Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Mientras subían por el camino vieron el cementerio a su izquierda. Las mudas lápidas grises estaban decoradas por un confeti de hojas caídas. Más allá, la iglesia estaba asentada a horcajadas sobre la colina, en un ángulo que casi se podría considerar hecho en broma. Kincaid sonrió. Tuvo que reconocer que el arquitecto poseía sentido de la teatralidad además de sentido del humor, ya que la posición dominaba la mejor vista posible de todo el pueblo.
Cuando se acercaron a la iglesia Deveney sacó su bloc de notas y buscó en ellas.
– ¿Cómo se llama el vicario? -preguntó Kincaid.
– Fielding -respondió Deveney tras hojear algunas páginas-. R. Fielding. Oh, diablos.
– ¿R. Fielding O. Diablos? Un nombre algo raro para un vicario -dijo Kincaid sonriendo.
– Perdón. Tengo una piedra en el zapato. Ya lo atraparé. -Deveney se agachó y empezó a desatarse el zapato.
Kincaid encontró la puerta del pórtico abierta. Al entrar se detuvo un momento y cerró los ojos. Incluso a ciegas sería capaz de reconocer ese olor en cualquier parte -humedad, limpiametales, recubierto por un rastro de flores. Un olor eclesiástico, institucional y reconfortante como los recuerdos de la infancia.
Cuando abrió los ojos vio los habituales montones de folletos en el nártex, así como una caja de limosnas. Cuando un «Hola, hay alguien ahí» en voz no muy alta no recibió respuesta, Kincaid pasó junto a los paneles tallados y entró en la oscuridad de la nave. Aquí el silencio era casi palpable y el único movimiento provenía de las motas de polvo agitándose perezosamente en la luz multicolor que entraba por los altos ventanales.
La puerta chirrió y resonó la voz de Deveney:
– ¿Ha habido suerte?
Kincaid se dirigió a él con pesar y dijo:
– No, pero no creo que hayamos agotado todas las posibilidades. -Probaron en la puerta del lado opuesto del pórtico y entraron a un salón parroquial con un suelo de linóleo muy gastado. A su izquierda estaban los servicios y una pequeña cocina, a la derecha una sala de reuniones con montones de sillas de plástico.- Construcción nueva -caviló Kincaid-, pero es una ampliación inteligente, no la he notado desde fuera. Pero no hay nadie aquí. Supongo que tendremos que intentar ver al buen vicario en otra…
La puerta de los servicios de señoras se abrió y salió de allí una mujer. Kincaid calculó que rondaba los treinta y tantos. Tenía una cara agradable y una mata de rizos oscuros, llevaba tejanos y un suéter viejo, y en las manos llevaba guantes de goma y sostenía un práctico cepillo y una botella de detergente industrial.
– ¡Hola! -dijo alegremente-. ¿Los puedo ayudar en algo?
– Quisiéramos hablar con el vicario -se permitió Kincaid.
Miró con algo de impotencia los objetos que llevaba en las manos.
– Entonces déjenme que haga algo con esto. No tardaré nada. -Levantó la mirada de nuevo y debió de ver la incertidumbre en la cara de los agentes, porque hizo una pausa y sonrió-. Por cierto, soy Rebecca Fielding.
– Ah, sí -respondió Kincaid devolviendo la sonrisa y preguntándose qué otras sorpresas le depararía el día. Pensó que quizás no debería haberse sorprendido. Ahora era muy común la presencia de mujeres sacerdotes en la iglesia anglicana. De hecho, no era una novedad. Hicieron las presentaciones y cuando Rebecca Fielding hubo guardado los artículos de limpieza en un pequeño armario, Kincaid y Deveney la siguieron hasta la sala de reuniones.
En un carrito había una antigua tetera de cuatro patas y de aspecto malévolo que ocupaba el lugar de honor entre la vieja mesa y las sillas de plástico.
