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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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– Tienes que levantarte.

– ¿Qué hora es? -preguntó Lola, pero enseguida recordó que no tenían forma de saberlo.

– Has dormido unas cuantas horas.

Lola se incorporó e inmediatamente se dio cuenta del violento cabeceo del yate.

– Nos ha pillado una tormenta -le dijo Max-. Tienes que ponerte un salvavidas.

– ¿Es fuerte?

– Si no lo fuera, no te habría despertado.

– ¿Dónde está Baby?

Max se inclinó hacia delante y depositó a Baby encima de la cama. El perrito saltó a los brazos de Lola y, en ese momento, una ola golpeó la portilla y el barco se escoró súbitamente hacia un lado. Lola miró por las pequeñas ventanas redondas, pero no vio nada. El pánico le subió por la columna hasta la cabeza.

– ¿Vamos a hundirnos?

Él no contestó, y apartó bruscamente las sábanas.

– ¿Max?

En el otro extremo del camarote, Max encendió la luz. Tenía el pelo mojado y aplastado contra las sienes y llevaba un impermeable amarillo.

– ¿Quieres la verdad?

En realidad no, pero Lola pensó que era mejor saber la verdad que quedarse especulando.

– Sí.

– Las olas tienen una altura de entre dos y tres metros, y sopla un viento de unos quince nudos. Si tuviera forma de gobernar el barco no sería grave, pero el yate va a la deriva como un corcho.

Como para confirmar esas palabras, una ola estalló contra la cubierta de babor. El Dora Mae se ladeó hacia estribor y las luces parpadearon. Max, se agarró a la puerta, y Lola y Baby rodaron hasta el borde de la cama.

– Si el agua entra en la sala de máquinas, nos quedaremos sin luz -añadió Max a la lista de malas noticias.

Cuando el yate volvió a equilibrarse, Lola se puso de pie.

– ¿Qué vamos a hacer?

– Lo único que podemos hacer es aguantar. -Max se acercó a Lola y le tendió un chaleco salvavidas-. Ponte esto.

Lola pasó un brazo y luego otro por el chaleco rojo y amarillo.

– ¿Y tu?

Max se abrió el impermeable y le enseñó su cinturón salvavidas de color verde botella. Lola le dio a Baby para que lo sostuviera mientras ella se abrochaba el chaleco por encima del abdomen. Le venía demasiado estrecho a la altura del pecho, así que la dejó abierto.

– ¿ Y Baby? Necesita un chaleco salvavidas.

– No hay ninguno del tamaño de esta pequeña rata -replicó Max, y salió del camarote.

Ella salió tras él y observó que por la nuca le resbalaban gotas de agua que se descolgaban de las puntas del pelo.

– ¿Lo has asegurado todo?

Excepto unas almohadas del sofá que se encontraban al lado de las revistas que Lola había estado leyendo el día anterior, todo en el interior del yate estaba perfectamente asegurado con listones.

– Sí.

El Dora Mae se inclinó hacia la izquierda, y Lola sintió que su estómago se inclinaba hacia la derecha.

– Puede ahogarse. -Lola agarró a Max por la parte posterior del impermeable-. Max, tenemos que hacer algo.

Max sintió el tirón en la espalda y miró por encima del hombro a los ojos marrones y asustados de Lola. Ella esperaba que él hiciera alguna cosa para salvar a su perro. Lo veía en esa bonita cara. También esperaba que la salvara a ella. De repente, sintió toda esa responsabilidad como un lazo alrededor del cuello. Él no era el salvador de nadie. El trabajo que realizaba para el Gobierno nunca era una cuestión personal. Aparte de los datos que constaban en los informes, él nunca sabía nada de las otras partes involucradas. Nunca conocía a aquellos a quienes ayudaba, o a quien ayudaba a eliminar. No quería conocerlos.

Lola se agarró a su brazo en un momento en que el barco se ladeó a estribor. Empezaba a ponerse pálida. Max conocía esa sensación. Una hora antes casi arroja su cena por la borda.

