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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– Es evidente. Ni siquiera cuando encontré en la hemeroteca de Leisure algunas menciones breves a diversos accidentes y desapariciones sucedidos a lo largo de los años pude seguirles la pista. Nadie parecía saber nada. Nadie parecía recordar o querer hablar de ello. Fuera cual fuese la excusa, la intención rotaba clara. Lo que pasara en El Refugio o cerca de aquí no era asunto mío. Y nunca he tenido autoridad legal para forzar las cosas.

– Eh, capitán…

Nate y Quentin se acercaron a los dos agentes que componían la Unidad Forense del Departamento de Policía de Leisure.

– Hemos encontrado algo -les dijo Sally Chávez.

– ¿Aparte de huesos? -preguntó Nate.

– Sí. Véalo usted mismo. -La agente, que estaba de rodillas, se echó hacia atrás para dejar que echaran un vistazo.

El esqueleto, desenterrado a medias y con el cráneo colocado en su sitio, yacía tendido de espaldas, con las piernas estiradas y los brazos a los lados.

Como si hubiera sido colocado con todo cuidado para su enterramiento. Quentin hizo una anotación mental al respecto, Intrigado por ello aunque no fuese particularmente raro. Algunos asesinos se tomaban grandes molestias a la hora de deshacerse de los cadáveres de sus víctimas, y otros no.

Ambos repararon inmediatamente en lo que Chávez les invitaba a ver.

– ¿Un reloj? -Quentin se inclinó un poco más.

– Sí -dijo Chávez-. En la muñeca derecha, así que puede que el chico fuera zurdo.

– ¿Era un chico? -preguntó Nate.

– Seguramente. Sobre todo por el reloj, que me parece de chico. Por el tamaño del esqueleto, era un niño pequeño, y el género es mucho más difícil de determinar a partir de restos óseos si la muerte ocurrió antes de la pubertad. No veo ningún indicio evidente que revele su sexo. Lo que puedo decirles es que el reloj tenía sin duda una correa hecha de algún material que se pudrió. Está claro que no era de metal. Y probablemente tampoco de plástico. El plástico dura una eternidad.

– Pero, por el tamaño, no es un reloj de niño -dijo Quentin-. Parece más bien un reloj de adulto que todavía le quedaba grande. Quizá se lo regalaron para premiarle por algo.

– A mí me regalaron uno cuando me condecoraron en los boy scouts -rezongó Nate.

– ¿Podemos verlo más de cerca? -preguntó Quentin a Chávez.

– Un segundo. Ryan, ¿puedes hacer un par de fotos del reloj, por favor?

Su compañero, un joven taciturno, dejó de desempolvar con una brocha el pie del esqueleto el tiempo justo para coger una cámara que tenía a su lado y tomar varias fotografías.

Chávez extrajo cuidadosamente, con las manos enguantadas, el reloj semienterrado, lo miró un momento, lo metió luego en una bolsa de plástico transparente y se lo dio a su capitán.

– Parece que hemos tenido suerte -dijo.

Quentin y Nate se incorporaron y éste último dijo:

– Eso parece. La parte de atrás está grabada. Le nombraron mejor jugador de su equipo en la liguilla infantil. Hace diez años.

– Jeremy Grant.

Sorprendidos, Quentin y Nate se volvieron a un tiempo al oír a Diana. Estaba de pie, a unos pasos de distancia, no lo bastante cerca como para haber visto el reloj. Tenía el rostro crispado y la voz un tanto temblorosa.

– Eso es lo que pone, ¿no? ¿Lo que pone en la parte de atrás del reloj? Se llama… se llamaba Jeremy Grant.

Quentin se acercó a ella.

– Diana…

– Dímelo.

– ¿Cómo diablos lo sabe? -preguntó Nate.

La mirada de Diana permanecía fija en Quentin.

– Dímelo.

Quentin había recibido el consejo de mantenerla amarrada, con los píes en la tierra, y en ese instante tuvo la clara impresión de que debía tomarse aquel consejo al pie de la letra; de que, si no le procuraba a Diana un anclaje físico, ella se perdería.

