Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– Está todo aquí.
Gemma trató de concentrarse. Si su intención era la de distraer su atención y desarmarla no podía haberlo hecho mejor. Su consideración al tenerle el café listo a su llegada, sus intentos por lograr una alegre normalidad, y lo peor de todo, ese maldito mechón de pelo caprichoso. Agarró el tazón con fuerza para evitar que se le fuera la mano y le alisara el pelo, luego dijo:
– ¿Qué es todo?
– La muerte de Stephen Penmaric, hará doce años este próximo abril.
– ¿Penmaric? Pero ése es…
– El padre de Lucy Penmaric. Vivían aquí en Notting Hill, en Elgin Crescent. Lo atropellaron y mataron cruzando Portobello Road cuando iba de camino a la farmacia de guardia a buscar medicinas para Lucy.
– Oh, no… -dejó escapar Gemma. Ahora comprendía el comentario indirecto de Claire Gilbert durante su interrogatorio y su corazón se compadeció de la madre y la hija-. Eso es más de lo que nadie pueda soportar, ¿pero qué tiene que ver con esto?
– No lo sé -Kincaid suspiró y se apartó el mechón de pelo de la frente-. Pero en aquella época Alastair Gilbert era comisario detective en esta comisaría. El agente de la investigación era un tal David Ogilvie.
Gemma cerró la boca cuando se dio cuenta de que la tenía abierta.
– Ayer hablé con Ogilvie en la jefatura. Ahora es inspector jefe y era el jefe de personal de Gilbert. -Narró la entrevista y luego su visita a Jackie Temple.
– Entonces se conocen desde hace mucho tiempo -dijo Kincaid-. Y seguro que no tiene nada que ver… pero creo que deberíamos hablar con David Ogilvie sobre esto.
– ¿Y qué pasó con Stephen Penmaric? ¿Encontraron a quien lo atropelló?
Kincaid negó con la cabeza.
– Se dio a la fuga. Era muy entrada la noche y no hubo testigos. El policía de ronda vio los faros traseros desaparecer por la esquina, pero cuando llamó pidiendo ayuda el coche ya se había esfumado.
– Qué horrible para Claire. Y para Lucy.
– Era periodista, y por lo que me dijo Lucy, diría que al contrario que Alastair Gilbert su ausencia fue lamentada. -Kincaid recopiló los papeles sueltos, cerró la carpeta y la colocó cuidadosamente encima de las otras-. Vayamos a caminar un poco.
Prometía volver a ser un día claro e incluso a mediados de noviembre los árboles de Ladbroke Grove formaban como un baldaquín verde. Gemma había seguido a Kincaid sin cuestionarlo y ahora caminaba a su lado respirando profundamente el aire en calma, pero apretándose el abrigo para protegerse del frío.
Kincaid la miró, como evaluando su humor, luego dijo:
– Quiero verla, la casa en Elgin Crescent. Por alguna razón siento la necesidad de enfrentarme a los fantasmas.
– Sólo Stephen está muerto -dijo Gemma con lógica.
– También se podría debatir que la Claire y la Lucy de hace doce años tampoco existen, si es que quieres iniciar una discusión sobre los matices del tiempo. -Sonrió, luego volvió a su expresión grave-. Pero no quiero discutir contigo en absoluto, Gemma. -Mientras hablaba aflojó el paso-. Admito que tenía un doble motivo. Quería una oportunidad para hablar contigo. Mira, Gemma… Si he hecho algo que te ofendiera, no era mi intención. Y si he dado por sentado nuestro vínculo como compañeros de trabajo, lo único que puedo decir es que lo siento, porque estos últimos días han hecho que me diera cuenta de lo mucho que dependo de tu apoyo, de tu interpretación de las cosas, de tus reacciones inmediatas ante la gente. Te necesito en este caso. Necesitamos comunicarnos, no dar tumbos en la oscuridad como peces ciegos dentro de un barril. -Habían llegado a un cruce y él se detuvo y se volvió hacia ella-. ¿Podemos volver a ser un equipo?
