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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Ya me había tomado el té y lavado -comenzó su relato de un modo trivial-. Estaba deseando pasar la noche con mi amado Shelley -hizo una pausa y le lanzó a Kincaid un guiño horrendo-, el poeta, comprende, comisario. No me gusta la televisión, nunca me ha gustado. Creo firmemente en la obligación de mejorar nuestra mente y es un hecho probado que nuestro intelecto decae en proporción directa al número de horas pasadas ante la pequeña caja tonta. Pero estoy divagando. -Hizo un gesto displicente con sus dedos-. Tengo la costumbre de salir a tomar el aire todas las noches, y ese día no fue una excepción.

Kincaid aprovechó la pausa del hombre para respirar.

– Perdone, señor Bainbridge, pero, ¿se refiere usted al miércoles, la noche de la muerte del señor Alastair Gilbert?

– Por supuesto, comisario -respondió Bainbridge obviamente contrariado-. ¿A qué me podría estar refiriendo? -Tomó un sorbo reconstituyente de su jerez-. Bueno, como les iba diciendo, a pesar de que había niebla y era una noche cerrada, salí como siempre. Había llegado al pub cuando vi una sombra renqueando sendero arriba. -Sus ojos se clavaron en Kincaid y luego en Deveney, como esperando su reacción.

– ¿Qué clase de sombra, señor Bainbridge? -preguntó Kincaid con naturalidad-. ¿Hombre o mujer?

– En realidad no me veo capaz de decírselo, comisario. Lo único que puedo decirle es que parecía que la figura se movía furtivamente, saltando de una sombra a la otra, y me niego a adornar mi relato en aras del dramatismo.

Deveney se sentó en el borde de su asiento, con el bloc de notas abierto.

– ¿Tamaño? ¿Altura?

Bainbridge movió negativamente la cabeza.

– ¿Y qué hay del cabello y la ropa, señor Bainbridge? -probó Kincaid-. Puede que haya visto más de lo que piensa. Haga memoria. ¿Alguna parte de la figura estuvo expuesta a la luz?

Bainbridge pensó un momento, luego dijo con menos seguridad de la que había mostrado hasta el momento:

– Creo que vi una cara borrosa, sólo eso. Todo lo demás estaba oscuro.

– ¿Y en qué parte del sendero estaba exactamente la figura?

– Justo más allá de la casa de los Gilbert, subiendo el camino hacia el Instituto de la Mujer -respondió Bainbridge con más seguridad.

– ¿A qué hora fue eso? -preguntó Deveney.

– Me temo que no lo sé. -Bainbridge hizo un mohín de pesar con sus delgados labios.

– ¿No lo sabe? -dijo Kincaid en un tono de incredulidad.

– Me libré del reloj en cuanto me jubilé, comisario. -Ahogó una risita-. He vivido mi vida como un esclavo del reloj y los timbres… Pensé que ya era hora de que me liberara de tales limitaciones. Hay un reloj en la cocina, pero, a menos que tenga una cita, no le presto demasiada atención.

– ¿Cree que podría calcular aproximadamente la hora, señor Bainbridge? -preguntó Kincaid forzando un tono de paciencia.

– Le puedo decir que no pasó mucho tiempo hasta que llegó el primer coche de policía a casa de los Gilbert. Media hora, quizás. -Bainbridge había colocado el decantador a su alcance y lo cogió por el cuello con sus largos dedos-. ¿Quiere más jerez, comisario? ¿Inspector jefe? ¿No? ¿Les importa que me sirva más? -Se sirvió una cantidad generosa y bebió-. Desde mi jubilación me he convertido en un entendido, si me permiten decirlo. Hasta he puesto botelleros en la despensa -me ayudó el joven Geoffrey- ya que esta casa no tiene sótano, claro.

Kincaid notó el cosquilleo del sudor en sus axilas y entre los omóplatos. El calor de la habitación se había mezclado con el sofoco provocado por el jerez y se había mareado ligeramente. Sintió que le invadía inesperadamente una sensación de claustrofobia.

– Señor Bainbridge -habló, deseando acabar la entrevista lo antes posible-, queremos hacerle unas preguntas sobre los robos que denunció.

