Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Correcto, Galarza. Los vamos a manejar nosotros.
Fesquet suspira y dobla en el aire una de sus lánguidas manos.
– Yo manejo muy mal, mi coronel. Y aquí podría fallar. Usted sabe: la responsabilidad, la noche. No me animo.
– Tiene que hacerlo, Fesquet -ordena el Coronel, tajante-. Somos cuatro. No debe haber nadie más.
– Algo me intriga -comenta Galarza-: esa mujer, el cuerpo. Es una momia, ¿no? Hace tres años que ha muerto. ¿Para qué la queremos? La podríamos tirar desde un avión, en el medio del río. La podríamos meter dentro de una bolsa de cal, en la fosa común. Nadie está preguntando por ella. Y si alguien pregunta, no tenemos por qué contestar.
– La orden viene de arriba -dice el Coronel-. El presidente quiere que se la entierre cristianamente.
– ¿A esa yegua? -exclama Galarza-. Nos jodió a todos la vida.
– Nos jodió -dice el Coronel-. Otros creen que los salvó. Hay que cubrirse las espaldas.
– Tal vez ya es tarde -dice Arancibia, el Loco-. Hace dos años se podía. Si hubiéramos matado al embalsamador, el cuerpo se habría corrompido solo. Ahora es un cuerpo demasiado grande, más grande que el país. Está demasiado lleno de cosas. Todos le hemos ido metiendo algo adentro: la mierda, el odio, las ganas de matarlo de nuevo. Y como dice el Coronel, hay gente que también le ha metido su llanto. Ya ese cuerpo es como un dado cargado. El presidente tiene razón. Lo mejor es enterrarlo, creo. Con otro nombre, en otro lugar, hasta que desaparezca.
– Hasta que desaparezca -repite el Coronel, que no cesa de fumar Se inclina sobre el mapa de Buenos Aires. Señala uno de los puntos rojos, al norte, casi pegado al río. -Fesquet -dice-. ¿Qué hay acá?
El teniente primero estudia el área. Descubre una estación de trenes, dos vías que se cruzan, un puerto para yates.
– El río -adivina.
El Coronel lo mira sin decir nada.
– No es el río, Fesquet -apunta Galarza-. Es su destino.
– Ah, sí… la iglesia, en Olivos -dice el teniente.
– Este cuadrado verde es una plaza -dicta el Coronel, como si hablara con un niño-. Acá, en la esquina, junto a la iglesia, hay un jardín enrejado, cubierto de pedregullo, de diez metros de ancho por unos seis de fondo. Está cubierto de tártagos, begonias, plantas de hojas carnosas. Ponga allí, contra el muro, algo que parezca un cantero. Rodéelo con macetas o lo que sea. Haga que los soldados caven una fosa profunda. Disimúlela, para que nadie la pueda ver desde la calle.
– Es un terreno de la iglesia -recuerda Fesquet-. ¿Qué hago si el párroco nos prohíbe trabajar?
El Coronel se lleva las manos a la cabeza.
– ¿Usted no puede resolver el problema, Fesquet? ¿No puede? Tiene que hacerlo. Esto no va a ser fácil.
– Quédese tranquilo, mi coronel. No voy a fallar.
– Si falla, despídase del ejército. Todos deben meterse en la cabeza que el fracaso es inaceptable en esta misión. Nadie venga después a decirme que tuvo tal o cual imprevisto. Es ahora cuando deben adelantarse a las casualidades.
– Voy a la iglesia y pido un permiso -balbucea Fesquet.
– Pídalo en el arzobispado -dice el Coronel. Se distiende, echa hacia atrás el tobogán de la frente y entrecierra los ojos.
– Sólo un punto más. Pongamos los relojes en hora, repasemos las contraseñas.
Un par de llamadas tímidas lo interrumpen. Es el sargento primero Piquard, despeinado. Uno de los mechones que le cubren la calva se ha fugado de su cárcel de gomina y cae, patético, hasta la barbilla.
– Parte urgente para el coronel Moori Koenig -informa-. De la presidencia de la república han traído este sobre. La orden es que lo reciba usted, de inmediato, en persona.
El Coronel palpa el sobre. Son, advierte, dos hojas: una de cartulina, la otra de papel ligero. Observa el lacre del anverso. El dibujo en relieve está borroso: ¿es el escudo nacional o un símbolo masónico?
– Piquard -pregunta-, ¿cómo ha llegado el mensaje hasta acá?
– Mi coronel -dice el sargento primero, con los hombros caídos, en posición de firmes-. Lo trajo un principal, de uniforme. Llegó en un Ford negro con chapas oficiales.
– Déme el nombre del principal, el número del vehículo.
Piquard abre los ojos, consternado:
– No se le pidió identificación. No se anotaron los números. El trámite fue de rutina, mi coronel. Al sobre lo revisamos bien. Pasó sin novedad la pericia de explosivos.
– Mejor así, Piquard. Retírese. Que los soldados anden con los cinco sentidos bien despiertos.
