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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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La Pimpinela Escarlata. Trató de recordar los versos que se referían a los que trataban de encontrarlo y destruirlo: «Lo buscan por aquí, lo buscan por allá, los franceses lo buscan por doquier.»¿O era un símil mejor la Hidra de Lerna, indestructible a causa de su infinidad de cabezas? Brunetti recordaba el alborozo con que la prensa había celebrado los arrestos de Riina, Provenzano y Lo Piccolo, con la sugerencia, repetida hasta la saciedad, de que, finalmente, el Gobierno había triunfado en su larga batalla contra el crimen organizado. Como si la muerte del presidente de la General Motors o la British Petroleum pudiera provocar la caída de estos monolitos. ¿Ignoraba la gente que existían los vicepresidentes?

Si acaso, el arresto de los dinosaurios abría paso a hombres más jóvenes, con estudios universitarios, más aptos para dirigir sus organizaciones como las corporaciones multinacionales en las que se habían convertido. Y Brunetti no podía olvidar que el arresto de dos de aquellos hombres se había producido por la misma época del indulto, aquel benéfico movimiento de la varita mágica judicial, que había puesto en libertad a más de veinticuatro mil criminales, muchos de ellos, soldados de a pie de la Mafia. Ah, qué acomodaticia puede ser la ley, en manos de quienes saben sacar de ella el mejor partido.

Capítulo 16

Brunetti decidió que sería conveniente hablar con Patta acerca de Guarino, pero el guardia de la entrada le dijo que el vicequestore había salido hacía una hora. Aliviado, subió a su despacho y llamó a Vianello. Cuando llegó el inspector, Brunetti le informó del viaje a Marghera, donde había visto el cadáver de Guarino, tendido de espaldas.

– ¿Desde dónde lo habían trasladado? -preguntó Vianello inmediatamente.

– Imposible averiguarlo. Los que lo han encontrado han estado andando alrededor como si estuvieran de picnic.

– Qué conveniente -observó Vianello.

– Antes de que te pongas a pensar en conspiraciones… -empezó Brunetti, que ya pensaba en ellas, cuando Vianello le interrumpió:

– ¿Tú te fías de ese Ribasso?

– Creo que sí.

– Pues no parece lógico que no le dijeras que sabes el nombre del hombre de la foto que te enseñó Guarino.

– Es la costumbre.

– ¿La costumbre?

– O prurito jurisdiccional.

– Hay mucho de eso por ahí -observó Vianello-. Nadia dice que es por las cabras.

– ¿Qué cabras? ¿Qué pintan las cabras en esto?

– Verás, en realidad es cuestión de la herencia, a quién dejamos las cabras, quién se queda con ellas cuando nos morimos.

¿Vianello había perdido el juicio de repente o acaso Nadia cultivaba algo más que flores en el jardín de atrás del apartamento?

– Te agradeceré que me lo expliques de manera que yo pueda entenderlo, Lorenzo -dijo Brunetti, agradeciendo el inciso.

– Ya sabes que Nadia lee, ¿verdad?

– Sí -respondió Brunetti, a quien este verbo hizo pensar en otra mujer que también leía.

– Resulta que está leyendo una introducción a la antropología o algo por el estilo. Quizá sociología. Habla de eso a la hora de cenar.

– ¿Habla de qué?

– Pues de las reglas de la herencia y el comportamiento. En fin, se trata de la teoría de por qué los hombres somos tan agresivos y competitivos, de por qué hay tanto cabrón. Ella dice que es porque queremos tener acceso a las hembras más fértiles.

Brunetti apoyó los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos y lanzó un gemido. Él quería un inciso, pero no esto.

– Calma, calma, era necesaria la introducción -protestó Vianello-. Una vez consiguen a las hembras más fértiles las preñan y así están seguros de que los que hereden las cabras serán hijos suyos -Vianello miraba a Brunetti desde el otro lado de la mesa, para ver si le seguía, pero el comisario aún estaba con la cabeza entre las manos-. Yo le encontré el sentido cuando ella me lo explicó, Guido. Todos queremos que lo nuestro pase a nuestros hijos no a los de otro.

El persistente silencio de Brunetti -por lo menos, había dejado de gemir- indujo a Vianello a agregar:

– Por eso los hombres competimos. La evolución nos ha programado así.

– ¿Por las cabras? -preguntó Brunetti alzando la cabeza.

– Sí.

– ¿Tienes inconveniente en que hablemos de eso en otro momento?

– Como quieras.

