Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Nadie llora al muerto
Nadie llora al muerto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 65
Перейти на страницу:

– Exacto. Nunca he visto a Alastair haciendo campaña por todo el pueblo por una buena causa, o lavando tazas después de una reunión en la parroquia. Trabajo de mujeres. De hecho… -Rebecca hizo una pausa. Un leve rubor apareció en sus mejillas y se quedó mirando sus manos apretadas encima de la mesa-. A decir verdad, no creo que yo le gustara a Alastair, si bien es cierto que él nunca se sinceró. Supongo que ésa era una razón para esforzarme el doble por ser justa… para demostrarme a mí misma que estaba por encima de insignificantes represalias.

– Seguro que es un pecado de vanidad perdonable -dijo Kincaid.

Ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron.

– Quizás. Pero he demostrado tener poco tacto al hablar de él con tanta libertad. Es algo terrible y no quiero que piense que lo tomo a la ligera.

– Desafortunadamente, morir de manera brutal no le da derecho a uno a ser automáticamente canonizado, por mucho que lo deseemos -propuso con sequedad Kincaid.

– Señorita Fielding… eh, vicaria -dijo Deveney-, sobre los robos… En la denuncia dijo que no había señales de que hubieran entrado a la fuerza. ¿Podría decirnos exactamente lo que pasó?

Rebecca cerró los ojos durante un instante, como evocando los detalles.

– Era una maravillosa noche cálida y había estado trabajando en el jardín de delante. Cuando entré en la casa me di cuenta de que la puerta de atrás estaba abierta de par en par, pero no pensé que fuera extraño… Nunca cierro con llave y esa puerta tiene un pestillo algo duro. No me di cuenta hasta más tarde, cuando me estaba vistiendo para cenar, de que me faltaban los pendientes de perlas.

– ¿Y está segura de que no los puso en otro lugar? -preguntó Kincaid.

– Totalmente. Soy una persona de costumbres, comisario, y siempre los pongo en el joyero cuando me los saco. Y hacía dos días que los había llevado.

– ¿Faltaba algo más? -Deveney tenía en sus manos su bloc de notas y su pluma.

Rebecca frunció el ceño y se frotó la punta de la nariz.

– Sólo algunos recuerdos de la niñez. Una pulsera de colgantes de plata y algunas medallas de la escuela. Fue un poco raro, la verdad.

Kincaid se inclinó hacia ella.

– ¿Y no vio a nadie extraño por los alrededores?

– No vi a nadie, comisario, ya sea extraño o conocido. Lo siento, me temo que no les he sido de ninguna ayuda. -Parecía genuinamente afligida y Kincaid se apresuró a tranquilizarla cuando se levantó.

– En absoluto. Y además he tenido la oportunidad de ver la iglesia. Una joya, ¿no?

– Fue construida por G. E. Street, el hombre que diseñó los tribunales de justicia de Londres -dijo Rebecca mientras los conducía por el pasillo-. Es un precioso ejemplo de arquitectura religiosa victoriana, pero una triste historia. Parece ser que se trataba de un regalo para su esposa, pero ella falleció al poco de terminarla. -Habían llegado al pórtico y cuando salieron al exterior se detuvieron y miraron hacia arriba, a la piedra de color miel que se erguía ante ellos. Lentamente, dijo-: Me sentí muy afortunada cuando vine aquí y sentiría mucho que algo perturbara la paz de este pueblo. Me temo que uno se adueña rápido del lugar -añadió con una sonrisa.

Kincaid, mirando colina abajo, hacia la vicaría, dijo:

– Interpreto que usted es la jardinera ¿no?

– Pues sí. -La sonrisa de Rebecca era radiante-. Es mi tentación y mi salvación. Ese lugar era una selva cuando llegué aquí hace dos años y cada minuto libre que tengo lo paso allí.

– Se nota. -Contagiado por el entusiasmo de la vicaria, Kincaid no pudo evitar sonreír.

– El mérito no es sólo mío -se apresuró a explicar-. Geoff Genovase me ayuda los fines de semana. Nunca hubiera podido hacer el trabajo duro sin él.

Kincaid le dio las gracias de nuevo y se dio la vuelta, pero tras dar unos pasos por el sendero ella lo llamó.

– Señor Kincaid, la dinámica que hace que un pueblo funcione es realmente frágil. Tendrá cuidado, ¿verdad?

