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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Suena riquísimo -dijo con un poco de nostalgia.

– Lo es. -Malcolm la contempló con interés. Se había apoyado contra la encimera con aire de tenerlo muy practicado, acunando su café con ambas manos-. Debería probar alguna vez. Bien, ¿en qué puedo ayudarlos?

Will cambió de posición en un taburete que no estaba hecho para su tamaño.

– Señor Reid, ¿puede decirnos qué estuvo haciendo el miércoles por la noche?

La taza se detuvo casi imperceptiblemente en su camino hacia la boca de Reid. Tomó un sorbo y luego dijo:

– ¿El miércoles por la noche? ¿Está comprobando si tengo una coartada? Lo sé, lo sé. -Levantó una mano antes de que ellos pudieran hablar-. Lo sé por su… comisario, ¿no es así? Preguntas de rutina, igual que en la tele, no hay de qué preocuparse. Debo decir que no encuentro esas palabras nada reconfortantes, pero no tengo ninguna razón para no responderles. No obstante, creo que se sentirán decepcionados. -Miró a Gemma con una chispa de humor en sus ojos-. Cerré la tienda a las cinco y media y me fui directamente a casa, donde pasé toda la noche con mi esposa.

Will asintió de un modo alentador.

– ¿Su esposa lo puede confirmar?

– Por supuesto. ¿Por qué no habría de hacerlo?

– Señor Reid -dijo Gemma preguntándose al mismo tiempo cómo introducir el tema con tacto-, ¿su esposa se lleva bien con Claire Gilbert?

– ¿Val? -Reid parecía sinceramente perplejo-. Val conoce a Claire desde hace más tiempo que yo. Así es como Claire vino a mí como cliente. Había tomado una de las clases de Val.

– ¿Tanto su esposa como Alastair Gilbert estaban de acuerdo con su relación laboral con Claire?

Por un momento Reid los miró sin comprender, luego su mirada se endureció.

– ¿Exactamente qué es lo que pretenden?

De perdidos al río, pensó Gemma, dado que su intento de introducir el tema con tacto había fallado estrepitosamente.

– Aparentemente, señor Reid, ha habido rumores en el pueblo de que su relación con Claire Gilbert era de naturaleza algo más personal y se informó a su esposo sobre ello.

– ¡Maldita sea! -explotó Reid. Sus nudillos estaban blancos de apretar la taza-. Odio los chismorreos. Es algo tan insidioso y uno se siente totalmente impotente. Si no dices nada te condenan, y te condenan todavía más si desafías a los chismosos.

»Son todo estupideces. Y lo que dicen sobre Alastair también. -De repente se relajó y suspiró-. No es culpa suya, sargento. Lo siento si la he tomado con usted. Pero por favor no le cuelgue esto a Claire también. Ya ha pasado por demasiadas cosas.

Gemma era consciente de lo inadecuada que era su respuesta estándar y no obstante la recitó:

– Ésta es una investigación por asesinato, señor Reid, y la verdad tiene prioridad. Me desagrada…

No pudo acabar la frase porque oyó como se abría la puerta de la tienda y reconoció la voz de Claire Gilbert.

– Malcolm, yo… -Claire se detuvo cuando se dio cuenta de la presencia de Will y Gemma. Ésta tuvo la clara impresión de que Claire había estado a punto de lanzarse a los brazos de Malcolm Reid.

– Claire, ¿qué estás haciendo aquí? -Reid cruzó la habitación para recibirla y la cogió por las manos. Frunció el ceño por la preocupación-. No debes salir.

Claire soltó las manos de Reid tras un breve contacto y recuperó el suficiente aplomo como para saludar a Will y Gemma con su habitual refinamiento.

– Lo siento. Espero no haber parecido mal educada. -Los saludó con la cabeza y a Will le dedicó una sonrisa-. Es que ya no lo podía soportar más. Hemos tenido que descolgar el teléfono porque no paraba de sonar. Y el agente sigue en la puerta, pero esperan afuera, en el camino, observándonos. -Tuvo un escalofrío y juntó las manos.

– Toma, siéntate -le ordenó Reid mientras Will le ofrecía su taburete-. ¿Quién os está observando? ¿De qué estás hablando?

– Periodistas. -Gemma frunció el ceño-. Son como buitres. Pero pasará, señora Gilbert. Se lo prometo. No pueden mantener la atención por demasiado tiempo. En realidad me sorprende que se hayan quedado tanto tiempo.

