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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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Sonidos y gruñidos salen de la grisácea taza. Chirridos y silbidos. Unas cuantas palabras, inciertas, bien articuladas pero incomprensibles. Primeros esfuerzos de comunicación. Y luego:

—Hacia el final de la primera época postindustrial una catastrófica revuelta social provocó la demolición total de las construcciones e hipótesis en las que se habían basado las viejas sociedades urbanas. Una época de reestructuración denominada el caos terminal del medio ambiente derruido. Nuevos conceptos arquitectónicos. Nuestro sistema actual deriva de ese punto. No obstante, se manifestó un rasgo intrínseco que produjo una oscilación fundamental de la cronología. Quizá podíamos estimar en ocho o diez siglos la inestabilidad en la estructura social revisada, intenciones que en último término aportaron todo lo experimentado en la erosión previa. Llegado al nivel más extremo el mundo parecía deseable. Por fortuna, conocimientos y técnicas posibilitaron el nuevo sistema urbano en una destrucción mucho más potente que los apocalipsis humanos. Abandono del medio ambiente de la superficie, acumulación de mecánica, rápida y eficaz duplicación de ciudades subterráneas, y a finales del siglo dieciocho de la presente era se inició el traslado de población, acompañado por una meditada herencia genética inferior, imperfecciones sociales, protección para eliminar enfermedades y otros indeseables. Ahora nosotros acrecentamos la infraestructura humana. Nosotros, la adaptabilidad de la especie, y concebibles catástrofes que pueden surgir inmediatamente a partir de esto fueron la Época del Barrido, que impuso una serie. Podemos enorgullecemos de ello. Los renovados han creado, lo que demuestra: danos esperanza para resistir todo pero aguardamos en las épocas futuras.

Al cabo de un rato, Clay dice tristemente:

—Gracias —y da media vuelta. El robot está junto a él—. Inútil —murmura Clay—. Totalmente inútil. Como si nada.

—Vestir al desnudo —dice el robot—. Otra urgente obligación. ¿Deseas ropas?

—¿Tan horrible soy?

—Los humanos tapan sus cuerpos cuando están en la calle. Nosotros proveemos a los que carecen de ropa.

Clay no responde, y el robot considera su respuesta como aceptación. Detrás de Clay, una parte de la pared se irisa y se abre y aparece un segundo robot. La máquina levanta una manguera en forma de trompa y riega a Clay con un estruendoso chorro de colorantes y tejidos. Al recobrarse de su sorpresa, Clay ve que lleva una apretada túnica dorada, zapatos que parecen sobres transparentes y un holgado sombrero. Ha estado desnudo tanto tiempo que nota al instante el roce y la apretura de la vestimenta. Puesto que no desea ofender a los robots, decide seguir llevándola. Recorre el pasillo. El primer robot le persigue y le dice:

—¿Comida? ¿Cobijo? ¿Limpieza corporal? ¿Entretenimientos?

—No.

—¿Ningún deseo especial?

—Sólo uno —dice Clay—. Intimidad. Vete. Cuando te necesite, silbaré.

—Interrogativo.

—Te llamaré. Gritaré fuerte con mis cuerdas vocales. ¿Mejor así? Ahora vete, por favor. Te lo pido por favor. No te alejes mucho, pero permanece fuera de mi vista hasta que te llame.

Da media vuelta. Echa a andar. El robot se aleja rodando.

