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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Espera, Gemma. Deja que lo haga yo -dijo Jackie olvidando la tentación de adquirir un segundo panecillo-. Hay algo que tienes que entender sobre Talley. Puede que sea el mayor chismoso del mundo, pero él no se considera un cotilla. Nunca se prestaría a manchar el buen nombre de nadie de nuestra comisaría ante alguien de fuera… y ahora tú estás afuera.

– ¡Ay! Eso duele. -Gemma hizo una mueca.

– Lo siento -dijo Jackie con una sonrisa-. Pero ya sabes a qué me refiero. -Y era verdad, pensó. Ahora pudo ver en Gemma lo que no había sido capaz de ver el día anterior: la concentración, el empuje que hacían que tuviera madera de sargento. No era que hubiera cambiado, porque esas cualidades siempre estuvieron ahí. Era más bien que había encontrado el tipo de trabajo que aprovechaba esas cualidades y al hacerlo se había alejado de Jackie y la vida que habían compartido.

– ¿No te importa hablar con él de esto? -Se puso el bloc bajo el brazo y recuperó su croissant y lo mordisqueó.

– Intentaré llevármelo a la cantina a tomar un té cuando acabe mi turno y le haré rememorar viejos tiempos. Y no me importa -añadió Jackie despacio-. Has despertado mi curiosidad. Espero que esto de ser detective no se contagie.

* * *

– Tiene antecedentes. -Nick Deveney miró a Kincaid y Gemma cuando entraron en la unidad de investigación policial de la comisaría de Guildford. Él y Will Darling estaban inclinados sobre un listado impreso y la sonrisa entusiasta que ofreció a Gemma fue su único saludo-. No he podido contactar con su amiga Madeleine Wade hasta esta mañana y ha resultado que también había trabajado para ella. Hizo algunos trabajos pesados en la tienda y pintó el apartamento.

Gemma se preguntó qué había insinuado con «su amiga» y miró a Kincaid, pero él tan sólo parecía divertido.

– ¿Quién tiene antecedentes? -preguntó Gemma-. ¿De qué está hablando?

– Geoff Genovase -dijo Will-. Estuvo en prisión hace cinco años por robo. Llevaba una tienda de artículos de alta fidelidad en Wimbledon y parece ser que él y un colega de la tienda decidieron agenciarse parte de la mercancía que había en el almacén. Desafortunadamente no le tenían cogido el truco al tema de las alarmas, de modo que Genovase cumplió condena en uno de los mejores hoteles de su Majestad la Reina.

Gemma se sentó en una de las sillas que tenía más cerca.

– No me lo puedo creer.

– Estuvo haciendo trabajos para todos los que denunciaron los robos -dijo Deveney-. Estas coincidencias no se autofabrican. Y si robó a los otros, ¿por qué no a los Gilbert? Sólo que esta vez algo salió mal.

Gemma pensó en el dulce joven que le había dado queso y pepinillos para cenar, tan pendiente de ella, cuya cara se había iluminado de entusiasmo cuando ella le preguntó por el juego de ordenador.

– ¿Por qué no me lo dijiste? -Levantó la voz cuando se volvió hacia Kincaid.

La cara de éste mostró sorpresa cuando levantó la mirada de la lista que había tomado de Deveney.

– Simplemente era una corazonada. No tenía ni idea de que fuéramos a obtener resultados.

– He pedido una orden de registro -dijo Deveney-. Espero que no tengamos que registrar todo el maldito pub.

Kincaid devolvió la lista a Will y se quedó con la mirada perdida y los ojos levemente extraviados. Al cabo de un momento regresó del limbo y dijo con decisión:

– Escuche, Nick, no estoy dispuesto a abandonar todas las otras líneas de investigación para concentrar todos nuestros esfuerzos en ésta. Sigo pensando que hemos de continuar con Reid y la órbita londinense. -Se volvió hacia Gemma-. ¿Por qué no vas con Will a la tienda de Reid en Shere y habláis con él mientras Nick y yo nos ocupamos del registro?