– Siéntate en el sofá antes de que te caigas.

En lugar de hacerle caso, Lola recorrió la distancia que la separaba del baño la más deprisa que pudo. El sonido de la lluvia y la furia del océano ahogaron los sonidos que salían del baño. Pero Max no tenía que oírlos para saber que Lola estaba mareada. Durante una tormenta todo el mundo se mareaba.

Sujetando a Baby con un brazo, Max se dirigió a la cocina donde había reunido el kit de supervivencia, la boya salvavidas y la lancha hinchable plegada. Dado que la fecha de la última inspección era 1989, no tenía, muchas esperanzas de poder inflarla. El kit de supervivencia, al igual que el resto del equipo de emergencia del barco, era una mierda. Había dos pequeñas cajas con aparejos de pesca y dos linternas impermeables con pilas agotadas.

Max dejó al perro en el banco de la cocina, tiró el impermeable encima de la mesa y sacó el cuchillo de pescado que llevaba en la caña de la bota. Con él cortó dos trozos de espuma de poliestireno de diez centímetros cada uno de la boya salvavidas, y luego hurgó en la bolsa de lona que había llenado con las provisiones que necesitarían en caso de que tuvieran que abandonar el Dora Mae. Al final encontró el rollo de cinta adhesiva plateada que había usado antes para sellar la puerta y evitar que entrara el agua. De repente la proa se elevó y Max agarró el perro de Lola. Levantó la vista hacia las ventanas de la cocina y el salón, pero no pudo ver el caos exterior. Lo que sí vio fue su propio reflejo con el perro de Lola en los brazos, como si éste tuviese la respuesta a todos sus problemas. Por desgracia, él no las tenía. Durante su carrera en la Marina se había encontrado otras veces en mares embravecidos y tormentas tropicales, pero siempre a bordo de un destructor. En 1998 había sobrellevado el huracán Mitch abordo de un submarino de ataque tipo Seazoolf. Sano y salvo bajo la superficie del mar.

Baby lamió la barbilla de Max, que miró los negros ojos del perro. Incluso el chucho de Lola lo observaba como si Max fuera capaz de obrar un milagro y salvarlos a todos en un acto de magia. Su carga se hacía más pesada por momentos. El lazo alrededor de su cuello se estrechaba.

Max colocó los trozos de poliestireno a ambos costados del perro y los envolvió, junto con el lomo y el vientre del animal, en cinta adhesiva. Cuando hubo acabado, el perro parecía una salchicha plateada con patas; Seguramente eso no conseguiría salvarle la vida a Baby, pero lo mantendría a flote.

La puerta del baño se abrió y Lola salió tambaleándose. Tenía la cara blanca como el papel y los labios prácticamente descoloridos. Mientras dirigía al sofá echó un vistazo a la cocina. Entonces el barco se escoró con violencia a babor y Lola cayó de rodillas al suelo, así que se arrastró hasta su objetivo. En el exterior, una lluvia y un mar invisibles azotaban las ventanas.

Max se sujetó a la mesa y esperó a que la turbulencia les diera un descanso para acercarse al sofá.

– Esto es la mejor que se me ha ocurrido -dijo mientras dejaba el perro en el regazo de Lola.

– Gracias, Max. -Se tumbó de lado y apretó a Baby contra su pecho-. Sabía que, en la más profundo de tu corazón, apreciabas a Baby.

– Sí, también le he cogido cariño.

– Ya. Como a un perro.

– Sí, como un virus.

Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Lola.

– Baby y yo somos como perros.

– Es posible que tú me gustes un poquito más que un perro.

– Sí, lo sé.

– ¿Cómo lo sabes?.

– Me besaste como si te gustara más que un perro.

Una ola se estrelló contra la cubierta de estribor con tanta fuerza que Max cayó de rodillas y resbaló por el suelo. Las luces parpadearon y se apagaron, luego los motores se pararon y el interior del yate quedó sumido en una oscuridad tan absoluta que Max no veía a un palmo de su nariz.

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