pequeña isla en medio del gran glaciar.
En el edificio principal, algunas cosas zumbaban, tictaqueaban o brillaban con luz intermitente. Krug no entendía la mayor parte de aquel equipo, aunque le parecía adecuadamente científico. Los técnicos corrían ajetreados por doquier; desde una pasarela situada a una altura mareante, un alfa gritaba números a los tres betas de abajo. Periódicamente se veía una ráfaga de energía escarlata dentro de una hélice cristalina de veinte metros de largo, y a cada descarga los números cambiaban de un contador verde y rojo.
—Mira la espiral de radón —dijo Vargas—. Está registrando los impulsos que recibimos en este momento. Espera… acaba de empezar un nuevo ciclo, ¿lo ves?
Krug contempló la pauta de impulsos.
—Ya está —afirmó Vargas—. Ahora, una pausa de seis segundos, y empieza de nuevo.
—2-5-1, 2-3-1, 2-1 —recitó Krug—.Y antes era 2-4-1,2-5-1,3-1. Así que han incluido el grupo de 4, han pasado el grupo de 5 al principio del ciclo, han completado el grupo de 3 y han añadido un impulso al último grupo… Maldición, Vargas, ¿qué es eso? ¿Qué significa?
—No detectamos más contenido en este mensaje que en el anterior. Los dos siguen la misma estructura básica. Sólo es una redistribución sin importancia.
—¡Tiene que significar algo!
—Quizá.
—¿Cómo podemos averiguarlo?
—Se lo preguntaremos. Pronto. Mediante tu torre.
Krug hundió los hombros. Se inclinó hacia adelante para asir los suaves agarraderos fríos de un mecanismo incomprensible que sobresalía de la pared.
—Esos mensajes tienen trescientos años —dijo, sombrío—. Si su planeta es tal como me has dicho, eso significa trescientos siglos terrestres. Más. Ni siquiera sabrán nada sobre los mensajes que enviaron sus antepasados. Habrán mutado tanto que serán irreconocibles.
—No. Tiene que haber una continuidad. No podrían haber alcanzado un nivel tecnológico que les permitiera enviar mensajes intergalácticos, a menos que fuesen capaces de retener los logros de generaciones anteriores.
Krug se dio la vuelta.
—¿Sabes una cosa? Esta nebulosa planetaria, este sol azul…, sigo sin creer que ahí pueda haber vida inteligente. Ni vida en absoluto. Escucha, los soles azules no duran mucho, Vargas. Hacen falta millones de años para que la superficie de un planeta se enfríe lo suficiente como para volverse sólida. Los soles azules no duran tanto tiempo. Los planetas que tenga estarán todavía fundidos. ¿Quieres que me crea que las señales vienen de una gente que vive en una bola de fuego?
—Esas señales vienen de NGC 7293, una nebulosa planetaria en Acuario —dijo Vargas con tranquilidad.
—¿Seguro?
—Seguro. Te puedo enseñar todos los datos.
—No te molestes. Pero ¿cómo? ¿De una bola de fuego?
—No tiene que ser necesariamente una bola de fuego. Quizá algunos planetas se enfríen antes que otros. No podemos saber a ciencia cierta cuánto tardan en hacerlo. Ignoramos a qué distancia de ese sol está el mundo natal de los que enviaron el mensaje. Tenemos modelos que muestran la posibilidad teórica de que un planeta se enfríe suficientemente de prisa, incluso con un sol azul, como para permitir…
—Ese planeta es una bola de fuego —insistió Krug, malhumorado.
—Quizá. Pero quizá no —replicó Vargas, ahora a la defensiva—. Y aunque así fuera: ¿es que todas las formas de vida deben habitar en planetas de superficie sólida? ¿No puedes concebir una civilización de entidades que necesiten temperaturas altas, evolucionando en un mundo que aún no se ha enfriado? Si…
Krug bufó, disgustado.
—¿Y nos envían señales hechas con máquinas de acero fundido?
—Las señales no tienen por qué ser de origen mecánico. Imagina que puedan manipular la estructura molecular de…
—Me estás contando cuentos de hadas, doctor. ¡Acudo a un científico, y todo lo que obtengo son cuentos de hadas!
—En este momento, los cuentos de hadas son la única manera de explicar los datos —dijo Vargas.
—¡Sabes que tiene que haber una manera mejor!
—Sólo sé que estamos recibiendo señales, y que no hay duda de que provienen de esa nebulosa planetaria. Sé que no es plausible. El universo no tiene que parecernos plausible constantemente. Sus fenómenos no tienen por qué ser explicables al momento. El transmat no habría sido plausible para un científico del siglo dieciocho. Recibimos los datos e intentamos interpretarlos lo mejor que podemos. A veces, hacemos suposiciones extrañas porque los datos que recibimos no parecen tener sentido, pero…
—¡El universo no hace trampas! —gritó Krug—. ¡El universo juega limpio!
Vargas sonrió.
—Indudablemente. Pero necesitamos más datos antes de poder dar una explicación sobre NGC 7293. Mientras tanto, tendremos que conformarnos con cuentos de hadas.
Krug asintió. Cerró los ojos y acarició diales, mientras dentro de él burbujeaba y hervía una impaciencia monstruosa. “¡Eh, vosotros, los de las estrellas! ¡Eh, vosotros, los que enviáis esos impulsos! ¿Quiénes sois? ¿Qué sois? ¿Dónde estáis? ¡Quiero saberlo, maldita sea!” “¿Qué intentáis decirnos? ¿A quién estáis buscando? ¿Qué significa todo esto? ¿¡Y si me muero antes de averiguarlo!?”
—¿Sabes lo que quiero?—dijo Krug de repente—. Ir afuera, a ese radiotelescopio tuyo, y subirme al plato grande. Hacer bocina con las manos y gritarles números a esos hijos de puta. ¿Cuál es la señal ahora? ¿2-5-1, 2-3-1, 2-1? Me vuelve loco. Deberíamos responderles ahora mismo. Enviar algunos números 4-10-2, 4-6-2, 4-2. Sólo para demostrarles que estamos aquí. Sólo para que lo sepan.
—¿Por radio? —sonrió Vargas—. Tardarían trescientos años en recibirlo. La torre estará terminada pronto.
—Pronto, sí. Pronto. Deberías verla. Ven la semana que viene. Ya están metiendo los cacharros dentro. Pronto podremos hablar con esos hijos de puta.
—¿Quieres oír la señal auditiva, la nueva?
—Claro.
Vargas tocó un interruptor. De los altavoces en las paredes del laboratorio surgió un siseo frío, seco, el sonido del espacio, la voz del abismo oscuro. Era un sonido como el de una serpiente desprendiéndose de su piel. Segundos más tarde, por encima de ese sonido, llegaron los dulces tonos de frecuencia alta. Plip plip. Pausa. Plip plip plip plip plip. Pausa. Plip. Pausa. Pausa. Plip plip. Pausa. Plip plip plip. Pausa. Plip. Pausa. Pausa. Plip plip. Pausa. Plip. Silencio. Y luego otra vez, plip plip, el comienzo de un nuevo ciclo.