Su enfado crecía a velocidad alarmante y provocó que su garganta se cerrara y su corazón latiera con rapidez. Pero se reprimió y pudo responder sin alterarse:

– ¿Puedo hablar contigo, jefe? -Kincaid arqueó una ceja pero la siguió hasta el pasillo vacío y cuando la puerta se cerró por completo ella le dijo entre dientes-: ¿He de asumir que tienes alguna buena razón para hacer esto?

– ¿Qué? -dijo Kincaid sin comprender.

– Enviarme a hacer recados estúpidos mientras tú y Nick Deveney hacéis el trabajo importante. ¿Crees que no soy capaz de ser objetiva? ¿Es eso?

– Por favor, Gemma -dijo dando un paso atrás-. He tratado de solucionar las cosas entre nosotros, pero estos días estás siendo muy difícil de tratar. ¿Qué diablos he de hacer contigo? ¿Pedirte permiso antes de decidir cómo dirigir esta investigación?

»De hecho tengo dos razones, si las quieres saber. -Las indicó con la punta de sus dedos-. Una, no has conocido a Malcolm Reid y quería saber qué sensación te producía, quería saber si había algo de cierto en la acusación de Percy Bainbridge acerca de que pueda estar liado con Claire. Dos, tú has establecido un contacto positivo con Geoff Genovase y me gustaría dejarlo así. Sabes tan bien como yo lo útil que eso puede ser en un interrogatorio. Entrar en su casa con una orden de registro no va a reforzar su confianza en ti. -Respiró-. ¿Es suficiente o necesitas más?

Su enfado desapareció tan rápido como había aparecido. Se apoyó contra la fría pared y cerró los ojos. Se sentía abatida y debilitada.

El eco de las palabras de Kincaid la transportó de nuevo a su niñez, a la pequeña habitación de encima de la panadería. Había tenido una de sus frecuentes y furiosas peleas con su hermana. Su madre había venido y se había sentado junto ella en la cama, donde se había echado y había hundido la cara llena de lágrimas en la almohada. «¿Qué voy a hacer contigo, Gemma?», le había dicho su madre, exasperada, aunque mientras hablaba le acariciaba el pelo suavemente. «Si no puedes controlar este temperamento de pelirroja, cariño, lo mejor que puedes hacer es aprender a disculparte con dignidad. Y si te queda un poquitín del sentido común que Dios te ha dado, harás las dos cosas.» Había sido un buen consejo -dado desde la propia experiencia, según supo Gemma cuando creció- y trató de tomárselo a pecho.

Abrió los ojos al notar un soplo de aire en su cara. Kincaid se había dado la vuelta, tenía la mano en el pomo de la puerta y cara de pocos amigos. Gemma alargó el brazo para tocar el de él.

– Tienes razón, por supuesto. Creo que mi reacción ha sido exagerada. Mira… Sé que últimamente me he portado de forma estúpida. -Apartó la mirada y se mordió el labio-. Duncan… lo siento.

* * *

Era alto y moreno, y su pelo rubio cortado casi al cero se amoldaba a su bien formada cabeza. Malcolm Reid era una visión capaz de acelerar el corazón de cualquier mujer. Era el complemento perfecto de la belleza rubia y delicada de Claire Gilbert y Gemma comprendió que las malas lenguas se hiciesen oír.

Los saludó amablemente y les ofreció café de una cafetera alemana de líneas elegantes enchufada a la parte posterior de una de las encimeras de la exposición.

– Pensaba que todo era de muestra. -Gemma apuntó a la cocina mientras aceptaba una taza.

– Lo menos que puedo hacer es usar las instalaciones. -Reid sonrió mientras traía unos taburetes de hierro forjado para Will y Gemma-. En realidad esta cocina es totalmente funcional. Mi esposa la utiliza para clases y demostraciones de cocina, pero justo ahora no tiene nada. «Cocina saludable del Mediterráneo» acabó la semana pasada y este próximo martes empieza «Clásicos italianos».

Los nombres de los cursos evocaban ingredientes exóticos, climas cálidos cargados de olores a ajo, y Gemma sintió cierta nostalgia. A pesar de que sus padres producían unos productos de panadería excelentes, su negocio a menudo les dejaba poco tiempo para otra cosa que no fuera la cocina inglesa más convencional y Gemma nunca tuvo muchas oportunidades de aventurarse a probar otras comidas.

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