De pronto, este tono desenfadado pareció fuera de lugar a Brunetti, que miró los papeles de la mesa, sin saber qué decir. Vianello se puso en pie, dijo que tenía que hablar con Pucetti y se marchó. Brunetti siguió mirando los papeles.

Sonó el teléfono. Era Paola, que le recordaba que aquella noche tenía que asistir a la cena de un colega que se jubilaba y que los chicos iban a un festival de cine de terror y tampoco cenarían en casa. Sin darle tiempo a preguntar, ella le dijo que le dejaría algo en el horno.

Él le dio las gracias y, recordando la petición del conte respecto a la que aún no tenía información, preguntó:

– ¿Ha dicho tu padre algo de Cataldo?

– La última vez que hablé con mamá dijo que le parecía que él iba a rechazar la propuesta, pero no me explicó por qué -y añadió-: Ya sabes que a mi padre le gusta hablar contigo, de modo que finge que eres un yerno atento y llámale para interesarte. Haz el favor, Guido.

– Soy un yerno atento -protestó Brunetti impulsivamente.

– Guido -dijo ella, iniciando una larga pausa-. Sabes que nunca te tomas interés o, por lo menos, nunca demuestras interés por sus negocios. Estoy segura de que se alegrará si, al fin, das la impresión de que te preocupas.

La posición de Brunetti respecto a los negocios de su suegro era incómoda. Puesto que un día sus hijos heredarían la fortuna Falier, cualquier muestra de curiosidad, por inocente que fuera, podría considerarse interesada y la sola idea lo violentaba.

Incluso preguntar por Cataldo, y lo advertía ahora, mientras Paola esperaba su respuesta, era complicado, porque este hombre estaba casado con una mujer que había suscitado en Brunetti un vivo interés que él no había sabido disimular.

– De acuerdo -respondió haciendo un esfuerzo-. Le llamaré.

– Está bien -dijo ella, y colgó.

Sin soltar el teléfono, Brunetti marcó el número del despacho de su suegro, dio su nombre y preguntó por el conte Falier. Esta vez no se produjeron los habituales chasquidos, zumbidos y esperas, sino que, a los pocos segundos, sonó la voz del conte.

– Guido, encantado de oírte. ¿Estáis todos bien? ¿Los chicos? -quien no supiera que Paola hablaba con sus padres todos los días pensaría que hacía mucho tiempo que el conte no tenía noticias de la familia.

– Todos bien, gracias -respondió Brunetti. Y, sin más preámbulos, dijo-: Me preguntaba si habrías tomado una decisión acerca de la inversión de que me hablaste. Siento no haberte llamado antes, pero aún no he averiguado nada; por lo menos, nada que tú no sepas ya -el hábito de la discreción telefónica estaba tan arraigado en Brunetti que, incluso en lo que no era sino una manifestación de interés en las actividades de un familiar, él seguía la norma de silenciar nombres y dar la menor información posible.

– No tiene importancia, Guido -llegó la voz de su suegro interrumpiendo sus reflexiones-. Ya he tomado una decisión -después de una pausa, añadió-: Si quieres, puedo decirte más. ¿Tienes una hora libre?

Ante la perspectiva de volver a un apartamento vacío, Brunetti respondió afirmativamente y el conte dijo:

– Me gustaría echar otro vistazo a un cuadro que vi anoche. Si te interesa, podrías acompañarme. Dime qué te parece.

– Encantado. ¿Dónde nos encontramos?

– ¿Por qué no en San Bortolo? Podríamos ir juntos desde allí.

Quedaron a las siete y media. El conte estaba seguro de encontrar la galería abierta si avisaba de su visita. Brunetti miró el reloj y vio que tenía tiempo de despachar algunos papeles de los que le habían llovido en la mesa durante el día. Atando corto su atención para evitar divagaciones, se concentró en la lectura. En menos de una hora, un rimero había pasado de la izquierda a la derecha, pero, aunque Brunetti se sentía orgulloso de su laboriosidad, recordaba poco de lo leído. Se levantó, fue a la ventana y se quedó mirando la iglesia del otro lado del canal, sin verla. Se ató de nuevo los cordones de los zapatos y abrió el armadio en busca de las botas forradas de lana, abandonadas allí desde hacía años: se las había puesto por última vez durante una fuerte acqua alta. Hacía meses había observado que una de ellas estaba cubierta de moho, y ahora decidió echarlas a la papelera, confiando en que no lo sorprendiera en la questura otra inundación y se encontrara sin botas. También confiaba en que la signorina Elettra no se enterase de que había puesto caucho con los desechos de papel.

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