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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Para mí eran objetos valiosos, inspector jefe. Recuerdos atesorados, recuerdos de años dedicados a mis responsabilidades… -Alargó el brazo hacia el decantador y llenó su copa, esta vez sin molestarse en ofrecerles un poco. Kincaid juzgó que el señor Percy Bainbridge había llegado a la fase sensiblera y que ya no ofrecería más información útil.

– Gracias, señor Bainbridge. Ha sido de gran ayuda -dijo. Deveney se levantó tan rápido que golpeó la mesita de té con sus rodillas.

Se despidieron apresuradamente y cuando llegaron al final del camino del chalet, Deveney se secó las gotitas de sudor de la frente.

– ¡Qué hombrecillo tan espantoso!

– Sin duda -dijo Kincaid cuando se dirigían al coche-. ¿Pero cuán fiable es como testigo? ¿Por qué no nos informó su agente de esta historia de la «figura en las sombras»? ¿Y puede haber algo en lo que ha explicado sobre Claire Gilbert y Malcolm Reid?

– La proximidad ha forjado alianzas aún más extrañas, diría yo.

– Supongo -dijo Kincaid contento de que el crepúsculo escondiera el rubor que le subía por el cuello.

Caminaron hacia el coche en silencio y cuando se encerraron en el interior todavía cálido, Deveney se estiró y dijo:

– Ahora qué, jefe. Después de esto, me gustaría tomar una copa de verdad.

Por un momento, Kincaid miró cómo caía la noche, luego dijo:

– Creo que debería llamar a Madeleine Wade y preguntarle si Geoff Genovase ha hecho pequeños trabajos para ella. Estoy empezando a tener una idea clara sobre quién puede ser nuestro duende.

»Y tantea en el pueblo sobre lo que se opina del señor Percy Bainbridge. El pub debería ser el sitio adecuado. Me gustaría saber si tiene reputación de alcohólico y si de verdad era tan colega de Alastair Gilbert. De algún modo me es imposible imaginar esta coalición. En cuanto a Malcolm Reid y su relación con Claire Gilbert, quizás tengamos más éxito si mañana hablamos otra vez con él en la tienda, en lugar de en su casa.

– Bien. -Deveney miró su reloj-. Pienso que los clientes asiduos del Moon deben estar llegando. ¿Vendrá conmigo?

– ¿Yo? -Kincaid respondió como ausente-. No, hoy no, Nick. Me voy a Londres.

* * *

«Todo en orden» decía la nota que el comandante Keith había dejado en la mesa de la cocina. «Seguiré la misma rutina a menos que se me notifique lo contrario». Kincaid sonrió y cogió a Sid, que estaba frotándose frenéticamente contra sus tobillos y ronroneando a un volumen que amenazaba con arrancar las fotos de las paredes.

– Veo que te han cuidado bien -dijo, rascando al gato por debajo de su barbilla puntiaguda.

En los meses que habían pasado desde que su amiga y vecina Jasmine había muerto y él se había hecho cargo de su gato, Kincaid y su solitario vecino, el comandante Keith, habían formado una asociación improbable, pero práctica. Práctica para Kincaid, porque le permitía estar fuera sin tener que preocuparse de Sid. Práctica para el comandante, porque le proporcionaba una excusa para estar en contacto con otro ser humano de una forma que él no hubiera buscado. Kincaid además especulaba que esto también le permitía al comandante Keith mantener una relación secreta y no reconocida con el gato, un recuerdo tangible de Jasmine.

Dejó a Sid en el suelo dándole una última palmadita, apagó la luz y se fue al balcón. Bajo la tenue luz pudo ver las hojas rojas del ciruelo del comandante colgando mustias como banderas en un día sin viento. También vio los últimos crisantemos amarillos de la temporada en los arriates. De repente se sintió privado de algo. Su dolor era reciente y crudo, como lo había sido en las primeras semanas tras la muerte de Jasmine, pero sabía que pasaría. Ahora una nueva familia ocupaba el piso de debajo del suyo, con dos niños pequeños que sólo podían utilizar el jardín bajo la estricta supervisión del comandante.

