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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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El esfuerzo no me iluminó.

El esfuerzo no me iluminó porque, en el fondo, yo mataba por capricho monetario, por gratificación biológica y para que el dolor me abandonara. Los nueve meses que siguieron a los Muldowney pasaron en un halo de confusión, y entonces incluso la exploración de mi memoria se volvió caprichosa, porque una pesadilla se materializaba en forma de ser humano vivo y yo tenía que matar para sobrevivir.

IV. El rayo cae dos veces

16

4 de enero de 1979

Me dirigía al norte por la U.S. 5 bajo una tormenta de nieve, con destino a Lake Geneva, Wisconsin, una población turística frecuentada todo el año. Andaba corto de dinero para el viaje, debido a que había equipado el Muertemóvil II para el invierno con neumáticos de nieve de primera, edredones de pluma para dormir y paneles de aislamiento que me habían salido caros, y mi reserva de dinero más cercana estaba en un banco del centro de Colorado. Mientras pasaba de Illinois a Wisconsin, contemplé los ventisqueros que se formaban y supe que a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino le esperaba una larga e intensa congelación.

Tomada la decisión, tuve una reunión de trabajo con «cautela» y con «preparación». Pensé en las patrullas de tráfico que recorrerían las carreteras para ayudar a conductores en dificultades y recordé ciertas muertes en Aspen, hacía tiempo, y lo difícil que resultaba estrangular o aporrear con las piernas atascadas en la nieve. Densos muros de abetos desnudos flanqueaban la carretera y los imaginé como receptáculos de puntas huecas ensangrentadas. Me vino la respuesta de disparar/robar/recuperar/enterrar. Detuve el coche en la cuneta y saqué el Magnum de su escondite debajo de la carrocería.

La nevada arreció y, hacia mediodía, empecé a preguntarme si debería buscar alojamiento o aparcar a la espera de que remitiera la tormenta. Estaba en el proceso de decidir qué haría cuando vi un Cadillac situado erráticamente en la parte izquierda de la autovía, con el morro salido y en peligro inminente de recibir un golpe de refilón.

Frené y guardé la 357 en la parte trasera de los pantalones, asegurándome de que la chaqueta ocultaba la culata. No había tráfico y crucé la calzada a la carrera hacia el Cadillac.

No había nadie dentro y vi un leve rastro de pisadas de una sola persona, ya medio cubiertas por la nieve que caía, que se dirigían a la cuneta derecha y seguían en dirección norte. Al acecho, volví al Muertemóvil y continué la marcha despacio, con un ojo en el espacio que conseguía despejar el limpiaparabrisas izquierdo y el otro en la cuneta.

Media hora más tarde, vi al hombre, que avanzaba trabajosamente con la nieve hasta los tobillos. Cuando oyó mi motor, se volvió y la nieve que tenía en la cabeza me hizo buscar a tientas la Polaroid.

Toqué el claxon y frené. El hombre agitó la mano frenéticamente en dirección a su presunto rescatador. Puse el freno de mano y los intermitentes y abrí la puerta del acompañante para observar a mi víctima.

Era de mediana edad y grueso, y su halo de opulencia en apuros desmerecía la encantadora corona de nieve que portaba. Entre jadeos, el hombre me dijo:

– Mi mujer no para de insistir en que compre un radiotransmisor y ahora comprendo por qué. -Señaló la Polaroid y añadió-: ¿Fotógrafo, eh? Dicen que son ustedes capaces de ir a donde sea por una instantánea, y ya no tengo ninguna duda de ello.

Saqué la 357 y le puse la boca del silenciador delante de la nariz. «¿Eh? ¿Pero qué…?», balbuceó el hombre. Sonreí y repliqué: «Sólo quiero tu dinero.»

Temblando, más de miedo que de frío, el tipo dijo que lo llevaba encima y oí el castañeteo de sus dientes. Le indiqué que se dirigiera hacia los abetos situados a unos diez metros de donde estábamos. Le dejé abrir la marcha y, cuando estaba a tres metros de una sólida barrera de troncos, le disparé dos tiros por la espalda.

El silenciador emitió un estampido amortiguado, el gordo voló hacia delante y me llegó el eco de la madera al astillarse. Puse el cronómetro a ocho minutos, para ser ultracauto, y conté despacio hasta veinte para que mi víctima tuviera tiempo de morir. Cuando estuve seguro de que no me molestaría con espasmos reflejos ni rociadas de sangre, lo agarré por los talones y lo arrastré hasta los árboles en los que era más probable que se hubieran alojado las balas. Cuando vi las puntas huecas incrustadas, una junto a la otra, en el tronco de un arbolillo joven, las saqué con los dedos y las guardé en el bolsillo de la chaqueta. Después, arrastré el cuerpo a través de un claro hasta un banco de nieve que ya tenía un metro de profundidad. No llevaba guantes, por lo que me cubrí las manos con las mangas para sacar la cartera del bolsillo interior de su chaqueta y extraer de ella un fajo de billetes de cien, veinte y diez, además de una colección de tarjetas de crédito. Guardé billetes y tarjetas en los bolsillos traseros del pantalón, me aparté del cuerpo, respiré profundamente y descolgué del hombro la Polaroid.

4.16 transcurridos.

Hice inventario de mi persona y toqué el Magnum, las balas disparadas y las tarjetas y billetes robados. Las huellas de pisadas y la sangre eran faits accomplis; la nieve que seguía cayendo no tardaría en cubrirlas. Bajé la vista al muerto y advertí que la corona de nieve le confería cierto aire de romántico de época, como si fuese un lechuguino de los tiempos de Beethoven que disimulaba su fealdad bajo una peluca empolvada. La idea me inspiró, y me incliné sobre el muerto para sacarle una foto, un primer plano de la parte posterior de la cabeza. La cámara expulsó el papel en blanco y, cuando apareció en él la imagen de la corona de nieve, guardé la foto en el bolsillo delantero, le di la vuelta al cuerpo y tomé otra instantánea de su máscara mortuoria, con los ojos saltones y la boca ensangrentada. Mi memoria centelleó y, con seis minutos por delante, eché nieve sobre el cuerpo hasta que quedó cubierto con un montículo de prístina blancura. Cuando hube terminado el trabajo, estudié la cara de la foto mientras volvía al Muertemóvil.

Después de guardar de nuevo el 357 en su compartimento de seguridad, continué el viaje. Coloqué las fotos en el salpicadero, donde pudiera verlas contra la nieve/peluca empolvada. Avancé despacio, sin apartarme del carril derecho, e imaginé a la madre naturaleza borrando mi rastro del escenario del crimen. La tormenta alcanzaba proporciones de ventisca y me di cuenta de que sería imposible llegar a Lake Geneva antes de medianoche; pronto tendría que buscar abrigo. El limpiaparabrisas apenas conseguía apartar el polvo que chocaba con el cristal y, cuando llegué a una larga curva en forma de S, tuve que detenerme y bajar a despejarlo con las manos.

Entonces vi el control de carreteras.

Estaba a sesenta metros de distancia y al momento comprendí que no podía ser por mí: había matado al gordo limpiamente, hacía ya una hora y media, y si me hubieran identificado como el asesino, la policía ya habría hecho un movimiento de aproximación. Por dentro, me tensé como un tambor. Limpié el parabrisas con la manga, volví al volante y, haciendo pedazos las fotos de muerte, las arrojé a la nieve por la puerta del acompañante. Me acordé de las balas y las tarjetas de crédito que llevaba en el bolsillo y me deshice de ellas también. Después, entré una marcha y me aproximé al puesto de control.

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