La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– ¿Si la secuestran a usted?
La sorpresa de la mujer fue sincera.
– ¿Quién iba a querer secuestrarme a mí? -como si oyera sus propias palabras, añadió rápidamente-: Yo pensaba en Matteo, su hijo. Es el heredero -entonces, encogiéndose de hombros con un gesto que a Brunetti le pareció de modestia, añadió-: También está su ex esposa. Es muy rica y tiene una finca en el campo, cerca de Treviso.
– Me parece que ha pensado mucho en esto, signora -dijo Brunetti con ligereza.
– Naturalmente. Pero no sé qué pensar. Yo no entiendo de estas cosas, por eso he venido a verle, comisario.
– ¿Porque son mi especialidad? -preguntó él sonriendo.
Su tono tuvo el efecto de disipar la tensión que ella iba acumulando y hacer que se relajara visiblemente:
– Podríamos decirlo así -respondió ella con una risa breve-. Supongo que necesitaba que una persona de confianza me dijera que no tengo por qué preocuparme.
Era una súplica: Brunetti no habría podido desoírla ni aun proponiéndoselo. Afortunadamente, tenía una respuesta que darle:
– Signora, como ya le he dicho, no soy perito en la materia e ignoro la forma en que opera la Guardia di Finanza. Pero creo que, en este caso, la respuesta a la pregunta de quién ha intentado entrar en los archivos es la más obvia, y que puede ser la Finanza. -Incapaz de mentir directamente, Brunetti no pudo sino tratar de decirse a sí mismo que podría ser la Finanza.
– ¿ La Finanza? -preguntó ella en el tono de voz del paciente que recibe el diagnóstico menos malo.
– Eso creo. Sí. No sé nada de las transacciones de su esposo, pero estoy seguro de que estarán protegidas contra toda intromisión salvo la del más consumado especialista.
Ella movió la cabeza negativamente y se encogió de hombros en señal de ignorancia. Brunetti prosiguió, eligiendo cuidadosamente las palabras:
– Sé por experiencia que los secuestradores no son personas sofisticadas sino que suelen actuar impulsivamente -observó que ella seguía sus palabras con suma atención-. Las únicas personas que podrían hacer algo semejante deberían poseer la técnica que les permitiera superar las barreras de protección instaladas en las empresas de su esposo -sonrió y se permitió un ligero resoplido irónico-. Confieso que es la primera vez en toda mi carrera que me complace decir a alguien que ha sido objeto de investigación de la Finanza.
– Y la primera vez en la historia de este país en la que alguien se alegra de oírlo -concluyó ella, y ahora rió. En su cara reaparecieron las manchas rojas que Brunetti había visto a su llegada, provocadas por el frío, y comprendió que ahora se había ruborizado.
La signora Marinello se puso en pie rápidamente, se inclinó a recoger el bolso y tendió la mano.
– No sé cómo darle las gracias, comisario -dijo reteniendo la mano de él en la suya mientras hablaba.
– Su esposo es un hombre afortunado -dijo Brunetti.
– ¿Por qué? -preguntó ella, y Brunetti la creyó sincera.
– Por tener a alguien que se preocupa tanto por él.
La mayoría de las mujeres habrían recibido el cumplido con una sonrisa o con un gesto de falsa modestia. Ella, por el contrario, se retrajo y le lanzó una mirada de una intensidad casi feroz.
– Él es mi única preocupación, comisario -volvió a darle las gracias, esperó a que él sacara sus cosas del armadio y salió del despacho sin esperar a que Brunetti le abriera la puerta.
