El hijo del hombre [Son of Man - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Mart
- ISBN: 84-270-0930-5
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:
—¿Cómo se llama este lugar? —pregunta al esferoide al cabo de un rato.
Pero el esferoide es tan forastero como Clay en esta época y en este lugar, y no contesta.
Clay tiene la garganta reseca. Su piel ha recogido una capa de fino polvo de roca. Cuando parpadea, nota que los párpados raen sus pupilas. Cada vez está más nervioso y receloso, presiente imaginarios monstruos detrás de las piedras. ¿Qué son esos sonidos? ¿El susurro de las pinzas de un escorpión? ¿Una espinosa cola que se arrastra entre los solitarios guijarros? ¿Piedras machacadas en las entrañas de un reptil? Pero aquí no hay nada aparte de noche y silencio. El esferoide, que rueda felizmente, está ya muy por delante de Clay. Éste se esfuerza en doblar el paso, aun a riesgo de producirse graves cortes con las piedras.
—¡Espera! —grita roncamente, con la garganta destrozada—. ¡Yo no ando sobre ruedas! ¡No puedo correr tanto!
Pero al parecer el dominio del lenguaje de la época por parte del esferoide ha expirado. El compañero de Clay no advierte las palabras, y no tarda en perderse de vista en el fumoso horizonte.
Al detenerse, Clay encuentra un trozo de tierra libre de afiladas piedras y se acuclilla. El fulgor purpúreo —¿radiactividad residual, quizás?- es demasiado tenue para guiarle y él no proseguirá hasta la mañana. No le seduce el peligro de caer en un hondo barranco. Una fractura múltiple de la pierna ¿sería tan problemática aquí como en un viaje por la vieja Arizona? Clay no lo sabe. Es posible que las blancas y melladas astillas de los huesos se soldaran servicialmente al cabo de un rato, y que los desgarrados tejidos de piel y carne se repararan como en un dulce sueño. Pero Clay no desea arriesgarse. Un mal sueño tiene fin, pero no todas las cosas son sueños, incluso aquí, y él no quiere verse sufriendo una auténtica fractura en un paisaje irreal. Aguardará hasta que pueda ver.
En la desvelada noche los fantasmas danzan alrededor. Ha cosas que oscilan colgadas de finos alambres. Clay oye gruñidos y ocasionales sollozos a mucha distancia, y algo que podría ser un coro de grandes cucarachas. El viento es frío y polvoriento. Dedos transparentes cosquillean en los canales de la mente de Clay, quieren entrar. Lentas espirales de puro miedo cuajan y se retuercen junto a él. La neblina del cielo desaparece, quizá devorada por alguna entidad que atraviesa metódicamente los cielos, y las desconocidas estrellas brillan con fuerza. No son un consuelo: nuestra luz partió hacia la Tierra, insisten las estrellas, en el tiempo de los automóviles y las bombas de hidrógeno, y ha estado viajando durante todos estos milenios, abofeteada por las brincantes moléculas que separan las galaxias, y aquí está, y aquí estás tú. Un pobre necio desnudo. ¿Cuándo llegará la mañana? ¿No es eso una hilera de insectos que marcha hacia mis pies? ¿Por qué la oscuridad está tan cerca de mí?
Las primeras franjas de luz, ahora. Varillas de calor blanco que se deslizan en el cielo. Un cálido viento sopla del oeste. Un mancha de rojo en el horizonte, que succiona hacia ella toda la humedad del mundo. Sequedad. Sequedad. Sequedad. Desagradables crujidos. Luz. El cielo está fundido, es todo cobre, bronce y cinc, con lánguidas franjas de antimonio, molibdeno, manganeso, magnesio y plomo. Charcos de tungsteno salpican las rocas. El alba tiene cegadora brillantez. Clay aparta la mirada, aprieta los brazos a su frente y permanece acuclillado como un infeliz crustáceo rojo que huye de la olla. El aire es un mar de refracción, en el que la estructura atómica básica de la materia queda al descubierto en forma de una serie de círculos entrelazados de color verde, amarillo y marrón, círculos que giran sobre su eje hasta crear sorprendentes dibujos de confusos anillos de interferencia. El mundo se desvía de su senda. Cinco colores primarios que Clay no había visto antes bombardean sus ojos. ¿Puede ponerles nombres? ¿Cómo denominará a ese frío e intenso matiz con las aterciopeladas paredes? ¿Ya ese tono rígido y rectilíneo, tan disciplinado, tan imponente? Este color es tentador y gentil; este otro, hinchado y brutal; aquél, mitigado y complejo. Los colores se mezclan y combinan y de vez en cuando chocan. Se inicia la gran llamarada matutina.
