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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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—Nosotras somos hermosas —observa Ninameen—, y quizás estemos resultando aburridas.

—No me aburrís —aclara Clay—. Me deprimís. Hablando de la muerte. De morir.

—Tú preguntaste —le reprocha Serifice.

—Ojalá no lo hubiera hecho.

—¿Debemos deshacer la conversación? —inquiere Hanmer.

Clay le mira fijamente, asombrado. Sacude la cabeza. Localiza la fuente de su irritación: es presuntuoso, decide Clay, que estos seres inmortales jueguen con la muerte. Cuando los humanos que él conoció vivieron siempre bajo la cruel sentencia. Para nosotros no era un juego. A Clay no le gusta pensar que los Deslizadores consideren la posibilidad de morir. Morir es incompatible con su naturaleza; morir, para ellos, sería quebrantar la estética, un fallo de la ley natural. Sin embargo, acarician la idea. Se ocupan superficialmente de la mortalidad. Se mofan de la transitoriedad de Clay cuando ofrecen renunciar a sus engalanadas vidas. Y los amo, se da cuenta Clay.

—¿Te encuentras solo entre nosotros? —pregunta Ninameen.

Una nube color lavándula se desliza sobre el grupo. Cae una repentina y vehemente lluvia que golpea la superficie de la miel como un diluvio de balas. Géiseres de oscuro fluido brotan y cesan. Durante la tormenta, nadie habla. Una explosión de relámpagos verdes. De inmediato, el trueno, y a lomos de su poderoso sonido lo que al principio parece ser un cloqueo pero que Clay reconoce en seguida como el llanto de Mal. ¿Conoceré por fin a la molesta deidad? El sollozo no se escucha mucho tiempo. Las gotas de lluvia caen con menos vehemencia. Se forman charcos de brillante agua en la viscosa superficie del lago de miel. Los Deslizadores se han reunido cerca de Clay, casi protectivamente.

—¿Quieres soñar con nosotros? —pregunta Angelon.

—¿Qué soñaréis?

—Soñaremos en tu mundo —dice ella con serena sonrisa—. Porque te sientes solo.

16

Clay cierra los ojos y sus compañeros le cogen las manos. E1 grupo flota en el regazo del lago y todos sueñan sin dormir, y Clay sueña con ellos, y ellos sueñan en su mundo, porque él se siente solo.

Sueñan en Egipto. Sueñan en pirámides cubiertas de blanco y enredadas serpientes, escorpiones en la ardiente arena roja, las columnas de Luxor y Karnak. Sueñan en faraones. Sueñan en Anubis y Set, Osiris, Horus, Re el halcón. Sueñan en Lascaux y Altamira en honor a Clay, las humeantes y olorosas lámparas de grasa de mamut, el artista zurdo que frota sus ocres sobre el muro de la cueva, las manadas de lanudos rinocerontes, el hechicero con pieles y pinturas. Sueñan en honor a Clay en las doradas cúpulas de Bizancio. Sueñan en Colón que se lanza al mar. Sueñan en la Libertad con la espada alzada en su mano. Sueñan en la luna, con pisadas e inmóviles arañas metálicas en su superficie. Un bosque de secoyas. La Torre Eiffel. El Gran Cañón del Colorado. La playa con incrustaciones de coral de St. Croix. El Puente de la Bahía al amanecer. La Riviera. La calle Bowery. Sueñan en viajeras palomas, alcas, drontes y cuagas, bisontes europeos y gallinas silvestres, el dinornis y el mastodonte. Sueñan en leones y tigres, gatos y perros, gacelas, ardillas listadas, arañas, murciélagos. Sueñan en autopistas. Sueñan en túneles. Sueñan en cloacas. Sueñan en ferrocarriles subterráneos. Benedictine y Chartreuse, coñac, bourbon, whisky de centeno y ponche. Lincoln. Washington. Napoleón. Pontoppidan. Clay agarra los fragmentos conforme flotan junto a él, los abraza, los suelta, busca otros. El flujo es fértil. Los Deslizadores sueñan en amigos y familiares de Clay, en su casa, en sus zapatos. Sueñan en el mismo Clay y lo lanzan flotando junto a él. Agitándose, retorciéndose, ronroneando, el grupo prende vagabundas imágenes que brotan del caldero y libera muchas cosas de otra época. Ofrecen a Clay las Cruzadas, las películas, el New York Times, la zona de experimentación de Eniwetok, el Ponte Vecchio, la Novena Sinfonía, el Templo del Santo Sepulcro, el sabor del tabaco y el Albert Memorial. El ritmo se intensifica. Los Deslizadores ahogan a Clay en recuerdos. Atestan el viscoso lago con fragmentos del pasado. Están fascinados, complacidos y aturdidos por todos los descubrimientos y murmuran, ¿qué es esto?, ¿quién fue ése?, ¿cómo se llama eso?, mientras rastrean.