Aunque le entró frío en los huesos se quedó un ratito más, indeciso. Había llamado a Gemma desde la estación de Guildford, luego otra vez desde Waterloo, y había oído las repetidas señales hasta que finalmente había abandonado la esperanza de obtener respuesta. No había admitido lo mucho que deseaba hablar con ella, quizás incluso verla, lo mucho que había esperado que en el transcurso de repasar las notas del día pudiera de alguna manera empezar a corregir lo que fuera que había ido mal entre ellos.

8

De lejos le llegaba un zumbido cuya insistente repetición la estaba sacando a la fuerza de las esponjosas profundidades del sueño. Notó su brazo pesado, lento como la melaza, al despegarlo del edredón y tantear en busca del teléfono.

– Hola -farfulló y luego se dio cuenta de que tenía el auricular al revés.

Cuando se lo hubo puesto bien oyó a Kincaid decirle alegremente:

– Gemma, ¿no te habré despertado? Traté de llamarte ayer por la noche, pero no estabas.

Gemma se fijó en el reloj y refunfuñó. Se había dormido y no recordaba haber apagado el despertador. Intentaba recordar de un modo borroso si lo había puesto o no cuando se dio cuenta de que Kincaid le estaba hablando.

– Reúnete conmigo en Notting Hill.

– ¿Notting Hill? ¿A santo de qué? -Sacudió la cabeza para despejarse.

– Quiero echar un vistazo a unos informes. ¿Cuánto tardarás?

Haciendo un esfuerzo por recobrar la compostura, Gemma dijo:

– Una hora. -Un rápido cálculo mental le confirmó que tendría tiempo de ducharse, dejar a Toby con Hazel y coger el metro hasta Notting Hill-. Dame una hora.

– Te veré en la comisaría. Hasta luego. -La línea chasqueó y se cortó.

Colgó despacio, reconstruyendo la borrachera de vino en casa de Hazel y la primera parte de la noche pasada en el sillón durmiendo con Toby en su regazo. Ésa era la primera noche que dormía en su cama en una semana. No era extraño que estuviera tan agotada.

De repente le volvió a la memoria, confundida por el sueño, que Duncan ya no era el amigo y compañero digno de confianza y con quien se sentía a gusto, sino que era un territorio desconocido por el que habría de navegar con mucho cuidado.

* * *

Era como si nunca se hubiera ido, pensó Gemma cuando entró en la comisaría de Notting Hill. Las sillas de cable de acero azul de la recepción eran las mismas, así como el linóleo moteado en blanco y negro del suelo. Siempre le había gustado este lugar y había perdonado las extrañas particiones interiores por la simétrica gracia de su exterior. Como era un edificio protegido, no se permitían cambios en el exterior y muy pocos en el interior, de modo que se lo montaban lo mejor que podían.

Mientras esperaba su turno en la recepción, se imaginó el ritmo de cuatrocientos agentes moviéndose por las cuatro plantas, los chismorreos, el aburrimiento, los repentinos espasmos de frenética actividad, y sintió una aguda nostalgia de su vida anterior. Entonces todo parecía menos complicado.

– El comisario ha dejado dicho que vaya al departamento de investigación criminal tan pronto como llegue -le dijo la simpática, pero desconocida chica de detrás del mostrador-. Está en la sala de interrogatorios B. Primera planta. -Gemma le dio las gracias con diplomática compostura, teniendo en cuenta que habría podido encontrar el departamento con los ojos cerrados.

Kincaid levantó la mirada y sonrió cuando ella abrió la puerta.

– Te he traído café, y del bueno, de la oficina de la secretaria del departamento. -Indicó un tazón todavía humeante que había encima de una mesa, al lado de un montón de carpetas de expedientes. Su cabello color castaño, que cuando empezaba el día siempre estaba perfectamente peinado, ahora estaba de punta, debido sin duda al hábito de pasarse la mano por la cabeza cuando leía o se concentraba.

Cuando Gemma apartó una silla y se sentó enfrente de él, Kincaid dio unos golpecitos sobre la carpeta abierta que tenía delante.

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