Clay escudriña viviendas y tiendas. Todo muy limpio, Pompeya para el merodeo de Clay, ninguna puerta cerrada. En este lugar algo parecido a una pantalla de televisor presenta, tras tocar la palanca, protuberancias tridimensionales que sobresalen y se encogen como burbujas en lava fundida. Más allá hay una bañera octogonal cuyas paredes de porcelana exudan convincente sangre al apretar un botón. Algo que podrían ser salchichas verdes sale despedido de un montón de tubos metálicos en lo alto de lo que posiblemente es una cocina. Una cama cambia de tamaño y de forma con frenética energía: mayor, menor, circular, rectangular… Un colosal falo rosado, siniestro por su realidad, se alza en el centro de un suelo de negra pizarra. Una pared se disuelve en una rociada de mosaicos. Mangueras que crecen como setas a lo largo de un escaparate empapan a Clay de perfumes, especias, ungüentos y un fino fluido de color claro que consume su ropa en un momento. Clay goza su vuelta a la desnudez, aunque se demora ante las mangueras demasiado tiempo y una de ellas arroja un chorro de aceite rojo que le anestesia la piel. Clay se lleva un dedo al oído: nada. Se rasca cuidadosamente el pecho: nada. Estruja su pene con la mano cerrada: nada. No percibe el contacto de sus pies descalzos con el áspero pavimento. ¿Será un efecto permanente? Clay imagina que tropieza con afilados objetos que le arrancan la carne y le rebanan los dedos de los pies sin que él lo note, hasta quedar reducido a unos cuantos jirones de músculo que cuelgan de pelados huesos.

—¿Robot? —llama—. ¡Hey, robot, ven en mi ayuda!

Pero antes de que el hombre máquina le alcance, dos mangueras le riegan al mismo tiempo y Clay percibe la vida que vuelve a sus células nerviosas con tan maravillosa intensidad que sufre un orgasmo instantáneo. Jadeando un poco, retrocede y despide al robot con dos rápidas sílabas. Al proseguir su camino, tropieza entre una doble pared de espejos y queda atrapado en un infinito retroceso, pong-pong-pong, de pared a pared mientras los espejos giran, varían de ángulo y se abomban. Clay cae al suelo y se arrastra fuera del lugar. ¿Cómo ha podido sobrevivir todo esto, se pregunta Clay, mientras el mundo sufría incontables trastornos geológicos, pese a los cambios de forma de los mismos continentes? Admite la probabilidad finita de que el mundo túnel sea ilusorio. Se desvía a otra barahúnda de calles y galerías. La arquitectura tiene otro estilo, más brutal, menos imaginativo que antes, pero la ornamentación y rasgos superficiales de las estructuras es de orden mucho más elevado. Salen robots de todos los rincones y se ponen al servicio de Clay, pero él sigue con los ojos puestos en su robot, el único que le sigue a respetuosa distancia, y no presta atención al resto.

—¿Adónde fue la gente? —pregunta a su robot—. ¿Por qué se fueron? ¿Cuándo?

—Un día ya no estaban aquí —dice el robot, nostálgico.

Clay acepta la respuesta de buen grado. Toca un botón y una abstracta película tridimensional sale en cascadas de un proyector fluorescente. Al soltar el botón el llamativo remolino de luces multicolores se encauza hacia el proyector en marcha atrás y desaparece como un silbido. En otra sala hay juegos de azar: tableros que destellan y retumban, ruedas que giran describiendo erráticas órbitas, fichas, marcadores, contadores, dados de ébano, barajas que se funden y se comban al tocarlas. Más allá hay algo parecido a un acuario, pero sin peces. Clay contempla luego un puzzle infantil, un embalsamado árbol, una jaula vacía y una cajita cerrada. Sigue adelante. Chorros de vivo vapor le alejan de una tentadora sala en forma de útero que tiene esponjosas paredes. Clay evita un tramo de escalera que desciende, quizás, hacia un nivel inferior, porque asfixiantes nubes de verde polvo aparecen antes de que haya bajado el tercer escalón. Llega a un lugar donde robots desarman robots. Descubre una potente pantalla que muestra una vista del mundo superficiaclass="underline" suaves colinas y valles, sin vestigio alguno del siniestro desierto de alucinaciones que atravesó Clay. Por fin empuja una puerta giratoria, al parecer de aluminio, y mientras la puerta se abre solemnemente, el robot rueda hacia él.

—A partir de aquí no hay salvaguardas —dice a Clay.

—¿Qué se supone que debo entender por eso?

—No podemos protegerte si continúas en esa dirección.

Clay contempla el corredor que acaba de aparecer. Se asemeja mucho al que ha explorado ahora mismo, si acaso es más brillante y atractivo. Las construcciones poseen sutiles, modestas fachadas que relucen con el contenido fuego de magníficos rubíes, y Clay detecta un soplo de elegante música que campanillea en algún patio cercano. Seguirá avanzando. El robot repite su advertencia.

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