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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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Pero la muerte, cuando llega, lo hace a través de otro agente. De pronto llega una tercera criatura al corredor, un reptil, casi un dinosaurio. Avanza pesadamente sobre colosales patas terminadas en garras, con muslos que parecen troncos de árbol. Una carnosa cola se arrastra tras el cuerpo. Las patas delanteras son cortas pero potentes. La cara se prolonga para formar un pesado hocico. Los dientes son colmillos tan salvajes y numerosos que proclaman el mortífero carácter del recién llegado, convirtiendo en cómica exageración las naturalezas más brutales. Por encima del montón de siniestras hojas hay dos brillantes ojazos que relucen heladamente. ¿Qué es este horrible tiranosaurio? ¿Qué ardid de la evolución, retorciéndose sobre sí misma, soltó al escamoso saurio en estos pulidos corredores? El monstruo se echa atrás, la cabeza toca el techo del mundo túnel, y la criatura agarra a la tienda de campaña para azotarla en lo alto como si no tuviera peso. Dos arrogantes golpes de las garras delanteras y la infortunada tienda se parte, se raja. El hurón sale como una flecha, manchado de viscosa sangre negra, y trepa velozmente al nido. El saurio, agachado, se alimenta, mete grumos de carne en su espantoso buche. Arranca, desgarra; bufidos de satisfacción. Clay, a salvo detrás de la puerta, sigue observando, no asombrado por la sangrienta matanza sino por los mensajes que brotan de la mente del monstruo. No es un reptil. Es otro de los hijos del hombre.

«¿Eres un Devorador?», pregunta Clay.

«Así nos llaman», replica la pesadilla sin interrumpir su festín.

Los pensamientos del Devorador flotan como témpanos en un océano. Clay está pasmado por el contacto. Retrocede, se encoge en la otra pared; el Devorador es demasiado voluminoso para entrar en esta habitación, piensa Clay. Pero la puerta se abre de golpe. El feroz hocico entra, aunque el resto del Devorador continúa en el corredor. Clay ve su propia imagen, distorsionada, en los rutilantes ojos.

«¿Hombre?», pregunta el Devorador. «¿Forma antigua?»

«Exacto. El flujo del tiempo…»

«Sí.» Brusco desprecio. «Una cosa blanda y rosada. Inservible.»

«Los humanos fueron creados débiles», replica Clay, «para que pudieran adquirir pericia y reflejos. Si desde el principio hubiéramos tenido tus garras y tus dientes, ¿cuándo habríamos inventado el cuchillo, el martillo, el cincel y el hacha?»

El Devorador se mofa. Mete la cara un poco más en la habitación. Clay observa intranquilo que la lisa pared de plástico próxima al marco de la puerta está empezando a crujir. La criatura se lo comerá en tres bocados.

«Yo también soy humano», alardea el Devorador.

«¿Adoptando la forma de un animal?»

«Adoptando la forma del poder.»

«El poder consiste en superar la debilidad física mediante la inteligencia», dice Clay. «No en abandonarse a la fuerza bruta de una bestia.»

«Compararé mis dientes con tu inteligencia», ofrece el Devorador. Está empujando con más fuerza, obviamente insaciable y en busca de cualquier clase de carne.

«Tus compañeros humanos de esta época», dice Clay, «parecen apañárselas bien sin matar. No necesitan alimento. ¿Por qué matas? ¿Por qué debes comer?»

«Porque me apetece.»

«¿Te apetece revertir al primitivismo?»

«¿Debo ser como los demás?»

«Los demás son más libres que tú», insiste Clay. «Estás atado por las exigencias de tu carne. No eres un paso adelante en la evolución. Eres un anacronismo, un atavismo.» El marco de la puerta se comba. «¿Qué finalidad tenía crear hombres a partir de monstruosidades, si los hombres iban a transformarse de nuevo en monstruosidades?»

