Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » El otro nombre de Laura
El otro nombre de Laura - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 79
Перейти на страницу:

– ¿Seguro que no trabaja usted para la policía? Tiene usted el tono de quien está acostumbrado a hacer interrogatorios -se oyó un ruido amortiguado en el fregadero y ella levantó la mirada y se le escapó un suspiro contenido a duras penas-. ¡Ay, Dios! Creo que me he cortado.

Sacó la mano del agua jabonosa. Presentaba un corte profundo, antinaturalmente limpio, recto, en el interior del pulgar, cerca del nudillo. La sangre diluida manó con imposible agilidad por su muñeca, corriéndole por el brazo. Se quedó atónita mirándose la herida. Estaba blanca como el papel.

– La copa -dijo sin entonación-. Se ha roto.

Él le puso la mano bajo el codo.

– Venga -dijo-, venga y siéntese.

La condujo hacia la mesa. Ella caminó como si estuviera en trance. La sangre le había llegado al codo y le empapaba la manga recogida del suéter negro. Se sentó. Él le dijo que mantuviera la mano en alto y le indicó que se sujetase la base del pulgar donde tenía el corte con la otra mano, y que apretase para reducir el flujo sanguíneo.

– ¿Tiene una venda? -le preguntó. Ella le miró con absoluta incomprensión, con el ceño fruncido-. Una venda -repitió-. O algo que pueda cortar y utilizar como venda.

– No lo sé. Pruebe en el cuarto de baño.

El sacó el pañuelo e intentó rasgarlo, pero la costura del borde no cedía. Le preguntó si tenía unas tijeras. Ella señaló un cajón, debajo de la encimera.

– Ahí.

Se le escapó una risa breve y levemente histérica. Encontró las tijeras y cortó una tira de algodón con la que se puso a vendar la zona del corte. Mientras lo hacía, el aliento de ella le llegaba al dorso de las manos, y el calor de su cara palpitaba con suavidad contra su propia mejilla. Hizo lo posible para que no le temblasen las manos y se maravilló por lo veloz, lo copiosa que insistía la sangre en manar de la herida. Ya había aparecido una mancha rojo oscuro en el vendaje improvisado.

– ¿Habrá que dar unos puntos de sutura? -preguntó ella.

– No. Cesará enseguida.

O al menos confió en que así fuera; no sabía nada bien qué hacer con la carne viva, con la sangre que fluía libremente.

– Hágame un favor, ¿quiere? -le dijo ella-. Eche un vistazo en mi bolso, a ver si hay una aspirina.

Se dirigió al vestíbulo, tal como ella le indicó, y volvió con el bolso negro, que encontró suspendido por la correa en el colgador de los abrigos, detrás de la puerta de entrada, para dárselo.

– Busque usted -dijo ella-. No se preocupe, no va a encontrar nada que me delate.

Revolvió en el bolso. El olor que emanó de sus rincones, un olor a carmín, a polvo de maquillaje y a otros cosméticos, le recordó a todas las mujeres que había tratado en su vida. Encontró el tubo de las aspirinas, sacó dos tabletas y se las llevó con un vaso de agua que llenó en el grifo del fregadero. A Kate White le tembló la mano buena cuando levantó el vaso para llevárselo a los labios. Todavía sujetaba en alto el pulgar vendado, en una parodia de un gesto de altiva afirmación.

– ¿Voy a tener que quedarme así todo el día? -preguntó, y dio a su voz un temblorcillo de patetismo cómico. Él le dijo que el corte cicatrizaría pronto y que dejaría de sangrar. Ella miró en derredor-. Dios -murmuró sin que pareciera importarle lo inconsecuente del comentario-, cómo aborrezco esta casa.

Ella le pidió que prendiera el fuego de la cafetera, y cuando estuvo caliente se sirvió una taza y la probó e hizo un gesto de desagrado. Volvieron a la sala de estar y se acomodó en el sofá con las piernas dobladas bajo el cuerpo, mirándolo por encima del borde de la taza.

– Es usted el Buen Samaritano, ¿no es así? -le dijo-. ¿Ha tenido muchas ocasiones de ensayar?

El no respondió. Se levantó y se acercó al ventanal, colocándose donde había estado ella antes, y se metió las manos en los bolsillos al contemplar el jardín. El crepúsculo pronto dejaría paso a la noche. Por encima de los árboles navegaban unas nubecillas rosas sobre una franja de cielo verduzco.