—¿Te alegra volver a ver estas cosas? —musita alguien—. ¿Pensabas que era imposible recobrarlas?

Clay gime. El sueño ha durado demasiado.

El final. Los oníricos regalos se esfuman. Al azar, Clay coge a Ninameen y la aprieta hasta que el espasmo de terrorífico desplazamiento agota su fuerza.

—¿Estás asustado? —pregunta ella—. ¿Preocupado? ¿Triste?

17

Un día y una noche, un día y una noche y un día y el grupo penetra en un terreno de bosques y ríos, abrupto y quebrado, patrullado por bestias. Ciertas normas parecen muy queridas por la evolución. Clay ve algo que casi es un alce, aunque está coronado por un arbusto de verdes flores en lugar de astas. Ve un cuasioso, panzudo y carrilludo, raro únicamente por su dorso lleno de púas. Ve planas colas que golpean el agua, y piensa en castores, aunque sus poseedores tienen largos, serpentinos cuellos. Llama a un montículo de brillantes púas creyendo que es un puerco espín, a un centelleo de dientes y cola suponiendo que es un lince, a un temblor de largas orejas y cremosa piel imaginando que es conejo. Hay además muchos animales a los que Clay no encuentra parecido con las zoologías de tiempos pasados: un errante montón de peluda carne con cinco trompas equidistantes en su contorno, un ser azul y vertical que camina dando brincos apoyado en una sola y correosa pierna, un ave que no vuela con patas de gallo y hocico de cocodrilo, un escamoso reptil desprovisto de patas con tres cuerpos de serpiente unidos paralelamente y muchos más. Al proseguir la marcha, el tiempo empeora, cosa que asombra a Clay, porque el clima del lugar es claramente otoñal y él se ha acostumbrado a un mundo sin estaciones y zonas climáticas. Un frígido viento sopla hacia ellos. Marchitas hojas reciben los latigazos del crujiente viento. La luz solar es débil, sofocada. Los ruidos son más bruscos. Gruesos nubarrones abruman el horizonte.

—Estamos cerca de otro lugar desagradable —explica Hanmer.

—¿Cuál?

—Se llama Hielo.

El paraje llamado Hielo se presenta con enorme brusquedad. Una espesa cortina de apretados árboles con abultadas agujas azules, como las de un abeto canceroso, delimita la frontera entre el bosque y la espantosa zona. Los marchantes atraviesan estos árboles y salen al eterno invierno. Este incongruente fragmento de la vieja Antártida es igual que una mota de lepra en una tierna mejilla, podría decirse que está argamasado en un orbe más benévolo. Reina la blancura. Es un lugar que atonta, que deslumbra. El furioso resplandor punza los ojos de Clay y éste vuelve la cabeza.

—¿Estás segura de que no viniste a este lugar y lo confundiste con Muerte? —dice a Serifice.

—La muerte era mucho más blanca —replica ella—. Y ni con mucho tan fría.

Fría, Sí. Una criatura desnuda ante las furias polares. Clay se helará. Se convertirá en un pilar de hielo, con los ojos abiertos todavía, los labios muy apretados, los órganos genitales transformados en carámbanos.

—¿Debemos proseguir?

Hay límites. ¿Dónde encontrará él protección? El hielo es apretado y liso, una sábana sobre la tierra, con un terrible lustre que le da vida. Negras rocas, agrietadas y con colmillos, sobresalen del terreno. Hay estruendos y crujidos subterráneos, como ruidos de ocultos cañones. Clay oye los alaridos de parto de las hendeduras. Pero Hanmer se adentra en el hielo y los demás le siguen. También Clay. Dolorido. Congelado. La luz solar juega con el hielo, brinca sobre él y lo fuerza nada más tocarlo: azul oscuro aquí, amarillo limón allá, y en aquellos salientes el tinte es rojo, el matrimonio de sangre y luz. En el helado silencio entre sonidos subterráneos, masas de niebla envuelven a los viajeros y Clay, si bien da la bienvenida a la blanda y lanuda envoltura, teme separarse de sus compañeros y perecer en el frígido yermo. Porque él sabe que está extrayendo calor de sus amigos. Ellos le nutren mientras se desarrolla la travesía.

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