El hijo del hombre [Son of Man - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Mart
- ISBN: 84-270-0930-5
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:
—A pesar de todo, acepto el riesgo —dice Clay.
Al dar el primer paso en el sector prohibido le asalta un desagradable pensamiento y se vuelve hacia el robot.
—¿Se cerrará esta puerta en cuanto yo la cruce? —le pregunta.
—Afirmativo.
—No —dice Clay—. No quiero que se cierre. Te ordeno que la dejes abierta hasta que yo vuelva.
—Instrucciones estrictas para evitar incursiones de habitantes de…
—Olvídate de ellos. Es una orden. En este momento soy el único hombre del planeta, y todo este lugar fue construido para servir a los hombres. Tú no eres más que una máquina diseñada para hacer más fáciles y gratas las vidas de los hombres, y no estoy dispuesto a consentir que me desafíes. La puerta permanecerá abierta. ¿Entendido?
Vacilación. Conflicto.
—Afirmativo —dice por fin el robot.
Clay entra. Al llegar al sexto escalón se vuelve bruscamente. La puerta sigue abierta. Su robot aguarda junto a ella.
—Perfecto —dice Clay—. Recuerda, yo soy el jefe. La puerta seguirá abierta.
Mientras inspecciona las fachadas clásicas de esta ala del mundo túnel, Clay topa con la primera señal (aparte del cadáver del hombre cabra) de que vida no mecánica se ha inmiscuido en alguna parte del refugio subterráneo. Ocho pelotillas verdes yacen junto a la entrada de una lustrosa sala. Es obvio que se trata de las deyecciones de algún roedor de la época. En los lugares no recorridos por los robots, la fauna ha tomado posesión.
Al acecho, Clay ve al posible causante de las pelotillas: un animal similar a un hurón que se arrastra por el suelo moviendo sus cachigordas patas y agitando su pelada y purpúrea cola. En su dorso hay una hilera de ojos. Clay percibe una cruel y resuelta inteligencia en el interior de la bestia. ¿No será otro hijo del hombre? No. No tiene un solo micrón de humanidad. Está acechando algo en el corredor. Clay lo sigue. La bestia salta sobre algo. ¿Una presa invisible, quizás? El hurón agarra algo con patas y cola, hunde las fauces. Mastica. Gozo evidente. Un carnívoro espantoso y pequeño en pleno festín. Por fin termina; arrastra a la invisible víctima hacia un nicho y luego sale y excreta más pelotillas verdes. Se aleja. Clay prosigue su camino.
En este lugar no hay mantenimiento alguno. El ambiente es húmedo, congestionado, protoplásmico. Chispeantes telarañas penden de las paredes y succionantes predadores aguardan en el centro. Clay observa a uno de los animales: una peluda langosta de color azul, que le sonríe hambrientamente. Clay pasa junto a la guarida del animal y entra en un espléndido patio donde ronronea y reluce una fuente de resplandor. Aquí hay más máquinas de las que abundan al otro lado de la puerta, aunque Clay no ha visto todavía dos mecanismos idénticos. Ante él hay un espejo cóncavo, cuyas profundidades parecen tentadoramente blandas y fulgurantes, igual que una entrada al país de las maravillas. Clay extiende los dedos para tocar el sedoso vidrio, pero lo piensa mejor y los aparta.
—¿Qué haces? —pregunta al instrumento—. Los objetos que hay aquí deberían tener etiquetas, como BÉBEME o APRIÉTESE EL BOTÓN PARA LOGRAR ESTUPENDAS ALUCINACIONES, o algo parecido. No puede esperarse que un desconocido deduzca el funcionamiento de estas máquinas. Podría herirse. O estropear algo delicado.
En cuanto deja de hablar, Clay oye un agudo cloqueo, un gorjeo, un burbujeo, un susurro, y acto seguido, de un punto del espejo surge su propia voz, alterada de orden, reiterada y entrelazada hasta formar una chillona sinfonía de asoladora complejidad:
—ESTUPENDAS ALUCINACIONES objetos etiquetas tener como desconocido el el el el el el el no puede esperarse APRIÉTESE EL BOTÓN o o o deberían tener BEBE objetos delicado algo estropear estropear estropear deduzca podría deduzca deduzca deduzca herirse PARA ME aquí estas no puede estas estas estas estas estas estas estas herirse o APRIETE APRIETE APRIETE como desconocidos el aquí de estas de estas para algo un objetos estas algo etiquetas BOTÓN her eti es al del irse eme ado ic uzca eden jetos uci endas delicado PARA objetos otón cidos erir ía APRIETE EL BOTÓN o o o o pear ALUCINACIONES conocidos ESTUPENDAS.
Silencio a continuación.
