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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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El cosmos está repleto de tonos discordantes y Clay flota, atónito, impulsado parsecs entero como un huracán por el tosco estrépito de estas forcejeantes estrellas sin nombre. Todas las estrellas le cantan con sus respectivas confusiones de discordantes tonos. Todas crean sus particulares escalas. No hay armonía. No hay orden. No hay lógica. Clay está perdido, desamparado, asombrado, empequeñecido.

—Ahora llega el momento de la Afinación de la Oscuridad —dice Hanmer, siempre tranquilo.

Y el rito se inicia. Un supremo esfuerzo, difícil pero necesario. Clay nota que los demás le aprietan, le abrazan, mezclan sustancias con éclass="underline" se trata de algo imposible de conseguir mediante esfuerzo individual. Él presta su fuerza al resto. Comienzan a organizar las estrellas. Hay que domar el estruendo, el retumbo, el silbido, el siseo, el clamor y la colisión de caprichosas energías emitidas al azar. El grupo trabaja pacientemente para desenredar las enmarañadas frecuencias. Ordenan y arreglan los chocantes colores. Enderezan las torcidas vibraciones y clasifican la barahúnda de chirriadoras radiaciones. La tarea es lenta y ardua, pero ejecutarla produce un éxtasis. La entropía es el enemigo; trasladamos la guerra a su territorio y triunfamos. ¡Ahí está! ¡Los relucientes estruendos toman forma! ¡El orden surge del caos! El esfuerzo no ha concluido; hay que hacer finos ajustes, una manipulación aquí, una trasposición allá. Retumbantes disonancias se deslizan todavía. Y hay reincidencias; no todo conserva su lugar, y hay tonos que derivan a la ventura casi en el mismo instante en que reciben nueva asignación. Pero… ¡atención! ¡Atención! Las melodías emergen, ¡ahora! El afinamiento es dúctil y artero; las escalas, esquivas pero convincentes, con numerosos tañidos vibrantes, con muchos intervalos resbaladizos. El teclado cósmico resuena. ¡Nosotros somos los mazos, ellos el xilófono y… atención al canto! El tintineo, el cascabeleo, la vibración, el destello: el universo gira serenamente sobre sus cojinetes, el cosmos está en armonía.

Clay pende ahora, embelesado, ante las resonantes estrellas.

El fuego de los soles es frío. Sus pellejos son blandos. Su música es pura y nítida.

Y nosotros somos los hijos del hombre, los afinadores de la oscuridad.

Clay recorre con la vista las estrellas y las saluda. Da vivas a Fomalhaut, Betelgeuse, Achernar, Cabra y Alfeca; Mirzan y Mulifen, Wezen y Adhara; Zuban, Pollux, Denebola, Bellatrix; Sheliak, Sulafat, Aladfar, Markab; Muscida, Porrima, la estrella polar, Zaniah; Merak, Dubhe, Mizar, Alcaid. Clay saluda a El-rischa, Alnilam, Ascella y Nunki; extrae felicidad de Al-gjebha, Al-geiba, Mebsuta, Mekbuda; hace resonar Mira, Mimosa, Mesarthim, Menkar. Todos los soles cantan en espléndida armonía: Sadalmalik. Sadalsud, Sadachbia, Saq sakib alma; Régulo, Algol, Naos, Ankaa. Clay participa en el cántico. Mirad, les dice, estoy suspendido en el espacio, yo, hombre nacido de mujer, que vino al mundo y gateó y aprendió a erguirse, yo, que tuve agallas en la matriz, yo, hombre al que concedieron tres veintenas de años y diez años, yo, que sufrí y conocí el dolor y estuve solo. Me yergo ante las estrellas. Les sonsaco melodías. Yo, el vagabundo del enterrado pasado, yo, el exiliado, yo, la víctima: aquí estoy. Con mis compañeros. Con los hijos del hombre. ¿Que soy muy pequeño? ¿Que soy muy frágil? ¡Cantad! ¡Llenad el universo de truenos! ¡Vamos! ¡Maderas, metales, instrumentos de cuerda, percusión! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos!

Clay se extiende por todo el cosmos, de pared a pared. Se ríe. Ruge. Mima a los soles. Silba. Solloza. Pronuncia su nombre gritando. Se alboroza.

Y las afinadas estrellas repican.

—Hemos acabado —dice Hanmer sosegadamente, cuando llega el momento—. Ahora regresaremos.