Brunetti ocupó su sitio habitual detrás de la mesa, resistiéndose a la tentación de llamar a la signorina Elettra para preguntarle si su incursión en los ordenadores de las empresas del signor Cataldo podía haber sido detectada. Tendría que explicar la razón de su curiosidad, y prefería no hacerlo. No había mentido: era mucho más probable una indagación de la Finanza que el intento de un hipotético secuestrador de obtener información acerca de la fortuna de Cataldo. Ahora bien, era mucho menos probable la incursión de la Finanza que la que él había pedido que practicara la signorina Elettra, pero no le parecía que esta información hubiera tranquilizado a la signora Marinello. Tenía que encontrar la manera de advertir a la signorina Elettra de que su hábil mano había vacilado mientras se hallaba dentro de los sistemas informáticos de Cataldo.
Si bien era comprensible que una mujer se preocupara al enterarse de que alguien husmeaba en los negocios de su marido, a Brunetti le parecía que su reacción era exagerada. Su conversación durante aquella cena era la de una mujer inteligente y equilibrada; su respuesta a la incursión en los datos informáticos de su marido revelaba a una persona totalmente diferente.
Al fin, Brunetti decidió que estaba dedicando mucho tiempo y energía a algo que no tenía relación con ninguno de sus casos en curso. Para despejar la mente antes de volver al trabajo, lo mejor sería salir a tomar un café o, quizá, un'ombra.
Al verle entrar, Sergio, en lugar de saludarle con su sonrisa habitual, entornó los ojos y movió ligeramente la barbilla hacia la derecha, en dirección a una de las mesas del lado de la ventana. En la última, Brunetti distinguió la cabeza de un hombre que estaba sentado de espaldas a éclass="underline" cráneo estrecho y pelo corto. Desde su ángulo de observación, veía, frente al hombre, el contorno de otra cabeza, más ancha y con el pelo más largo. Reconoció la forma de las orejas, dobladas hacia abajo por la presión de una gorra de policía: Alvise, lo que permitía identificar al que estaba de espaldas como el teniente Scarpa. Ah, adiós a la idea de que Alvise pudiera volver al redil y ser uno más entre sus compañeros.
Acercándose a la barra, Brunetti movió la cabeza de arriba abajo casi imperceptiblemente y pidió un café. Algo debió de ver Scarpa en la expresión de Alvise, que le hizo volverse. El rostro del teniente permaneció impasible, pero Brunetti vio en el de Alvise algo más que sorpresa, ¿culpa, quizá? La cafetera siseó y una taza y un platillo se deslizaron rechinando en el zinc del mostrador.
Nadie habló. Brunetti saludó a los dos hombres con un movimiento de la cabeza, se volvió hacia la barra y rasgó la bolsita del azúcar. Echó el azúcar en el café y lo removió lentamente, pidió el periódico a Sergio y abrió Il Gazzettino sobre el mostrador, a su lado. Se puso a leer, decidido a esperar acontecimientos.
Miró la primera plana, que hacía referencia al mundo externo a Venecia y pasó directamente a la siete, falto de energía mental -y de estómago- para soportar las cinco páginas de chachara -no se le podía llamar información- política. Hacía cuarenta años que aparecían las mismas caras, pasaban las mismas cosas, se hacían las mismas promesas, con mínimas variaciones en la tipografía y los titulares. Las solapas de las americanas se estrechaban o ensanchaban según la moda, pero en el comedero estaban siempre los mismos guías de la manada. Se oponían a esto y a lo otro y, con su esfuerzo abnegado y altruista, prometían hacer caer al actual gobierno. ¿Y para qué? ¿Para que al año siguiente, mientras él tomaba café en el bar, leyera las mismas palabras, pronunciadas por la nueva oposición?
Casi sintió alivio al volver la página. La mujer convicta de infanticidio seguía en su casa, proclamando su inocencia por boca de un nuevo equipo de abogados. ¿Y a quién creía ahora responsable del asesinato de su hijo, a los extraterrestres? Más flores en la curva de la carretera en la que otros cuatro adolescentes habían muerto la semana anterior. Más basura acumulada en las calles del extrarradio de Nápoles. Otro trabajador aplastado por una máquina en su puesto de trabajo. Otro juez trasladado de la ciudad en la que había abierto una investigación de un ministro del Gobierno.