Repetición invertida a continuación. Triple fuga. Modulación en el espejo. Spiccato. Rutilante séptima dominante. Codetta antes de que entre la tercera voz. Trasposición tónica del tema. Allegro non giocoso. Andante ma non troppo. Largo. Vivace. Solfeggio. La sala resuena con la música de las palabras de Clay.
—¡APRIETE! ¡Pendas! ¡LUCINA! ¡Ebe!
Variaciones ad libitum.
—Pe pe pe pe pe pe pe.
Sonata quasi una fantasia. Portamento. Sforzando. Sfogato. Fortissimo. Clay huye. La música le persigue hacia el corredor. Legato! Doloroso! Dal segno! Agitato!
—¡Estropear! ¡Estropear! ¡Estropear!
Clay echa a correr, tropieza, se levanta, vuelve a correr. La máquina grabadora lanza sólidos planos de sonido que parten el aire en niveles, igual que un pousse-café. Clay dobla velozmente una esquina y una segunda y una tercera y sigue corriendo aun después de que los sonidos se han extinguido. Luego patina hasta pararse. Una gran bestia obstruye el corredor. Tiene forma de tienda de campaña, con sueltos pliegues de correosa piel verde y tamaño doble que el de Clay. Anadea con sus menudos y amarillos pies de pato. Absurdos bracitos penden de su pecho; por encima de ellos hay una ranura por boca y dos satinados ojazos. Estos ojos sobresaltan a Clay: reflejan en su parpadeo el buen humor de un payaso e indudable inteligencia, pero también hay fría malevolencia en los arteros pestañeos. La bestia y Clay se contemplan en silencio.
—Si eres una forma humana —dice por fin Clay—, afirmo que somos parientes. Soy una especie ancestral. Arrastrado por el flujo del tiempo.
En los ojos de la bestia hay ahora más vigilancia, más diversión, pero ninguna otra respuesta. La criatura sigue acercándose. Es enorme pero parece inofensiva. Clay, empero, desnudo y desarmado, se muestra precavido y retrocede poco a poco. Sin volver la cabeza, busca a tientas una puerta, la encuentra, la abre, la cruza, la cierra bruscamente y se apoya en ella para mantenerla cerrada, mientras sigue los movimientos de la criatura del corredor a través de un ventanal. La gran bestia no trata de forzar la puerta. Evidentemente tiene otra presa en mente, porque ahora, Clay lo ve, ha vuelto su atención a un nido fijado en un pilar, al otro lado del pasillo. La ranura de la boca se ha abierto y en ella se ha desenroscado una negra lengua que parece una trompa, de varios metros de longitud y con tres retorcidos dedos en la punta. Con esta lengua sondea el nido, hecho de relucientes tiras de plástico. Mientras los dedos toquetean el nido, varias cabezas surgen: las crías, al parecer, de un ser hurón. Seis negros hocicos se agitan con obvia furia. Eluden la tanteante lengua. Un animal brinca valerosamente sobre ésta y hunde en ella brillantes colmillos amarillos. Después se aparta y la criatura en forma de tienda de campaña, dolorida, recoge un metro de la lengua y la menea en el aire para enfriarla. Luego la lengua vuelve y reanuda la exploración del nido. Los jóvenes hurones brincan y danzan, pero en esta ocasión la lengua ataca rápidamente, cogiendo una presa por la parte más débil y arrastrándola hacia la ansiosa boca. Crueles garritas se revuelven y arañan en vano. El animal acaba en la boca. Y en el mismo momento la madre de los hurones, que regresa de una cacería, llega al lugar y arremete contra el inmenso predador. Clay oye chillidos al otro lado de la puerta, pero no sabe a quién corresponden. La ultrajada madre muerde, araña y desgarra. La lengua, que serpentea como un reptil irritado, sube y baja, los dedos buscan al hurón y tratan de apartarlo. Pero el erizado animalillo es muy rápido. Actúa velozmente y elude los ciegos dedos, mordiéndolos en cuanto están muy cerca. El hurón descubre que es muy fácil perforar la piel de su rival y la taladra en varios puntos, hasta abrir una grieta bajo uno de los brazos del predador que le permite introducirse en el cuerpo. Penetra en la carne de la tienda de campaña como si planeara abrir un pasadizo hasta el estómago y liberar a su devorado cachorro. Ahora la lucha se ha transformado. El hocico, el cuello y medio hurón desaparecen dentro del rival. Los ojos de la bestia-tienda han perdido su pícaro humor: despiden destellos de agonía. La lengua, desenrollada hasta alcanzar toda su enorme longitud, fustiga convulsivamente la pared. La bestia se agita y salta sobre sus patas de pato. Trata en vano de alcanzar al dentudo excavador con sus inútiles manitas. Se frota el cuerpo en las columnas, emite alaridos de dolor, brinca de un lado a otro con torpe desmayo. Su muerte es segura.