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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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Luz asintió, pero seguía dudando. Finalmente dijo:

—Debería ir.

Lo expresó tan desesperadamente resuelta que Lev intervino:

—No creo que…

—Tengo que ir —aseguró la muchacha—. No puedo permanecer al margen y dejar que se hable de mí, que me disputen y me manipulen.

—Nadie te manipulará —intervino Lev—. Te perteneces a ti misma. Si lo eliges, ven con nosotros.

Luz asintió.

El anillo de la fundición era el antiguo emplazamiento de un árbol anillado, al sur de la carretera, a medio camino entre el Arrabal y la Ciudad y varios siglos más viejo que cualquiera de los dos. Hacía mucho tiempo que los árboles se habían caído y podrido, dejando únicamente la redonda charca central. Allí se habían erigido las primeras fundiciones de hierro de la Ciudad; también se habían deteriorado cuando cuarenta años atrás encontraron mineral de hierro más rico en las Colinas del Sur. Las chimeneas y la maquinaria habían desaparecido y los viejos talleres —con los tablones podridos y desvencijados, cubiertos de enredaderas y de rosas venenosas— persistían abandonados en la orilla llana de la charca.

Andre y Lev reunieron un grupo de veinte personas a medida que caminaban hacia el anillo de la fundición. Andre les hizo rodear los viejos talleres para asegurarse que ni en el interior ni en la zona trasera se ocultaba un grupo de guardias. Los talleres estaban vacíos y en varios cientos de metros a la redonda no existía ningún sitio en el que pudiera ocultarse un grupo de personas. Era una zona llana, pelada, desolada y de aspecto lamentable en el lado tenebroso de la luz. La llovizna caía sobre el agua redonda y gris, desprotegida e indefensa, como un ojo abierto y ciego. Falco los esperaba al otro lado de la charca. Lo vieron abandonar un matorral en el que se había protegido de la lluvia y acercarse bordeando la orilla: estaba solo.

Lev se adelantó. Andre lo dejó avanzar pero lo siguió a un par de metros en compañía de Sasha, Martin, Luz y varios más. En guardia, el resto de los arrabaleros se dispersó por la orilla de la charca gris y por la ladera que subía a la carretera.

Falco se detuvo frente a Lev. Estaban en el borde de la charca, donde era más fácil caminar. Entre ambos se interponía un minúsculo y barroso brazo de agua, una entrada poco más ancha que el largo de un brazo humano, con márgenes de fina arena, un buen puerto para el barco de juguete de un niño. Con toda la intensidad de sus percepciones, Lev fue tan consciente de ese fragmento de agua y arena y de un niño que podía jugar allí como de la figura erguida de Falco, de su apuesto rostro que era el de Luz y al tiempo resultaba totalmente distinto, de su chaqueta con cinto oscurecida por la lluvia en las hombreras y las mangas.

Aunque sin duda Falco vio a su hija en el grupo situado detrás de Lev, no la miró ni le dirigió la palabra. Habló con Lev en tono suave y seco, algo difícil de percibir a causa del incesante susurro de la lluvia.

—Como puede ver, he venido solo y sin armas. Hablo exclusivamente en nombre propio, no como Concejal.

Lev asintió. Sintió el deseo de llamar a este hombre por su nombre, nada de senhor o Falco, sino por su nombre: Luis. No entendió lo que sentía y permaneció en silencio.

—Quiero que mi hija vuelva a casa.

Con un ademán abierto, Lev dio a entender que Luz estaba a sus espaldas.

—Hable con ella, senhor Falco.

—He venido a hablar con usted…, si es que usted habla en nombre de los rebeldes.

—¿Rebeldes? ¿Rebeldes contra qué, senhor? Si quiere, cualquiera de nosotros o yo podemos hablar en nombre del Arrabal. Sin embargo, Luz Marina puede hablar por sí misma.