Quizás en más de un sentido.

Acortó el espacio que los separaba y cogió sus manos frías.

– Es el nombre que pone en el reloj. -Mantuvo la voz baja para que nadie pudiera oírles, pero habló con naturalidad-. ¿Le viste?

Un leve gemido que no era ni una risa, ni un suspiro, escapó de ella.

– ¿Verle? Santo dios, hablé con él.

Stephanie Boyd, gerente de El Refugio, no daba abasto. No sólo una docena de huéspedes se había marchado sin pensárselo dos veces en cuanto corrió la noticia de que se había descubierto un esqueleto en uno de los jardines del hotel, sino que los que quedaban habían expresado abiertamente su descontento respecto a la situación. Querían que les aseguraran que se trataba de una tragedia aislada, que la policía se marcharía pronto y que la noticia no llegaría a oídos de la prensa.

De momento, no había aparecido por allí ningún periodista, que ella supiera. Cruzaba los dedos para que las cosas siguieran así. Pero ¿quién sabía?

Y ahora tenía una nueva preocupación.

– No hablará en serio, capitán -le dijo a Nate McDaniel, intentando con todas sus fuerzas que no se le notara el desánimo en la voz.

– Lo lamento, señorita Boyd, pero hablo en serio. -Nate parecía revestido de seriedad. Y también molesto-. Puede que este caso sea un callejón sin salida, pero tengo que tratarlo como si se tratara de una investigación por asesinato en toda regla. Esperamos que los registros dentales y las pruebas de ADN nos permitan identificar con toda seguridad los restos como los de Jeremy Grant, que tenía ocho años en el momento de su desaparición aquí, en El Refugio, hace una década. Su padre trabajaba en el hotel como jardinero en aquel momento, pero murió de cáncer hace un par de años. La madre se fue a vivir a otra parte. Estamos intentando localizarla.

– No tiene usted la certeza de que ese chico fuera asesinado en los terrenos de El Refugio -se oyó objetar ella-. Ni de que el asesino fuera alguien relacionado con este lugar.

– Estaba enterrado en el jardín inglés, señorita Boyd.

– Esa zona no formaba parte de los jardines en aquel entonces, capitán.

– No, pero estaba dentro del perímetro de la valla. En los terrenos de El Refugio.

Stephanie se recostó en su silla y le miró fijamente por encima de la mesa. La voluminosa presencia del oficial de policía hacía parecer su despacho más pequeño que de costumbre.

– Corríjame si me equivoco, pero, aparte del lugar donde han aparecido los restos, no tiene usted pruebas de que esto esté relacionado con el hotel en modo alguno.

– Señorita Boyd…

– Llámame Stephanie. -Luego añadió secamente-: Según parece, vamos a tener que vernos muy a menudo, al menos por ahora.

– Me temo que sí… Stephanie. Me gustaría poder ofrecerle a la madre de Jeremy Grant algún dato más, aparte de que su hijo fue asesinado. -Nate se detuvo un momento y después agregó-: Y yo soy Nate.

Ella asintió con la cabeza distraídamente.

– ¿Cómo piensas dirigir la investigación de un crimen que ocurrió hace diez años? Hay algunos empleados que llevan mucho tiempo aquí y que seguramente se acordarán de cuando desapareció el chico, pero ¿pruebas? ¿Cómo vas encontrar pruebas después de tanto tiempo?

Nate no quería admitir que los dos ases en la manga con los que contaban era un agente del FBI obsesionado con resolver un asesinato aún más antiguo y una huésped de salud delicada y con posibles facultades extrasensoriales que, si Nate no se equivocaba, estaba a un paso de sufrir un colapso nervioso.

De modo que se limitó a decir:

– Tenemos que intentarlo, señorita… Stephanie. Ahora, obviamente, sería preferible que pudiéramos llevar a cabo la investigación y los interrogatorios con la mayor discreción posible. Lo que significa que esto no salga de aquí, si puede ser. No queremos tener que andar trasladando a los empleados de aquí a la jefatura de policía una y otra vez, ¿verdad?

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