– No me diga que también se creen ese asunto de los robos. No, no, no. Se lo digo. Eso son bobadas. -En las mejillas de Percy Bainbridge aparecieron manchas rojas y los nudillos de la mano que apretaba el cuello de la botella se volvieron blancos-. Los oí hablar en el pub ayer por la noche, necios. ¿No creerá de verdad que un extraño apareció en el pueblo y simplemente golpeó al comandante en la cabeza, comisario?

– Estoy de acuerdo en que no es muy probable, señor Bainbridge, pero hemos de seguir…

– Si yo fuera usted investigaría más cerca. Aaah, Claire Gilbert. Esa mujer es como el hielo. Va de mosquita muerta. Le digo -se inclinó hacia ellos y puso su índice junto a su nariz-, que nuestra señora Gilbert no es un angelito. Si yo fuera usted investigaría lo que se trae entre manos con ese socio suyo y le dije lo mismo al comandante Gilbert no hace mucho tiempo.

– ¿Lo hizo? -dijo Kincaid, olvidando su incomodidad-. ¿Y cómo se tomó el comandante su consejo?

Bainbridge se acomodó y se alisó un fleco de pelo de detrás de la oreja.

– Se mostró muy agradecido, de hombre a hombre, ya sabe.

Kincaid se inclinó hacia delante y bajó la voz, como invitándole a hacer confidencias.

– No sabía que se llevara tan bien con Alastair Gilbert. ¿Tenían un buen trato?

– Caramba, sí -dijo Bainbridge radiante-. Pienso que el comandante no fue comprendido por el vulgo, comisario. Era un hombre con una meta, un propósito, un hombre que importaba. Y pienso que reconoció en mí un alma gemela. -Cerró un párpado como si hiciera un guiño y se terminó su jerez de un trago.

– ¿Le pidió el comandante pruebas de sus alegaciones sobre su esposa? -le preguntó Kincaid un poco más cortante.

– No. No fue así en absoluto. -Bainbridge sacudió la cabeza ofendido-. Yo meramente expresé mi preocupación de que su esposa estuviera pasando demasiado tiempo a solas con un hombre así. En fin, yo les pregunto, ¿qué podían estar haciendo todo el día? No es que fuera un trabajo de verdad, comisario. -Su dicción se volvió absurdamente precisa para compensar el efecto de arrastrar las palabras debido al jerez.

– ¿Y qué hacía usted antes de jubilarse, señor Bainbridge? -preguntó Kincaid. Trató de imaginarse al hombre como peón y no pudo.

– Era profesor, un moldeador de la mente y moralidad de los jóvenes. En una de las mejores escuelas. Reconocería el nombre si se lo dijera, pero no quiero darme importancia. -Sonrió tontamente y volvió a alisarse el fleco de pelo.

Kincaid dejó que una nota de severidad se apoderara de su voz.

– Dígame señor Bainbridge, ¿la figura en la sombra podría haber sido Malcolm Reid, el socio de Claire Gilbert? Piense detenidamente.

El color desapareció de las mejillas de Bainbridge, dejándolas aún más demacradas.

– Bueno… Yo… Nunca he querido insinuar… Como ya le he dicho, comisario, la sombra era muy borrosa, muy esquiva y no podría asegurar nada.

Kincaid y Deveney se miraron y el comisario asintió levemente.

– Señor Bainbridge -dijo Deveney-, si quisiera responder a un par de preguntas más. No nos llevará mucho más tiempo. ¿Qué desapareció exactamente de su casa el mes pasado?

Bainbridge miró a uno y luego a otro, como para protestar, luego suspiró.

– Bueno, si quieren sacar a relucir todo eso otra vez. Dos marcos de plata con fotos dedicadas de algunos de mis chicos. Un clip de dinero. Una pluma de oro.

– ¿Había dinero en el clip? -preguntó Kincaid.

– Eso es lo extraño, comisario. El ladrón no se llevó el dinero. Encontré los billetes cuidadosamente doblados justo donde había estado el clip.

– ¿Nada más que fuera valioso? -dijo Deveney obviamente exasperado.

Ofendido, Bainbridge hinchó su delgado pecho.

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