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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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– ¿Pero ha muerto?

– Sí.

– Gracias por decírmelo.

Brunetti fue en busca de Griffoni.

Capítulo 15

Los astilleros, las industrias petroquímicas y demás fábricas que plagaban el paisaje de Marghera habían cautivado la imaginación de Brunetti desde niño. Durante unos dos años -él tendría entre seis y ocho-, su padre había trabajado de mozo de almacén en una fábrica de pinturas y disolventes. Brunetti recordaba aquel período como uno de los más tranquilos y felices de su infancia, porque su padre tenía trabajo fijo y estaba orgulloso de poder mantener a su familia con su salario.

Pero llegaron las huelgas, y su padre no fue readmitido. Entonces cambiaron las cosas y se acabó la paz del hogar, pero durante varios años su padre se mantuvo en contacto con algunos de sus antiguos compañeros. Brunetti aún recordaba a aquellos hombres, lo que contaban de su trabajo y de unos y otros, el humor bronco, los chistes y la infinita paciencia con que trataban a su padre, de genio inestable y volátil. El cáncer se los había llevado a todos, como a tantas de las personas que trabajaban en las fábricas que habían brotado al borde de aquella laguna, de aguas tan hospitalarias como, ay, desprotegidas.

Hacía años que Brunetti no había estado en aquella zona industrial, aunque los penachos de sus chimeneas formaban el invariable telón de fondo del panorama que contemplaba todo el que llegaba a Venecia por barco. Algunos de los más altos se veían a veces desde la terraza de Brunetti. Siempre lo había sorprendido su blancura, sobre todo, por la noche, cuando el humo formaba bellas volutas bajo un cielo de terciopelo. Aquel humo parecía inofensivo, puro: a Brunetti le hacía pensar en nieve, en vestidos de primera comunión, en novias. En osamenta.

Desde hacía años, fracasaban todas las tentativas para cerrar las fábricas, la mayoría de las veces, a causa de las violentas protestas de los hombres cuyas vidas habrían podido salvarse o, por lo menos, prolongarse con su clausura. Si un hombre no puede mantener a su familia, ¿puede seguir considerándose hombre? El padre de Brunetti pensaba que no, y hasta ahora Brunetti no había podido comprender por qué su padre pensaba eso.

Cuando subían al coche que los esperaba en Piazzale Roma, Brunetti empezó a informar a Griffoni de la conversación con Guarino y de la llamada telefónica que ahora los llevaba a Marghera. Cruzaron el puente con una serie de maniobras que sólo el conductor hubiera podido explicar y giraron hacia las fábricas. Cuando llegaron a la entrada principal, la comisaria ya estaba al corriente de los hechos.

Un guarda uniformado salió de una garita y levantando una mano les indicó que pasaran, como si estuviera acostumbrado a ver por allí coches de policía. Brunetti dijo al conductor que parara y preguntara al guarda dónde estaban los otros. El hombre señaló hacia la izquierda, dijo que fuera en línea recta, cruzara tres puentes y, después de un edificio rojo, torciera a la derecha. Desde allí verían los otros coches.

El conductor siguió las indicaciones y, al doblar la esquina del edificio rojo, que se levantaba aislado en un cruce, vieron, en efecto, varios vehículos, entre ellos, una ambulancia con luces que parpadeaban. Más allá estaba un grupo de personas mirando en sentido contrario. A partir de allí, el pavimento de la calle estaba agrietado y desigual. Al otro lado de los coches, Brunetti vio cuatro enormes depósitos metálicos de fuel, dos a la izquierda y dos a la derecha. En varios puntos, las paredes estaban corroídas por el óxido. En la parte superior de uno de ellos se había recortado un cuadrado y el metal se había doblado hacia afuera, a modo de ventana o puerta. En torno a los depósitos el terreno estaba cubierto de papeles y bolsas de plástico. No crecía ni una brizna de hierba.

El conductor detuvo el coche a poca distancia de la ambulancia. Brunetti y Griffoni se apearon. Las cabezas, que no se habían vuelto con el sonido del motor, se volvieron con el chasquido de las puertas.