– Dígame -dijo ella-. ¿Por qué le interesa tanto esa mujer, esa tal Swan? Quiero que me diga la verdad.

– Ya se lo he dicho. Me llamó por teléfono su marido.

– Eso dijo, sí.

– Me pidió que no se le practicase la autopsia.

– ¿Por qué?

El continuó estudiando el jardín. En el aire cada vez más apagado, los árboles, relucientes aún por la lluvia, que había terminado mucho antes, eran deshilachados globos de luminiscencia.

– No le hacía gracia la idea, no podía soportarlo -dijo.

– Pero usted no le creyó. Quiero decir que no creyó que ésa fuese la razón por la que le pidió que no lo hiciera.

– No tuve motivos para dudar de él.

– Entonces, ¿por qué ha venido aquí?

Se volvió por fin hacia ella, todavía con las manos en los bolsillos.

– Ya se lo he dicho, soy un curioso.

– ¿Curioso respecto a qué? ¿No serán ganas de echar un vistazo a la esposa traicionada? -sonrió.

– La verdad, tengo que marcharme -dijo él-. Gracias por haberme recibido, señora White.

– Llámeme Kate. Y gracias a usted por haberme curado las heridas. Lo ha hecho usted como un experto, como un médico de verdad -dejó la taza de café en la mesa de cristal y se levantó. Cuando estuvo en pie se bamboleó un poco, y se llevó una mano, la que tenía sin vendar, con un gesto de flaqueza, a la frente-. Ay, ay, ay -dijo-. Me parece que estoy mareada.

En el vestíbulo, ella tomó el sombrero de Quirke del gancho en que lo había colgado y se lo dio. Se encontraba ya en la puerta, pero ella le puso una mano sobre el brazo y, cuando él se daba la vuelta, dio un paso adelante para arrimársele con destreza y plantarle un beso en toda la boca, clavándole con urgencia los dedos en la muñeca a través de la manga de la chaqueta. El apreció un regusto a carmín. En su aliento, más allá del olor del café, persistía un deje agrio, tenue, por el vino. Las puntas de sus senos se rozaron levísimamente contra la pechera de su camisa. Lo soltó y se separó de él.

– Lo lamento -volvió a decir-. Como le dije antes, no soy la misma de siempre.

Dio un paso atrás con agilidad y cerró la puerta.

Capítulo 11

No sabía bien qué pretendía del doctor Kreutz, ni qué esperaba de él; en realidad, no estaba segura de que pudiera esperar nada. Al principio le complació -le entusiasmó- que tan sólo se hubiera fijado en ella. Era verdad que mucha gente se fijaba en ella, en especial los hombres, pero la manera que tuvo el Doctor de fijarse en ella fue única al menos en su experiencia. No parecía que hubiera reparado en ella, ni que ella le interesara por su físico, ni por lo que tal vez pensara que podía persuadirla a hacer por él. Mucho tiempo pasó antes incluso de que la tocara, y cuando lo hizo fue con una forma especial de tocarla. Y fue extraño, porque ella tampoco tuvo nunca recelos de él, tal como había aprendido a recelar de otros hombres. Oh, desde luego que era atractivo -era el ser humano más atractivo, más exquisito que se hubiera encontrado ella en la vida-, pero cuando pensaba en él no lo imaginaba en el acto de besarla, de estrecharla en sus brazos, ni nada de eso. No era ése el tipo de atractivo que tenía para ella. Lo más semejante que alcanzaba a pensar era el modo en que, cuando era jovencita, se sentía a veces al ponerse a pensar en un actor de cine. Pasaba las matinés en las localidades más baratas del gallinero con las palmas de las manos unidas una con la otra y oprimidas entre los muslos, en una actitud de oración invertida, se le ocurrió de pronto, aunque desde luego no era a Dios a quien así rezaba, y alzaba la cara hacia las imágenes titilantes, entre negro y plata, de John Gilbert o de Leslie Howard o del actor que interpretaba al Zorro en los seriales cinematográficos de entregas semanales, como si alguno de ellos pudiera de pronto salir de la pantalla e inclinarse hacia ella para besarla con suavidad y rapidez en los labios, con alegría, antes de volver a la acción que allí se desarrollaba. Así había de ser con el doctor Kreutz, de eso estaba ella convencida: había de ser ese gesto mágico y luminoso, de ternura infinita, con que se inclinara, cuando llegara el momento en que a él le pareciera oportuno manifestarle cuáles eran sus verdaderos sentimientos para con ella.

1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 79
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)