Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Eso suena desagradablemente a amenaza, Nate.
Él levantó ambas cejas.
– En absoluto. Pero, naturalmente, sin más evidencias de las que tengo de que aquí se cometió un crimen, no tengo autoridad legal para obligarte a cedernos una habitación o una cabaña, o cualquier otro local adecuado para llevar a cabo los interrogatorios aquí mismo, en El Refugio.
– No, desde luego. Y, después de diez años, dudo que un juez vaya a concederte el derecho a hacerlo.
Nate mantuvo un tono amable.
– Pero dudo que cualquier juez del condado me prohíba investigar este crimen, sobre todo teniendo en cuenta que la víctima es un niño. Así que una de dos, Stephanie. O me llevo a tus empleados a la jefatura en coches patrulla para entrevistarlos el tiempo que haga falta y los vuelvo a traer, o nos reservas una sala para que hagamos lo que tenemos que hacer con toda discreción aquí, en las instalaciones de El Refugio.
A Stephanie no le agradaba ninguna de las dos alternativas, pero sabía que no le quedaba más remedio que aceptar una.
Quitándose por un momento la máscara de gerente del hotel, dijo:
– ¿De veras crees que ese chico fue asesinado aquí?
Nate vaciló. Luego dijo:
– La cosa es aún peor. Otra niña fue asesinada aquí hace veinticinco años, y podría haber más.
– ¿Qué? Santo cielo.
– Supongo que no te lo dijeron cuando te contrataron. -No era una pregunta.
– La verdad es que no hablamos de la historia del hotel. De esa historia, por lo menos. ¿Hace veinticinco años? ¿Y crees que está relacionado con esto? ¿Dos asesinatos ocurridos con quince años de diferencia?
Nate suspiró.
– Admito que es mucho suponer. Pero no sería la primera vez que se oyera hablar de un asesino en serie que actúa en intervalos tan largos.
Aún más sobresaltada y desanimada que antes, ella repitió:
– Santo cielo. ¿Un asesino en serie?
– Es sólo una posibilidad. Pero sin duda verás la necesidad de investigarlo.
– Yo lo único que veo es un hotel en primera plana de los periódicos y vacío de huéspedes -repuso ella. Luego hizo una mueca-. Perdona. Sé que suena insensible, sobre todo habiendo muerto niños. Pero… si ese chico murió hace diez años y no ha vuelto a pasar nada parecido desde entonces…
Nate odiaba hacerle aquello, pero la interrumpió para decir:
– En los últimos veinticinco años, hemos tenido aquí, en El Refugio o en los alrededores, tres niños muertos por enfermedad, uno fugado, dos muertos presuntamente por accidente, dos asesinatos de los que no cabe duda (contando el hallazgo de hoy) y dos desapariciones de niños sin resolver. También tenemos al menos dos adultos que desaparecieron sin dejar rastro mientras se alojaban aquí.
Pasó un minuto antes de que Stephanie pudiera decir:
– ¿Cuántas de esas cosas sucedieron después de la muerte de ese niño?
Nate repasó los hechos de cabeza (los hechos de los que le había informado Quentin) y dijo lentamente:
– Un chico desapareció hace nueve años; dos de los que murieron por enfermedad, murieron hace seis y ocho años; y de la fuga hace siete años. Así que, desde que Jeremy Grant desapareció, tenemos cuatro niños muertos o desaparecidos.
– Has dicho que algunos murieron por enfermedad. ¿No podemos descartarlos? Quiero decir que… Ya sabes lo que quiero decir.
– Sí, lo sé. Y no, no podemos descartarlos. Según me han informado, en los tres casos el médico que les atendió atribuyó la muerte a una especie de fiebre, razón por la cual la policía no intervino en su momento.
– ¿Y eso no cae dentro de la definición de muerte natural?
– No necesariamente. También me han dicho que ciertos venenos pueden actuar de ese modo. -Confiaba en que ella no le preguntara quién le había dicho todo aquello.
Stephanie apoyó los codos en el cartapacio de la mesa, se frotó la cara con ambas manos y masculló:
– Mierda.