Clay comprende ahora que se encuentra en un desierto donde las alucinaciones brotan de las rocas en forma de ondas de calor. Su mente está clara y sus percepciones son exactas; las imprecisiones que experimenta se hallan en el ambiente, no en él. Pero la distinción es muy sutil. Clay avanza con lentitud, previendo trampas.
Las rocas se han transformado en brillantes nodos de energía pura cuyas superficies rojas de rica textura vibran de formas siempre cambiantes. En la faz de todas las pétreas masas, Clay ve luces doradas que describen graciosos círculos. En el lado opuesto nacen incesantemente azuladas esferas que burbujean en el aire, ascienden quizá tres metros y se esfuman. Todo riela. Todo brilla con luz interior. El desolado desierto del suelo está vivo ahora, lleno de flores que crecen y se encogen como siguiendo el ritmo de un aliento cósmico. Reina la incandescencia.
La piel de Clay es un laberinto. Sus manos son martillos. Una vibrante manga azul pende entre sus piernas. Los dedos de sus pies son ganchudas garras. Sus rodillas tienen ojos pero no párpados. Su lengua es satén. Su saliva, vidrio. Su sangre, bilis, y su bilis, sangre.
La brisa es apasionadamente viva, y explota en cuanto toca el suelo, levantando penachos de flamígera pelusa. El tiempo es elástico; un segundo se prolonga hasta términos tan inmensurables y esfumantes que parece ridículo computar su sentido, y en cambio un siglo se desvanece con un suave y tímido silbido de proyectil en una simple grieta de sol. Del mismo modo, el espacio está sometido a extensión y compresión. El cielo se comba y se infla como un globo, se prolonga agresivo hacia contiguas dimensiones, empuja a los habitantes de próximos continuos a comprimidas bolsitas de abultada realidad. Luego el cielo entero recobra la forma, provocando cascadas de rotas nebulosas y angustiados cometas.
A pesar de todo Clay sigue avanzando resueltamente. Buena parte de lo que ve es bello y alentador, aunque él sabe que todo está pensado para aterrorizarle. Clay se burla de las trompetas y continúa sin tener miedo. Pero también hay momentos francamente aterradores: verdes parábolas son eruptadas por el horizonte igual que anunciadoras del Día del Juicio, y emiten abruptamente depresivos crescendos de resbaladizo sonido. Se despliega un bosque de hostiles paraguas. Se abre una bóveda del cielo y plateados cuchillos caen en ella. La tierra se ondula y estornuda. Clay resiste. El desierto cede su lugar a negro barro y susurrantes cañas. Clay es besado por cocodrilos, acariciado por viscosos seres. Le asalta la amenazadora sensación de inminente castigo. Huesudas aves de confuso plumaje le abuchean y chillan. Clay pasa a grandes zancadas un lago de abortos y una duna de monstruos. Siente que el sol abrasa su cadera y devora su trasero. Está enterrado bajo oscuras pirámides. Le acosan malignos tumores que llegan flotando hasta él en nebulosos pliegues y ridiculizan su virilidad. Criaturas formadas por costillas verticales de cartílago gris le lanzan mugidos. Clay entra en una habitación y encuentra algo verde y correoso que le aguarda pacientemente en un sombrío rincón, resollando y resoplando. Ve un ceñudo rostro que llena medio cielo. Estos sueños carecen de belleza, y Clay sospecha que no son sueños. Pero continúa andando.