—No he venido a discutir —aclaró Falco. Estaba totalmente contenido, era amable y su rostro estaba rígido. Su quietud y rigidez correspondían a un hombre atormentado—. Escuche, se lanzará un ataque contra el Arrabal. Está enterado. Aunque quisiera, ahora no podría impedirlo, a pesar que lo he postergado. Pero no quiero que mi hija tenga nada que ver con esto. Deseo que quede al margen. Si la envía a casa conmigo, esta misma noche, bajo guardia, le devolveré a la senhora Adelson y a los demás rehenes. Si quiere, vendré con ellos, pero permita que entonces mi hija regrese conmigo. Esto sólo es algo entre nosotros. Lo demás, la lucha…, todo se inició con su desobediencia y ahora ni usted ni yo podemos impedirlo. Es lo único que podemos hacer, intercambiar rehenes y salvarlos.

Senhor, respeto su franqueza…, pero como no le he quitado a Luz Marina, no puedo devolverla.

Mientras Lev hablaba, Luz se puso a su lado, envuelta en el chal negro.

—Padre, si quieres puedes detener a los matones de Macmilan —dijo con voz clara y severa, en un tono que no poseía la moderación con que habían hablado Lev y Falco.

Falco no se inmutó; probablemente no podía cambiar de expresión sin que el rostro se le hiciera añicos. Hubo un prolongado silencio, poblado por el sonido de la lluvia. La luz era densa y sólo brillaba baja y en lontananza, por el oeste.

—Luz, no puedo —dijo Falco con el mismo tono dolorido y sereno—. Herman está…, está decidido a recuperarte.

—Si regreso contigo y Herman se queda sin pretexto, ¿le ordenarás que suspenda el ataque al Arrabal?

Falco permaneció inmóvil. Tragó con dificultad, como si tuviera la garganta reseca. Lev cruzó las manos viendo humillado a aquel hombre cuyo orgullo no soportaba humillación alguna, viendo que su fuerza debía reconocer su impotencia.

—No puedo. Las cosas han ido demasiado lejos. —Falco tragó de nuevo y volvió a intentarlo—. Luz Marina, regresa a casa conmigo. Devolveré inmediatamente a los rehenes. Doy mi palabra. —Miró a Lev y su rostro macilento expresó lo que no era capaz de decir: estaba pidiéndole ayuda.

—¡Devuélvelos! —exclamó Luz—. No tienes derecho a mantenerlos presos.

—Y tú volverás… —No llegó a ser una pregunta.

Luz negó con la cabeza.

—No tienes derecho a mantenerme presa.

—Luz, no estás presa, eres mi hija. —Falco avanzó y la joven dio un paso atrás.

—¡No! —insistió—. No iré si me negocias. ¡Jamás regresaré mientras sigas atacando y persiguiendo a la gente! —tartamudeó e intentó encontrar las palabras adecuadas—. ¡Nunca me casaré con Herman Macmilan ni lo miraré, lo detesto! ¡Volveré cuando sea libre de entrar y salir, libre de hacer lo que elija, y mientras él pise Casa Falco, jamás volveré!

—¿Macmilan? —preguntó el padre, que sufría atrozmente—. No estás obligada a casarte con Macmilan… —Calló y, desesperado, paseó la mirada de Luz a Lev—. Vuelve —insistió. La voz le temblaba y luchó por dominarse—. Si puedo, detendré el ataque. Hablaremos…, hablaremos con usted —se dirigió a Lev—. Hablaremos.

—Hablaremos ahora, más tarde, cuando quiera —aceptó Lev—. Senhor, es todo lo que pedimos. Sin embargo, no debe pedirle a su hija que cambie su libertad por la de Vera, por su buena voluntad o por nuestra seguridad. Es un error. No puede hacerlo, no lo permitiremos.

Falco volvió a quedarse inmóvil, pero se trataba de otro tipo de quietud: ¿la derrota o su negativa definitiva ante la derrota? Su rostro, pálido y empapado por la lluvia o el sudor, estaba rígido, inexpresivo.

—Entonces no la dejará venir —dijo.

—No iré —apostilló Luz.

Falco asintió una vez, se volvió y se alejó lentamente por la orilla curva de la charca. Pasó junto a los arbustos que se desdibujaban y borraban bajo el crepúsculo y subió por la ladera de suave pendiente que llevaba a la carretera de la Ciudad. Su figura erguida, baja y sombría pronto desapareció de la vista.

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