Los pensamientos, tan desorganizados como las emociones que sentía, se agitaban en la cabeza de Gemma. ¿Cómo podía explicarle a Kincaid las razones para haber estado tan enfadada si ni siquiera ella las sabía? Era consciente de que él tenía razón -era muy probable que estropearan el caso si seguían como hasta ahora- y también sabía que ninguno de los dos se lo podía permitir. Ella, que se había vanagloriado de su profesionalidad por encima de todas las cosas, se había estado comportando como una estúpida. Sin embargo las palabras de perdón se le quedaron en la garganta y se negó a aflojar.
Finalmente pudo emitir un ahogado «Está bien, jefe», pero mantuvo los ojos fijos en el asfalto.
– Bien -dijo Kincaid. Luego, cuando cambió el semáforo y pisaron la calle, él añadió en voz tan baja que Gemma no estaba segura de haberle oído-: Algo es algo.
Cuando doblaron hacia Elgin Crescent unos minutos más tarde, Gemma buscó un tema seguro de que hablar.
– El barrio es más yuppy que cuando lo dejé. -Cada casa adosada mostraba un estucado de diferente tonalidad y todo estaba unificado por las relucientes molduras blancas. De todas brotaba una pequeña antena parabólica y en todas había una placa que anunciaba la posesión de un sistema de alarma.
Kincaid consultó un trozo de papel y al poco rato encontraron la casa donde los Penmaric habían ocupado un apartamento en el último piso.
– Y ésta es una de las víctimas -dijo Kincaid mientras inspeccionaban el exterior color melocotón y la puerta de color negro brillante-. Lucy dijo que la puerta era amarilla. -Sonó decepcionado.
– Supongo que es algo bueno. -Con su pie Gemma jugueteó con un pedazo de yeso que se había colado del contenedor y los andamios del jardín adyacente-. Me refiero a este aburguesamiento. Mejora el vecindario y todo eso. Pero de alguna forma echo de menos el antiguo barrio. Era cómodo y un poquito feo. Era un lugar donde podías volver a casa, sacarte los zapatos y comerte las patatas fritas directamente del cucurucho de papel.
– Pero esto, ahora -apuntó a la curva de casas adosadas-, esto son cenas íntimas después del trabajo con vino y comida gourmet de Fortnum’s. No es exactamente un lugar propicio para los fantasmas.
– Ni un fantasma -estuvo de acuerdo Kincaid cuando se dieron la vuelta y volvieron por el mismo camino-. Tendremos que probar en otra parte.
Gemma no se imaginó que regresaría a la oficina de David Ogilvie tan pronto. Esta vez, en cambio, sacó su bloc de notas con una sensación de alivio y dejó que Kincaid dirigiera la entrevista.
– ¿Recuerda el caso de Stephen Penmaric? -preguntó Kincaid tras concluir las formalidades.
Ogilvie frunció el ceño con perplejidad.
– ¿El primer esposo de Claire Gilbert? Por supuesto. Aunque no he pensado en este caso desde hace años. -Su sonrisa consistió en simplemente mostrar los dientes-. ¿Qué están sugiriendo? ¿Piensan que Claire tiene un antiguo amante con tendencia a cargarse a sus maridos?
– Es poco más o menos lo mejor que se nos ha ocurrido hasta ahora. -Cambió levemente de posición, juntó las manos alrededor de la rodilla y miró a Ogilvie con la expresión que Gemma denominaba «vayamos al grano»-. He leído el expediente, por supuesto -dijo-. Nada concluyente. Usted era el agente a cargo de la investigación y tanto usted como yo sabemos -su sonrisa sugería camaradería- que el agente no puede incluir impresiones en el informe. Pero eso es exactamente lo que me gustaría que me explicara. ¿Qué fue lo que no incluyó? ¿Qué pensaba de Claire? ¿Fue Stephen Penmaric asesinado?
David Ogilvie se arrellanó en su silla y juntó sus manos pensativamente antes de responder con calma.
– Pienso ahora lo mismo que pensaba entonces. La muerte de Stephen Penmaric fue un trágico accidente. No había nada en el informe porque no había nada que encontrar. Conoce tan bien como yo -añadió con evidente sarcasmo-, las probabilidades de seguirle la pista a un coche que se da a la fuga sin testigos. Y no veo que nada de esto pueda tener algo que ver con la muerte de Alastair Gilbert.
– ¿Conocía Gilbert a Claire Penmaric antes de la muerte de su esposo? -replicó Kincaid.