– Absolutamente necesaria para las reuniones de la parroquia -dijo Rebecca mirándola con desagrado-. No entiendo cómo entré en esta profesión, puesto que nunca me ha gustado el sabor del té hervido. -Apartó dos sillas para los hombres y una para sí misma y cuando se sentaron la vicaria empezó a acelerarse de repente-. Si esto va de Alastair Gilbert, me temo que no puedo ayudarlos. No puedo imaginar por qué alguien haría algo tan horrible.
– No es por eso exactamente por lo que hemos venido a verla -dijo Kincaid. Le gustaba la actitud tranquila y directa de la mujer-. Aunque cualquier luz que pudiera arrojar sobre el asunto sería de gran ayuda. Nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas sobre los objetos que le fueron robados.
– ¿Eso? -Sus cejas rectas y oscuras se arquearon por la sorpresa-. Pero hace mil años de eso. Debió de ser en agosto y, ¿qué tiene que ver con esto?
De modo que la vicaria no tenía conocimiento de los chismorreos del pub, pensó Kincaid, o bien era muy buena disimulando.
– Como estoy seguro de que ya lo sabe, varias personas han denunciado la desaparición de algunos objetos. Se especula que un vagabundo podría ser responsable de los robos y que el comandante Gilbert podría haberlo sorprendido en el acto.
– Pero eso es absurdo, comisario. Ninguno de estos incidentes ha ocurrido al mismo tiempo y, además, si hubiera alguien así merodeando por el pueblo, yo lo sabría. El pórtico de la iglesia es normalmente el primer lugar que eligen para dormir. -Se relajó en su silla, sonriéndoles, y cruzó relajadamente los brazos por encima de su suéter color ciruela. Pasó los pies calzados con zapatillas de deporte por las patas delanteras de la silla y esta postura le hizo pensar a Kincaid de repente en un jinete montando a pelo que vio una vez en el circo.
– ¿Montaba de pequeña? -le preguntó. Tenía un aire de haber pasado mucho tiempo al aire libre. No era endurecimiento, sino más bien de un aire de sana capacidad. Se dio cuenta de que llevaba las uñas cortas y que estaban un poco mugrientas.
– Pues, en realidad, sí. -Miró a Kincaid haciendo un gesto de perplejidad-. Mi tía era propietaria de un establo en Devon y yo pasaba las vacaciones de verano allí. Es curioso que lo pregunte. Esta mañana he vuelto de su funeral. Falleció la semana pasada.
– Entonces, ¿no estaba aquí cuando murió el comandante Gilbert?
– No. Pero la secretaria de la parroquia me llamó ayer para darme la noticia. -Hizo un gesto de incredulidad con la cabeza-. No me lo podía creer. Traté de llamar a Claire pero saltaba el contestador. ¿Qué tal lo está llevando?
– Tan bien como pueda esperarse -respondió vagamente Kincaid, pensando en otra cosa-. ¿Eran los Gilbert feligreses habituales de su iglesia?
Rebecca asintió.
– Alastair se encargaba a menudo de la lectura. Se tomaba muy en serio las obligaciones que comportaba su posición en el pueblo… -Se calló a mitad de la frase y se tapó la cara con las manos-. Lo siento, lo siento -dijo por entre los dedos abiertos-. No he sido demasiado caritativa. Estoy segura de que sus intenciones eran buenas.
– No le gustaba -dijo discretamente Kincaid.
Arrepentida, negó con la cabeza.
– No, me temo que no. Pero lo intenté, de verdad. Uno de mis peores defectos es el de juzgar a las personas precipitadamente.
– Así que cuando alguien no le gusta hace lo indecible por ser indulgente. -Kincaid sonrió comprensivo.
– Exactamente. Y me temo que Alastair era muy bueno aprovechándose de mí.
– ¿De qué manera? -Kincaid vio por el rabillo del ojo que Deveney se movía con impaciencia en su silla, pero se negó a darse prisa.
– Bueno, ya sabe… las lecturas en servicios especiales, inauguración de la feria, ese tipo de cosas…
– ¿Cosas que parecen importantes, pero que no exigen demasiado esfuerzo? -preguntó Kincaid irónicamente.