15

—Muerte —recuerda Clay a Serifice—. Debes contármelo. Lo prometiste. Todo.

—Fue paz —dice ella—. Estuve vacía. Fue como un doble sueño.

Están descansando en un lago de oscura miel, los siete. Sólo falta el esferoide, que no ha vuelto del viaje a las estrellas. La miel gotea de grandes, rugosos árboles cuyas copas se inclinan bajo el peso del elixir. La miel entra en los Deslizadores a través de la piel, realzando su luminoso fulgor. De vez en cuando Clay prueba unas gotas; la miel le hace zumbar los oídos. Todos los Deslizadores han adoptado la forma femenina, excepto Hanmer, que nada y describe viriles círculos por las orillas del lago.

—¿Viste algo allí? —dice Clay—. ¿Notaste algo alrededor?

—Vacío.

—Pero tú sabías que existías en alguna parte.

—Sabía que no existía.

—¿Cómo te sentías?

—Me sentía como si no sintiera nada.

—¿No puedes ser más concreta? —pregunta Clay, un poco exasperado—. Quiero saber cómo fue.

—Muere y ve —sugiere Serifice.

—Muere y ve —murmura Ninameen.

—Muere y ve —dice Ti.

—Muere y ve —dice Angelon.

—Ve y muere —dice en cambio Bril y todos se echan a reír.

—Todos moriremos —dice Hanmer—. Todos veremos.

—¿Y todos volveréis al cabo de un rato?

—Creo que no —dice perezosamente Hanmer—. Eso lo estropearía.

—Es un reino brillante —dice Serifice—. Todas las cosas están allí, reunidas, como se reúnen los colores para formar el blanco. Es un lugar fuera de todos los lugares. Ese lugar es…, es él. Con brillantes paredes. Con blancura. Con un cielo que cae más allá del horizonte. Y todos nosotros éramos nada. Y pronto nos olvidamos de nosotros mismos. Yo no era Serifice y ellos no eran lo que habían sido, y resplandecíamos. Y resplandecíamos. Y luego regresé.

—No —dice Clay, chapoteando en la miel en su confusión—. No lo creo. La muerte es la muerte, y después no hay nada. El significado de la palabra. El fin de la existencia. No es un lugar. No estuviste en ninguna parte.

—Estuve.

—En ese caso, no pudiste morir —insiste Clay.

—Serifice murió —le dice Hanmer, que flota con las piernas cruzadas.

—Morí —dice Serifice—. Y me fui. Y estuve. Y regresé. Y te lo he contado. ¡Un lugar, un lugar, un lugar!

—Una ilusión —dice tercamente Clay—. Como vuestros viajes a las estrellas. Como vuestro deslizamiento hasta el núcleo del mundo. Como el alzamiento del mar. Inventaste un lugar de la muerte, y lo visitaste, y te complació. Pero no era la muerte.

—Fue la muerte —dice Serifice.

Ti y Ninameen nadan para acercarse más.

—Agriáis la miel con vuestras peleas —dice Ti.

—La solución es sencilla —dice Ninameen—. Cuando vayamos a morir al lugar donde murió Serifice, ven con nosotras y compruébalo tú mismo, y así sabrás la verdad.

—Yo no soy un Deslizador —gruñe Clay—. Cuando muera, estaré muerto y no habrá regreso.

—¿Tan seguro estás? —pregunta Bril, sorprendida.

—Lo creo, eso es todo.

—¿Cómo puedes creerlo, si nunca has estado allí? —pregunta Angelon.

—Serifice estuvo —dice Ti.

—Creemos a Serifice —dice solemnemente Ninameen.

Clay está en minoría. Los Deslizadores discuten como niños. Él no puede hacer impacto en sus mentes. Esta charla sobre la muerte y el regreso de la muerte le deja tenso y encogido.

—Sólo fue una muerte pequeña —afirma Serifice—. Debemos probar la grande algún día. Él tiene razón y yo también: fue la muerte, pero no toda la muerte, lo que yo probé. Y quizá no fue suficiente. Para averiguar realmente qué es la muerte, debemos morir de verdad. Y eso es lo que haremos cuando llegue el momento.

—Basta —dice Clay.

—¿Te aburrimos? —pregunta Angelon.

—A mí me aburrió la muerte —dice Serifice—. La pequeña muerte que tuve. Era hermosa, pero al final me aburrí.

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