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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Volvió a la mesa, miró el plan de servicio y vio que Alvise estaría toda la semana en el pupitre de la entrada. Hizo un cambio y lo envió de patrulla con Riverre.

Por fin llegó la hora de marchar. Decidió ir andando, pero le pesó su decisión al entrar en Borgoloco San Lorenzo y sentir un viento helado que le hizo echar de menos la bufanda que había dejado en el armadio. En Campo Santa Maria Formosa, el viento amainó, pero las salpicaduras de la fuente, heladas en el pavimento, hicieron que aumentara su sensación de frío.

Cortó en dirección a San Lio por la iglesia y el paso subterráneo y salió al campo donde el viento estaba esperándolo, como lo esperaba también el conte Orazio Falier, con el cuello bien abrigado en una bufanda color de rosa que pocos hombres de su edad se atreverían a ponerse.

Los dos hombres se saludaron con un beso, hábito adquirido con los años, y el conte se asió del brazo de Brunetti dando la espalda a la estatua de Goldoni, camino de Ponte del'Ovo.

– Hablame de ese cuadro -dijo Brunetti.

El conte saludó con un movimiento de la cabeza a un transeúnte y se paró a estrechar la mano de una mujer mayor que a Brunetti le resultaba familiar.

– No es nada de particular, una cara que tiene algo que me gusta.

– ¿Dónde lo has visto?

– En la galería de Enzo. Ya hablaremos allí -respondió el conte saludando a una pareja mayor.

Camino de Campo San Luca, pasaron por delante del bar que había sustituido a Rosa Salva, cruzaron los puentes y bajaron hacia lo que se había hecho con La Fenice. Frente al teatro, torcieron a la izquierda, por delante de Antico Martini, lamentando que no fuera hora de comer, y entraron en la galería situada al pie del puente. Enzo, antiguo conocido de ambos agitó una mano hacia los cuadros de la pared, invitándolos a contemplarlos, y siguió leyendo un libro.

Su suegro lo llevó hasta un retrato que Brunetti atribuyó a la escuela veneciana del siglo xvi. El cuadro, de no más de sesenta por cincuenta centímetros, representaba a un joven barbudo con la mano derecha puesta sobre el corazón, en una actitud un tanto afectada, y la izquierda descansando en un libro abierto, mientras contemplaba al espectador con mirada inteligente. Sobre su hombro derecho, una ventana mostraba un paisaje montañoso que sugirió a Brunetti que el pintor podía ser de Conegliano, quizá de Vittorio Véneto. La hermosa cara del modelo estaba pintada sobre el fondo de una cortina marrón oscuro con la que destacaba el alto cuello blanco de la camisa que llevaba bajo una prenda de color rojo y un jubón negro. Otros motivos blancos eran los puños de encaje, muy bien pintados, al igual que la cara y las manos.

– ¿Te gusta? -preguntó el conte.

– Mucho. ¿Sabes algo de él?

Antes de responder, su suegro se acercó al cuadro y señaló el escudo que aparecía sobre el hombro derecho de la figura. Con el dedo en el aire, se volvió hacia Brunetti y preguntó:

– ¿Te parece que esto pudo pintarse después?

Brunetti retrocedió un paso, para ampliar la perspectiva. Levantó una mano tapando el escudo y observó que las proporciones mejoraban. Contempló el retrato un momento y dijo:

– Creo que sí. Pero no lo habría notado si no me lo dices.

El conte hizo un sonido de asentimiento.

– ¿Qué crees que pasó? -preguntó Brunetti.

– No estoy seguro. No hay manera de averiguarlo. Pero imagino que debieron de concederle un título cuando el retrato ya estaba hecho y él lo llevó al pintor para que le añadiera el escudo.

– Como quien antedata un cheque o un contrato, ¿no? -dijo Brunetti, observando con interés cómo la inclinación al engaño se mantenía constante a lo largo de los siglos-. Será que en el delito no existen las modas.

– ¿Es tu manera de llevar la conversación hacia Cataldo? -preguntó el conte, y añadió rápidamente-: Hablo en serio, Guido.

– No -dijo Brunetti, con ecuanimidad-. Sólo he podido averiguar que es rico. Ningún indicio de delito -miró a su suegro-. ¿Sabes tú algo más?

El conte se fue hacia un lado para mirar otro cuadro, un retrato a tamaño natural de una mujer de cara redonda, cubierta de alhajas y brocado.

– Lástima que la modelo sea tan basta -dijo mirando a Brunetti-. El cuadro está bien pintado, lo compraría en el acto. Pero no soportaría tener en casa a esa mujer -extendió la mano y materialmente arrastró a Brunetti hasta ponerlo delante del cuadro-. ¿Podrías soportarla tú?

Brunetti sabía que el concepto de la belleza y de la armonía de las formas cambia con los tiempos, por lo que la figura de la mujer podía haber sido atractiva para un amante o un marido del siglo xvn. Pero su cara de porcina glotonería tenía que resultar repulsiva en cualquier época. La piel le relucía de grasa, no de salud; los dientes, aunque blancos y simétricos, eran los de una carnívora insaciable; en los pliegues de las rollizas muñecas se adivinaba mugre incrustada. El vestido, del que emergía el busto, más que cubrir sus carnes parecía tener la función de impedir que se desparramaran.

No obstante, según había observado el conte, la ejecución del retrato era magistral, con unas pinceladas que habían captado el brillo de los ojos, el esplendor de la rubia cabellera y hasta la fastuosidad del rojo brocado del vestido de excesivo escote.

– Es un cuadro sorprendentemente moderno -dijo el conte, llevando a Brunetti hacia dos sillones tapizados de terciopelo que podrían haber sido hechos para acomodar a miembros de la alta clerecía.

– A mí no me lo parece -dijo Brunetti, sorprendido de lo cómodo que era el formidable sillón-. De moderno no tiene nada.

– Representa el consumismo -dijo el conte agitando la mano hacia la pintura-. Fíjate en su corpulencia y piensa en la cantidad de comida que ha tenido que ingerir para crear toda esa masa de carne, para no hablar de lo que habrá de tragar para mantenerla. Y fíjate en el color de las mejillas: le gusta el vino. Imagina también la cantidad. Y ese brocado. ¿Cuántos gusanos de seda tuvieron que morir para la confección de ese vestido y ese manto, y para la tapicería del sillón? Fíjate en las joyas. ¿Cuántos hombres perecieron en las minas para extraer ese oro? ¿Y el rubí de la sortija? Mira el frutero de la mesa que está a su lado. ¿Quién cultivó esos melocotones? ¿Quién fabricó la copa que está junto al frutero?

Brunetti miraba ahora el cuadro desde esta nueva óptica, viendo en él la manifestación de la riqueza que alimenta el consumo y, a su vez, es alimentada por él. El conte tenía razón: podía interpretarse de esta manera, pero también podía verse en él una muestra de la maestría del pintor y de los gustos de su época.

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