Violenta presión contra la pared. Crujidos en el interior de la estructura.

«No hay finalidad alguna», dice el Devorador. «No existen pautas.» Aprieta los dientes. Mete una pata en la habitación. «Elegimos esta forma en el momento que nos apeteció adoptarla. ¿Debemos sentarnos y cantar? ¿Debemos jugar con flores? ¿Debemos hacer los Cinco Ritos? Tenemos mentalidad propia. Formamos parte de la textura de las cosas.»

Y aplasta la puerta, arrancando media pared. La vasta boca se abre. Los feroces dientes chispean. Clay, que ha visto una pequeña compuerta al otro lado de la sala durante su coloquio con el monstruo, se precipita hacia allí, la abre y, muy aliviado, se apresura a cruzarla y huye. Los rugidos del Devorador resuenan mientras la presa se retira. Clay se halla ahora en algo así como un núcleo de servicios, un lugar oscuro, húmedo, una serie de pasadizos en espiral que constituye un asombroso laberinto. Sus ojos se acostumbran al nuevo ambiente con el tiempo. Animales de cien especies habitan en estas galerías. Clay no comprende esta ecología: ¿de qué se alimentan los herbívoros? Es fútil buscar lógica aquí. Y por los corredores hay Devoradores, al menos diez, que recogen la cosecha. Cada uno tiene su territorio. No hay intrusiones. Cazan siempre y jamás encuentran suficiente comida. Clay aprende a localizarlos por sus bufidos y estruendos mucho antes de toparse con ellos, y de esta manera evita el peligro. ¿Podrá volver a la puerta que sigue abierta para él? ¿Podrá regresar a salvo a la parte del mundo túnel que vigilan los robots?

Clay vaga eternamente en los entrelazados corredores. Otra vez brota pelo de su cuerpo. Por primera vez desde que cediera su hambre a Hanmer, Clay siente tenue pero definida necesidad de alimento. Tiene sed. Le molesta estar desnudo. Traga excesivo polvo. Esforzándose en evitar a los Devoradores, no repara en pequeños carnívoros y en varias ocasiones le mordisquean talones y pantorrillas. Todos los pasadizos acaban en nuevos pasadizos, pero él no se aproxima a territorio conocido. El desespero le abruma. Errará por siempre en este mundo subterráneo. O, si logra regresar a la superficie, se hallará en el mismo desierto de alucinaciones donde le abandonó su guía, el esferoide. El encuentro con el Devorador ha ensombrecido su espíritu. Le oprime la idea de que una bestia como esa sea un descendiente del hombre.

A modo de consuelo Clay se esfuerza en persuadirse de que está difamando a los Devoradores. Inventa una civilización para ellos. Se ofrece una visión de los Devoradores rezando, enardecidos por el fervor y la ternura espiritual. Inventa poesía Devoradora. Imagina una manada de Devoradores congregada en un muro del que penden cuadros, y presta atención a sus conceptos sobre la estética. Clay evoca matemáticos Devoradores que garabatean números imaginarios en la tierra con sus terribles garras. Su alma está inundada de compasión por ellos. Sois humanos, sois humanos, sois humanos, sois humanos, insiste Clay, y está dispuesto a abrazarlos como hermanos. La sensación de amor se apodera de él. Su conciencia se desvanece en el mundo del Devorador, oscuro, fantástico, incierto, recorrido por violentas pasiones. Y Clay, centelleante y tembloroso, tembloroso y desplegándose, lleva su mensaje de amor a los monstruos, entrega su Epístola al Abominable, y todos se apiñan alrededor de él para agradecerle el don de la gracia mientras hacen resonar sus espantosos dientes con suaves armonías, y le bendicen por ver la humanidad esencial dentro de la carne de pesadilla. En este embeleso Clay avanza serenamente por el enmarañado mundo túnel y, por fin, ve brillantes luces delante, empieza a ascender y oye un coro celestial y una voz que le dice:

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