* * *

– Eso explica por qué no se ha enterado de los chismorreos -dijo Kincaid mientras descendían por el sendero. Mientras estaban dentro de la iglesia el sol había descendido en su veloz progreso hacia el anochecer y la debilitada luz había pasado del oro a un suave gris verdoso. Las sombras del suelo eran alargadas.

– ¿El qué? -Deveney levantó la mirada de su bloc de notas que había estado escrutando mientras caminaban.

– El funeral de la tía. -Kincaid metió las manos en los bolsillos y dio una patada a una piedra.

– ¿Y qué importa? -preguntó Deveney con la voz algo crispada-. ¿Siempre se va por la tangente en los interrogatorios? ¡Hay que ver qué rodeos!

– No sé si importa o no aún. Y no, no siempre me pongo a charlar así, pero a veces es la única manera de llegar al fondo de las cosas. -Se detuvo cuando llegaron al final del sendero y se volvió hacia Deveney-. No creo que este caso vaya a ser sencillo, Nick, y quiero saber lo que esta gente pensaba de Alastair Gilbert, cómo encajaba el hombre en el tejido de la comunidad.

– Bien, no hay duda de que no estamos avanzando en la teoría del vagabundo -dijo Deveney con indignación-. Nos queda un nombre, un tal Percy Bainbridge, de Rose Cottage. En diagonal al pub, así que podemos dejar el coche. -Cuando cruzaron la carretera y caminaron por el borde del prado, añadió-: Ésta es la denuncia más reciente, por cierto. La hizo el mes pasado.

Rose Cottage pudo haber sido encantador en el pasado, tal como su nombre indicaba, pero las cañas que trazaban un arco por encima de la puerta principal estaban peladas y secas. Tan sólo unos pocos crisantemos medio muertos adornaban el camino. Deveney tocó el timbre y al poco rato se abrió la puerta.

– ¿Sí? -preguntó el señor Percy Bainbridge, frunciendo nariz y boca como si estuviera oliendo algo desagradable. Mientras Deveney hacía las presentaciones y explicaba su misión, los labios del hombre se fueron relajando hasta quedar en ellos una sonrisa tonta. Bainbridge dijo con afectación-: Ah, pasen, entren. Sabía que querrían hablar conmigo.

Lo siguieron por un pasillo oscuro y estrecho hasta un salón con exceso tanto de calefacción como de decoración. También olía levemente a enfermedad, pensó Kincaid.

Bainbridge era alto, delgado y cargado de espaldas, con el pecho tan cóncavo que parecía haber sido vaciado con una cuchara de helado. La tirante piel, amarilla como un pergamino, se le pegaba a los huesos de la cara y el cráneo, pelado. Una calavera casposa, pensó Kincaid, porque lo que quedaba del pelo de este hombre estaba generosamente espolvoreado por los hombros de su vieja chaqueta negra.

– ¿Tomarán un poco de jerez? -les dijo su anfitrión-. Siempre lo hago a esta hora. Mantiene a raya la noche, ¿no creen? -Mientras hablaba sirvió el jerez de un decantador en tres copas de cristal tallado algo polvorientas, de modo que apenas pudieron negarse a tomar las bebidas ofrecidas.

Kincaid le dio las gracias y tomó un sorbo de prueba, luego suspiró con alivio al saborear el fino amontillado. Al menos no se vería obligado a verter el contenido de su copa en una oportuna aspidistra.

– Señor Bainbridge, nos gustaría hacerle unas cuantas…

– Debo decir que se han tomado su tiempo. Ayer le dije a su agente que enviaran a alguien a cargo. Pero siéntense. -Bainbridge les indicó un antiguo sofá tapizado en brocado. Él eligió el sillón-. Comprendo que están a merced de la burocracia.

Perdido, Kincaid miró a Deveney quien simplemente le devolvió una mirada en blanco y un leve movimiento de cabeza. Kincaid se sentó con cuidado encima de la escurridiza tela, tomándose un momento para ajustarse la raya de los pantalones y encontrar un sitio en la abarrotada mesita auxiliar para su copa de jerez.

– Señor Bainbridge -dijo con cautela-, ¿por qué no empieza por decirnos exactamente lo que le explicó al agente?

Bainbridge se acomodó en el sillón y sonrió con gratitud de modo que su piel ya demasiado estirada pareció que iba a fundirse como la cera cerca de una llama. Dio un sorbo a su jerez, carraspeó y luego se sacudió una mota de la manga. Estaba claro, pensó Kincaid, que Percy Bainbridge tenía intención de sacar el máximo provecho de este momento en el centro de atención.

1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 65
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)