– ¿Y cómo ha escapado al asedio? -preguntó Will.

Sonrió de nuevo al agente.

– Me he puesto una de las gorras de Alastair para completar el disfraz. -Apuntó a las ropas que llevaba y Gemma se dio cuenta de que había cambiado su normalmente elegante atuendo por unos tejanos y una vieja chaqueta de tweed-. Luego me he escabullido por detrás, he pasado a través del jardín de la señora Jonsson, he cruzado hacia el pub y he cogido prestado el coche de Brian. -Su voz tenía una nota de orgullo y añadió-: A decir verdad, ha sido algo inesperadamente liberador.

La ropa hacía parecer más joven a Claire y destacaba lo que Gemma había empezado a reconocer en ella como tenacidad. Asimismo enfatizaba su fragilidad. ¿Seguiría deshaciéndose de sus símbolos de respetable ama de casa de los suburbios como una serpiente muda de piel?

– Pero, ¿por qué están ustedes aquí? -Se volvió hacia Will y Gemma como si se acabara de dar cuenta de su presencia-. No entiendo por qué han de hablar con Malcolm. -Cruzó los brazos como si tuviera frío y su voz denotó miedo al añadir-: ¿Ha ocurrido algo? ¿Qué pa…?

– Preguntas de rutina -dijo Reid sonriendo antes de que Gemma pudiera responder-. Nada de lo que preocuparse. ¿Verdad, sargento?

– Señora Gilbert -dijo Gemma-, ¿puedo hablar con usted?

* * *

Tras sugerir un paseo, Gemma cruzó el puente delante de Claire y tomó el sendero que seguía a lo largo del río Tillingbourne. En las orillas crecían los abedules cuyas desnudas ramas plateadas se levantaban al cielo como buscando los últimos rayos del debilitado sol.

Gemma se preguntó cuál sería la forma idónea para formular sus preguntas. Claire parecía relajada, conformada con dar un paseo en silencio. Sonrió a Gemma, luego se agachó a coger una piedra y se quedó sopesándola en la mano. Sacudió la cabeza, se agachó y buscó otra. El viento abrió su mata de pelo, revelando un cuello pálido y delgado. Al verlo, Gemma sintió un extraño e incómodo sentimiento de protección y apartó la mirada.

Claire encontró otra piedra, se levantó y la hizo saltar con pericia por la superficie del agua. Cuando la última de las ondas hubo desaparecido, dijo:

– Hacía años que no practicaba. Me sorprende que siga siendo capaz de hacerlo. ¿Cree que es como montar en bicicleta? -Luego, como si continuara una conversación previa, dijo-: Doy gracias a Dios por Becca. No sé lo que haría si no fuera por ella. Se encargará de los preparativos del funeral cuando… cuando devuelvan el cuerpo de Alastair.

– ¿Becca?

Gemma vio una oportunidad. Estaba dispuesta a dejar de lado a Malcolm Reid por un rato para poder hurgar en el pasado.

– Supongo que la experiencia no hace que estas cosas sean más sencillas. No sabía lo de su primer esposo cuando hablamos el otro día. Lo siento.

– No debe. No podía haberlo sabido. Y Stephen siempre fue de los que seguían adelante a pesar de los problemas. Traté de recordarlo en aquellos días en que sentía que no merecía la pena levantarse de la cama. -Claire se detuvo y se volvió hacia el río. Tenía las manos metidas en los bolsillos y miraba el agua que corría como metal fundido por encima de las rocas-. Pero parece que hayan pasado siglos desde entonces. Ni siquiera estoy segura de conocer a aquella Claire tan distante.

– ¿Fue entonces cuando conoció al comandante Gilbert, después de morir Stephen?

La sonrisa de Claire no era de regocijo.

– Alastair pensó que necesitaba que me cuidasen.

– ¿Y era verdad?

– Pensaba que sí -respondió Claire que volvió a iniciar la marcha-. Stephen y yo nos casamos muy jóvenes, tan pronto acabamos la universidad. Novios de la infancia. Él era periodista, ¿sabe?, uno genial. -Miró a Gemma y añadió con dureza-: Llevábamos una buena vida. Y después de nacer Lucy fue incluso mejor, pero no era lo que se dice segura. Vivíamos el presente.

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