Nate sintió algo más que una punzada de simpatía por ella, a lo cual contribuyó el hecho de que fuera una mujer muy atractiva. Siempre había sentido debilidad por las rubias de ojos castaños, sobre todo si tenían formas marcadamente femeninas y no eran, empujadas a menudo por la moda, absurdamente flacas. Además, Stephanie no llevaba alianza, ni anillo de compromiso. En cuanto se le ocurrieron aquellas ideas, Nate se recordó que su primer matrimonio había acabado mal y que le gustaba vivir solo y sin ataduras.
Sí, le gustaba.
Estaba casi seguro de ello.
Pero, cuando ella se destapó la cara, no pudo evitar fijarse en que sus ojos marrones tenían al mismo tiempo una expresión inteligente y socarrona, incluso en ese momento.
– Entonces, Nate, ¿crees en serio que podría haber una asesino en serie de niños que ha estado actuando aquí, en El Refugio, o por lo menos en esta zona, estos últimos veinticinco años?
Él volvió a concentrarse en su trabajo, titubeó y dijo:
– Creo que es posible. Y para complicarte la vida aún más, tienes un cliente que también lo cree, y que tiene experiencia en estas cosas.
Ella arrugó el entrecejo.
– ¿El agente del FBI?
– ¿Sabías que se alojaba aquí?
– Bueno, sí. Lleva un arma y, cuando se registró, tuvo a bien informarnos de ello y darnos el número de su placa para que pudiéramos comprobar su identidad.
– ¿Y lo hicisteis?
– Es el procedimiento habitual. Si alguien entra aquí llevando un arma, me aseguro de que tenga los papeles en regla. Así que, sí, llamé personalmente para verificar la identidad del agente Hayes. -Frunció de nuevo el ceño-. ¿Por eso ha venido? ¿Esperaba encontrar restos óseos en uno de nuestros jardines? Porque me dijeron que estaba de vacaciones, nada más.
– Considéralo unas vacaciones muy bien empleadas. -Nate suspiró-. Quentin era un niño cuando se alojó aquí hace veinticinco años, cuando asesinaron a la primera niña. Nunca lo olvidó. Y nunca ha podido aceptar que el caso quedara sin resolver. En los últimos diez o doce años, ha vuelto a Leisure regularmente en busca de cualquier información que pudiera encontrar sobre ese crimen o sobre las otras muertes y desapariciones que quizás estén relacionadas con El Refugio.
Encogiéndose de hombros, añadió:
– Así que el experto en todo esto es él. Se sabe de memoria todos los datos y los pormenores del caso.
– Parece un hombre obsesionado.
– Podrías considerarlo así. Yo lo he hecho.
Stephanie asintió ligeramente con la cabeza.
– ¿Va a ayudarte a investigar la muerte de ese niño? ¿Todas las muertes y las desapariciones?
– Oficiosamente. Aunque va a pedir ayuda al FBI para ayudarnos con los análisis de ADN y esas cosas. El Departamento de Policía de Leisure no está equipado para ocuparse de las pruebas forenses que se precisan para investigar crímenes tan antiguos.
– Ya veo. Bueno, ahora entiendo por qué antes decías que había que llevar esta investigación con el mayor secreto posible. No hace falta que te diga que estoy de acuerdo. Así que prepararé una sala para los interrogatorios y daré tiempo libre a los empleados que ya trabajaban aquí durante el periodo de tiempo que estáis investigando. Supongo que me darás una lista con los datos relevantes.
– Naturalmente -respondió Nate, pensando en el trabajo que le esperaba esa noche.
– Lo único que te pido a cambio -prosiguió Stephanie-, es que actúes con la mayor discreción posible y que no molestes a mis huéspedes más de lo absolutamente necesario.
– De acuerdo.
– Supongo que piensas empezar a primera hora de la mañana.
Nate asintió con la cabeza.
– Jeremy Grant ha pasado diez años en el jardín, así que una noche más no va a cambiar nada. Los restos van de camino al instituto forense del estado. Así que, sí, empezaremos con las entrevistas mañana a primera hora. De paisano, nada de uniformes. Haremos todo lo posible por no interferir más de lo necesario en la rutina del hotel.