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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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Acompañada por roncos coros de ópera, una tierna voz musita:

—Deseamos desanimarte. Haremos una amputación, si es preciso. Sabemos cómo inquietar el alma. Carecemos de escrúpulos. No tenemos inhibiciones. No tenemos vacilaciones.

Manos invisibles toquetean los órganos sexuales de Clay y dejan verdes huellas dactilares. Una sonda le penetra cinco veces en tres minutos. Varios de sus dedos cambian de pie. Clay los desafía con sus glándulas endocrinas y sus vesículas seminales, y ellos responden ahuecándole, convirtiéndole en un simple cascarón, en peligro de flotar en cualquier momento hacia esa espada que lo consume todo que es el sol. Clay se adapta a su flotabilidad e incluso la acoge con alegría, y al instante es castigado con la solidez y se transforma en una masa de hierro. El gusto del acero está en su boca y él sabe que, si alguien le golpea, emitirá un sonido metálico. Escapa de esto deshaciéndose de su cuerpo.

—En consecuencia te engañaremos con esplendores —le informan, y Clay escucha suave música.

En la suave oleada e intensificación de las notas menores transpira una armonía que arrebata la sensación de sonido. Un resonante órgano, con un registro de zafiro y un diapasón de ópalo difunde interminables octavas de estrella en estrella. Los rayos de luna forman cuerdas para vibrar con el tono perfecto, y la fascinadora unisonancia se vierte en los encantados oídos de Clay. Sometido a ese hechizo, ¿cómo podrá resistir? La magia de la melodía embruja su alma. Clay empieza a ascender en el aire. La música se hace cada vez más dulce, le lleva más alto y más alto, y Clay flota en sintonía con el infinito, bajo los cielos verde turquesa donde relucen glóbulos de mercurio. Clay se vuelve. Se retuerce. Remolinea. Se funde. Desaparece. Se disuelve. Recita fragmentos de sus poesías favoritas:

Sonad para despedir lo viejo, sonad para saludar lo nuevo, sonad, felices campanas, entre la nieve. El año se va, dejad que se vaya: Sonad para despedir lo falso, sonad para saludar la verdad.

Y:

Haz vanas nuestras vidas. Y casa y mata y divide nuestros amores en cadáveres o esposas; el tiempo convierte los viejos días en mofa, y el amor es más cruel que la lujuria. Ninguna espina se clava tanto como las de la rosa, es la oscuridad, ahí el fruto del polvo; para remate de nuestra vida cuando se acaba.

Y:

Barcos que pasan de noche y se hablan al cruzarse, así en el océano de la vida pasamos y nos hablamos, sólo una señal ofrecida y una distante voz en la oscuridad; sólo una mirada y una voz; luego oscuridad de nuevo y un silencio.

Clay ve una luz clara. Nota síntomas de tierra que se hunde en agua. Experimenta un vislumbre de la Verdad Pura, sutil, chispeante, brillante, deslumbrante, gloriosa y radiantemente aterradora, en apariencia igual que un espejismo que se desplaza por el paisaje en un flujo continuo de vibraciones. Clay ve una divina luz azul. Ve una apagada luz blanca. Ve una sorprendente luz blanca. Ve una apagada luz color de humo que sale del Infierno. Ve una sorprendente luz amarilla. Ve una apagada luz amarilla y azulada que sale del mundo humano. Ve una luz roja. Ve un halo de luz de arco iris. Ve una apagada luz roja. Ve una sorprendente luz roja.

Clay entra en un mundo de tinieblas, una oscuridad que crece poco a poco mientras él sueña en la noche polar y el invierno eterno.

Clay pasa desde ahí a una inexplorada jungla. Su alma se transforma en esencia vegetal; él es un gigantesco helecho que extiende grandes y plumosas hojas, se bambolea y se inclina entre aromáticos ventarrones. Un extraño e inimaginado éxtasis le posee. Ahora está cerca del final de este pasaje de la confusión. Se arranca del oscuro suelo de la selva y prosigue avanzando a través de un absoluto vacío de visión y sonido. Tres inmensos puntos luminosos destacan en una triple pared de oscuridad, hacia la que flota Clay en silencio. Ahora distingue claramente tres arcos colosales que se alzan del seno de un mar sin olas. El arco central es el más elevado; los dos laterales son iguales. Clay determina que esos arcos forman los portales de una enorme caverna, cuya cúpula se halla muy por encima de él, oculta en espirales de humo. A ambos lados de Clay se extiende una pared de escabrosa y sólida piedra, de cuyos puntos sobresalientes, que se alzan al límite de la vista, penden estalactitas de todas las formas y matices, de belleza imaginables. Terribles y estruendosos acordes reverberan en el universo mientras Clay avanza hacia la boca de la caverna.

