La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Brunetti se puso en pie, haciendo lo posible por mostrarse contrariado y remiso.
– Está bien, vicequestore, pero pienso que…
– Lo que usted piense no importa, comisario. He dicho que quiero que vayan ustedes dos. Y allí su deber es hacer que ese capitán se entere de quién está al mando.
El buen juicio impidió a Brunetti seguir poniendo objeciones: a veces, hasta Patta era capaz de advertir lo evidente.
– Bien -se limitó a decir. Y, ya en tono resuelto, preguntó-: ¿Desde dónde llamaba ese hombre exactamente?
– Ha dicho que estaba en el complejo petroquímico de Marghera.
– Le daré su número y usted le llama y pregunta el sitio -dijo Patta. Tomó el telefonino que estaba junto al calendario de sobremesa y que Brunetti no había visto hasta aquel momento. Lo abrió con indolente soltura. Patta, por supuesto, poseía el modelo más reciente y estilizado. El vicequestore se negaba a utilizar el BlackBerry que le había entregado el Ministerio del Interior, aduciendo que no quería convertirse en esclavo de la tecnología, aunque Brunetti sospechaba que la verdadera razón era que temía que le deformara la americana.
Patta oprimió varias teclas y, bruscamente, sin decir nada, tendió el móvil a Brunetti. La cara de Guarino ocupaba la pequeña pantalla. Tenía los hundidos ojos abiertos, pero vueltos hacia un lado, como si lo violentara que alguien pudiera verlo allí tendido, tan indiferente a la vida. Patta había dicho que tenía la mandíbula dañada; habría sido más exacto decir destrozada. Pero la cara angulosa y las sienes grises eran inconfundibles. Ya no encanecería más, pensó Brunetti de pronto, ni llegaría a llamar a la signorina Elettra, si tal era su intención.
– ¿Y bien? -preguntó Patta, y poco faltó para que Brunetti le contestara a gritos, porque le parecía ociosa la pregunta siendo la víctima tan fácilmente reconocible.
– Yo diría que es él -se limitó a responder el comisario. Cerró el móvil y lo devolvió a Patta. Pasó un largo momento, durante el cual Brunetti observó cómo Patta borraba de su cara todo lo que no fuera afabilidad y noble afán de colaboración. Similar transformación advirtió en su voz cuando su superior empezó a hablar.
– He decidido que lo más pertinente será decirles que él estuvo aquí.
Como un atleta olímpico en una carrera de relevos, Brunetti trataba de acercarse al hombre que iba delante y extendía la mano para tomar el testigo, mientras ambos corrían a toda velocidad, a fin de que el otro frenara la marcha y, finalmente, dejara la carrera.
Brunetti temía que Patta pulsara «responder» y le pasara el móviclass="underline" no estaba seguro de ser dueño de sí. Quizá Patta se dio cuenta. Lo cierto es que el vicequestore volvió a abrir el teléfono, se acercó una hoja de papel, anotó el número de la llamada y pasó el papel a Brunetti.
– No recuerdo el nombre, pero es capitán.
Brunetti tomó el papel y leyó varias veces el número. En vista de que el vicequestore no tenía nada que añadir, se levantó y fue hacia la puerta diciendo:
– Le llamaré.
– Bien. Manténgame informado -dijo Patta con una voz en la que se percibía el alivio por haber pasado la papeleta a Brunetti con tanta habilidad.
Una vez arriba, Brunetti marcó el número. Después de sólo dos señales, contestó una voz de hombre.
– ¿Sí?
– Respondo su llamada al vicequestore Patta -dijo Brunetti con voz neutra, decidiendo mencionar la categoría de Patta por si acaso-. Alguien ha llamado desde ese número al vicequestore y ha enviado una foto -hizo una pausa, pero no le llegó de la otra parte señal de confirmación o curiosidad-. El vicequestore Patta me ha mostrado la foto del cadáver de un hombre al que, por lo que me ha dicho él, han matado en nuestra demarcación -prosiguió Brunetti con su voz más oficiosa-. El vicequestore me ha encargado que me persone ahí y le informe.
– No es necesario -dijo el otro hombre fríamente.
– No estoy de acuerdo -respondió Brunetti con igual frialdad-. Por eso voy.
Tratando de adoptar el tono del que sólo pretende cumplir con su obligación, el hombre dijo:
– Tenemos una identificación positiva. Hemos reconocido en el hombre a un compañero que trabajaba en uno de los casos que estamos investigando.
Como si el otro hombre no hubiera hablado, Brunetti dijo:
– Si me dice dónde están, iremos ahora mismo.
– No es necesario. Ya le he dicho que el cadáver ha sido identificado -esperó un momento y añadió-: Me temo que el caso es nuestro.
– ¿Y quiénes son ustedes?
– Los carabinieri, comisario. Guarino estaba en la ÑAS, lo cual considero que duplica nuestra autoridad para investigar.
Brunetti dijo tan sólo:
– Esto podemos preguntarlo a un magistrado.
Tablas.
Brunetti esperó, seguro de que el otro hacía lo mismo. La espera era la táctica que había empleado con Guarino y con Patta, y entonces pensó en el mucho tiempo que en su vida profesional había invertido en sus esperas.
Seguía sin llegar sonido alguno desde el otro lado. Brunetti cortó la comunicación. Naturalmente que Guarino tenía que estar en la ÑAS, ¿y quién podía acordarse del significado de tantas siglas? Nuclei Antisofisticazione, sección de los carabinieri encargada de hacer cumplir las leyes medioambientales. Brunetti pensó en las imágenes de las calles de Nápoles llenas de basura, a las que enseguida se superpuso el recuerdo de la foto de Guarino.
Marcó el número de Vianello, y le contestó un agente que dijo que el inspector había salido. Brunetti lo llamó al telefonino, pero estaba apagado. Entonces marcó el número de la comisaria Griffoni y le dijo que tenían que ir a la escena de un crimen en Marghera, y que por el camino le explicaría. Al bajar, entró en el despacho de la signorina Elettra.
– ¿Sí, comisario? -preguntó ella.
No parecía buen momento para decirle lo de Guarino, pero nunca es buen momento para dar la noticia de una muerte.
– Me han dado una mala noticia, signorina -dijo.
La sonrisa de la joven tembló.
– Esta mañana, el vicequestore Parta ha recibido una llamada -empezó. Brunetti espió la reacción de ella a su empleo del título de Patta, señal de mal agüero-. Un capitán de carabinieri le ha comunicado que el hombre que estuvo aquí esta semana, el maggiore Guarino, ha muerto. De un disparo.
Ella cerró los ojos un momento, tiempo suficiente para ocultar la emoción que ello pudiera causarle, pero no para impedir que se notara que la había sentido.
Antes de que la joven pudiera preguntar, él prosiguió:
– Han enviado una foto, y querían saber si él había venido a hablar con nosotros.
– ¿Era él realmente?
– Sí -la verdad era lo más piadoso.
– Lo siento mucho -fue todo lo que pudo decir.
– Yo también. Parecía un hombre honrado, y Avisani respondió por él.
– ¿Tuvo que buscar a alguien que respondiera por él? -preguntó ella en un tono que parecía buscar la ocasión de descargar la cólera.
– Si había de fiarme de él, sí. Yo ignoraba en qué estaba involucrado ni qué buscaba -quizá irritado por la actitud de ella, añadió-: Y todavía lo ignoro.
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que no sé si la historia que me contó es cierta o no, y eso significa que no sé por qué el hombre que ha llamado estaba interesado en averiguar por qué había venido aquí el maggiore.