Brunetti conocía a uno de los carabinieri, con el que había trabajado años atrás, aunque entonces era teniente. ¿Rubini? ¿Rosato? Finalmente, recordó: Ribasso, y dedujo que a él pertenecía la voz que no había reconocido por teléfono.

Al lado de Ribasso estaba otro hombre con idéntico uniforme y dos hombres y una mujer cuyos trajes de papel blanco los identificaban como el equipo de criminalística. Al lado de la ambulancia, estaban dos sanitarios y, entre los dos, una camilla plegada, apoyada en el vehículo. Ambos fumaban. Ahora todos observaban la llegada de Brunetti y Griffoni.

Ribasso se adelantó y tendió la mano a Brunetti diciendo:

– Me pareció reconocerlo por teléfono, pero no estaba seguro -sonreía y no dijo más acerca de la llamada.

– Quizá veo demasiadas películas de polis duros por la tele -respondió Brunetti, que raramente veía televisión, a modo de explicación, o disculpa.

Ribasso le dio una palmada en el hombro y se volvió para saludar a Griffoni, llamándola por el nombre. Los demás, guiándose por la actitud de Ribasso, saludaron a los recién llegados inclinando la cabeza y dejaron espacio para que ambos pudieran unirse al grupo.

El cadáver de un hombre yacía boca arriba en el suelo, a unos tres metros de distancia, en el centro de un espacio delimitado por una cinta de plástico roja y blanca, sujeta a una serie de finas barras metálicas. De no haber visto la foto, Brunetti no habría podido reconocer a Guarino desde esta distancia. Le faltaba parte de la mandíbula y lo que quedaba de la cara estaba vuelto hacia otro lado. La chaqueta era de color oscuro, por lo que en ella no destacaba la sangre; pero no era así en la camisa.

Pequeñas costras de barro estaban adheridas al pantalón, a la altura de las rodillas y al hombro derecho de la chaqueta y hebras de lo que parecía fibra de plástico, a la suela del zapato derecho. Se veían huellas de pisadas en el barro helado alrededor del cuerpo, superpuestas, destruyéndose unas a otras.

– Está boca arriba -fue lo primero que dijo Brunetti.

– Exactamente -respondió Ribasso.

– ¿De dónde lo habrán traído?

– No lo sé -dijo Ribasso, sin disimular el mal humor-. Los muy idiotas han estado pisoteando por ahí antes de llamarnos.

– ¿Qué idiotas? -preguntó Griffoni.

– Los que lo han encontrado -dijo Ribasso, furioso-. Dos hombres de un camión que traía tubos de cobre. Se habían perdido y han girado por esa calle -dijo señalando el lugar por donde habían venido Brunetti y Griffoni-. Ya iban a dar la vuelta cuando lo han visto en el suelo y se han acercado.

Brunetti dedujo parte de lo ocurrido después, a la vista de la cantidad de huellas de pies impresas en el barro alrededor del cadáver y de los dos hoyos que había dejado uno de los hombres al arrodillarse a su lado.

– ¿Podría ser que le hubieran dado la vuelta? -preguntó Griffoni, aunque por su tono de voz no parecía creerlo así.

– Han asegurado que no -fue lo más que pudo decir Ribasso-. Y no parece que sea el caso, aunque, con lo que han estado andando alrededor, han destruido todas las huellas.

– ¿Lo han tocado? -preguntó Brunetti.

– Según ellos, no lo recordaban -el desagrado de Ribasso era audible-. Pero al llamar han dicho que el muerto era un carabiniere, o sea que han tenido que sacarle la cartera del bolsillo.

– ¿Usted lo conocía? -preguntó Brunetti.

– Sí -respondió Ribasso-. Es más, yo le dije que fuera a hablar con ustedes.

– ¿Acerca del hombre al que están buscando?

– Sí -y, tras una pausa-: Creí que le ayudarían.

– Lo intenté -dijo Brunetti, volviéndose de espaldas al cadáver.

La mujer de criminalística, que parecía ser la jefa del equipo, llamó a Ribasso, que se acercó a ella y ambos intercambiaron unas palabras. El capitán hizo una seña a los camilleros y les dijo que podían llevar el cuerpo al depósito del hospital.

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