– ¿Y ahora qué falta? -pregunta el Coronel, volviéndose a los oficiales-. Ah, la contraseña.
– Y los relojes -apunta Galarza, señalando la estampa de Kant.
– ¿Se acuerdan de la consigna con la que derrocamos a Perón: «Dios es justo»? Vamos a usarla esta noche, desde las doce hasta las cuatro. Los que se anuncian tienen que hacerlo en tono de pregunta: «¿Dios?» La segunda parte de la contraseña es obvia. Ahora, los relojes.
Son las siete menos cuarto. Todos ajustan las agujas, dan cuerda. El Coronel rompe los lacres del sobre. Echa un vistazo al contenido: una foto y un volante. La foto es rectangular, como una postal.
– Señores -dice, súbitamente pálido-, pueden irse. Sean cuidadosos.
Apenas los oficiales se eclipsan en la negrura de los pasillos, el Coronel cierra la puerta de su despacho y vuelve a mirar, incrédulo, la foto: es Ella, la difunta, yaciendo sobre la losa del santuario, entre nidos de flores. Se la ve de perfil, los labios entreabiertos, los pies descalzos. Que existan fotos así es imprudente. ¿Cuántas habrá? Lo insólito es sin embargo el volante, impreso en mimeógrafo. Comando de la Venganza, lee el Coronel. Y abajo, con una caligrafía torpe: Déjenla donde está. Déjenla en paz.
7 LA NOCHE DE LA TREGUA
El arte del embalsamador se parece al del biógrafo: los dos tratan de inmovilizar una vida o un cuerpo en la pose con que debe recordarlos la eternidad. El caso Eva Perón, relato que Ara completó poco antes de morir, une las dos empresas en un solo movimiento omnipotente: el biógrafo es a la vez el embalsamador y la biografía es también una autobiografía de su arte funerario. Eso se ve en cada línea del texto: Ara reconstruye el cuerpo de Evita sólo para poder narrar cómo lo ha hecho.
Poco antes de la caída de Perón escribió:
«Trato de disolver los cristales de timol en la arteria femoral. Oigo en la radio los Funérailles de Liszt. La música se interrumpe. La voz del locutor repite, como todos los días: "Son las veinte y veinticinco, hora en que la Jefa Espiritual de la Nación pasó a la inmortalidad". Miro el cuerpo desnudo, sumiso, el paciente cuerpo que desde hace tres años sigue incorrupto gracias a mis cuidados. Soy, aunque Eva no quiera, su Miguel Angel, su hacedor, el responsable de su vida eterna. Ella es ahora -¿por qué callarlo?- yo. Siento la tentación de inscribirle, sobre el corazón, mi nombre: Pedro Ara. Y la fecha en que comenzaron mis trabajos: 26 de julio de 1952: Tengo que pensarlo. Mi firma alteraría su perfección. O tal vez no: tal vez la aumentaría».
Embalsamador o biógrafo, A mí me desconcertó durante algunos años. Su diario dedica un par de páginas a narrar el secuestro del cadáver. Aunque abunda en detalles, poco de lo que dice coincide con lo que el Coronel le refirió a su esposa y a Cifuentes, a través de los cuales conocí yo esa parte de la historia.
Ara escribe:
«Terminaba ya el 23 de noviembre de 1955. Antes de medianoche entré en la CGT Los enviados del gobierno no habían llegado todavía. En el segundo piso, varios soldados montaban guardia, unos ante la capilla funeraria, otros junto a los accesos de la escalera.
»-Es el profesor -dijo un oficial de policía. Al reconocerme, los soldados bajaron sus armas.
»Abrí la puerta de la capilla. La dejé abierta. Como en otras ocasiones, los soldados se acercaron tímidamente y se asomaron para ver a Evita. Uno de ellos se santiguó. Conmovidos, me preguntaron:
»-¿Se la llevan esta noche, doctor?
»-No lo sé.
»-¿Qué van a hacer con ella?
»-No lo sé.
»-¿Cree que van a quemarla?
»-No lo creo.
»Mientras los soldados volvían a la guardia, revisé el laboratorio. Todo estaba en orden.
»Descendí al vestíbulo para recibir a los jefes. El primero en llegar fue el coronel Moori Koenig; en seguida, un capitán de navío. Exploramos juntos el complicado pasadizo que conducta al garaje. oí doce campanadas en un reloj lejano. El nuevo día comenzaba.
»Volví a la capilla. Ya estaba el ataúd allí. Hice una seña. Dos obreros se acercaron para ayudarme a cargar el cuerpo venerado. Uno de ellos levantó a Evita tomándola por los tobillos; entre el otro y yo la alzamos por los hombros. Fuimos muy cuidadosos: no desordenamos su peinado ni su vestido. Sobre el pecho, se distinguía la cruz del rosario ofrendado por Pío XII. Sólo faltaba sellar la tapa metálica del ataúd.