Se adentra en la cueva.

El ambiente es frío y apagado, y Clay, poco a poco, va formándose la idea de que ha entrado en una caverna real, que por fin ha dejado atrás el desierto de las alucinaciones. No obstante, dedos de irrealidad le persiguen incluso aquí, dedos que juguetean pasada la entrada para turbar su mente, y él sigue sin poder diferenciar lo verdadero de lo falso con algún grado de certeza. Una puerta se cierra tras él. Se halla ante un techo abovedado, paredes de losas, un saliente estrado de negro marfil. Sillas dispuestas en arcos obstruyen la entrada. Los gruesos paneles de las paredes están adornados con grotescos frescos de pájaros, bestias y monstruos de la época, que están en continuo y vibrante movimiento, siempre cambiando de forma como la visión de un calidoscopio. Ahora las paredes se erizan de dientes. Llamativos pájaros con diamantinas garras inclinan la cabeza desde sus elevadas posiciones y revolotean entre plantas cicadáceas. Respiradores y Esperadores estornudan y se retuercen. Todo fluye. Todo serpentea. Todo se funde. Clay se abre paso entre doradas sogas y sigue avanzando. Trepa al estrado. Al otro lado hay un negro túnel, en cuyo centro sopla una serena brisa procedente de una cámara inferior. Clay baja con cuidado por el otro lado del estrado y entra en el túnel.

Camina cerca de una hora, supone él, antes de que se quiebre la oscuridad. Por fin se inicia un tenue teñido de púrpura. El ambiente va cobrando brillo poco a poco. Clay se siente febrilento, la cabeza le da vueltas. ¿Le han seguido hasta aquí, bajo la piel del planeta, inflados globos de alucinaciones? El tipo de suelo cambia bruscamente: hasta ahora había sido liso, igual que mármol o pizarra pulida, y ahora tiene el tosco deslustre del hormigón. En el mismo instante en que Clay toca el nuevo pavimento, las luces centellean brillantemente y aparece el vestíbulo de un vasto salón gótico cuyas bóvedas y cámaras se extienden y se extienden hacia la penumbra. En el suelo de la imponente sala hay pintorescos anacronismos: todo tipo de máquinas y motores, casi todos pintados de verde brillante, que confieren al lugar la apariencia de una planta generadora del siglo veinte, aunque las ruedas, cables, poleas, palancas, turbinas, pistones, calderas, compresores y demás aparatos no constituyen dispositivos que Clay identifique con sus conocimientos del mundo anterior. La maquinaria parece funcionar, empero. Ruidos sordos, vibraciones, zumbidos y retumbos surgen de la barahúnda inferior, y varios cables forman lazos y se doblan como si estuvieran poseídos por la fuerza que fluye en su interior.

A la izquierda de Clay hay una escalera que asciende pegada al muro del salón. Clay la sube pensativamente, pisando con tiento los estrechos escalones. Cuando se halla quizás a treinta metros por encima de la maquinaria, Clay descubre que la escalera se interrumpe bruscamente; si da un paso más, caerá al distante suelo. Al mirar hacia arriba ve un segundo tramo de escalera en la pared. Y ahí está él, ascendiendo, un hombre desnudo que avanza poco a poco, ligeramente corto de aliento. Clay frunce el ceño. De inmediato se ve transportado al segundo tramo, y él es el hombre desnudo que ahora sube trabajosamente. La escalera se interrumpe de nuevo al borde de un abismo; Clay las mira otra vez; de nuevo descubre un tramo más elevado, y se ve él mismo trepando; se une a su otro yo otra vez y asciende el tercer tramo. Continúa así sin cesar, reduplicación tras reduplicación, hasta que, tras una infinidad de escalones, se encuentra perdido en la penumbra superior de la gran sala.

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