Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
“Tercero en el mando, Milton Galarza, capitán antiguo, de artillería, casado, 34 años, hijo varón de 7. 1) Esposa con cálculos en la vesícula, nefritis latente, insuficiencia tiroidea: un catálogo de males. Alto, de casi dos metros. 2) Toca en secreto (mal) el clarinete. Será por eso que lo llaman Benny Goodman. No ha terminado la Escuela de Guerra. Ya es tarde para que la termine. 3) Es agnóstico, tal vez ateo. Lo disimula. 4) Fue oficial de apoyo en el fallido atentado de 1946 contra el dictador Trabajó como agente doble en 1951. Lo descubrieron. El general L le salvó la carrera. Hizo que lo destinaran a un distrito de la selva. 5) Párrafo confidencial y secreto del legajo: "Informe de la guarnición Clorinda a comandante de la Segunda División, 13/04/54: Verificado que en tres salidas de rutina en los vagones que van de Misión Tacaagle a Laguna Blanca, el capitán M. G. disparo a discreción contra familias de indios tobas y mocobíes. Hay confesión escrita de los soldados que conducían los vagones. M. G. usó la carabina Máuser de reglamento y tiene un faltante de 34 piezas de munición. M. G. fue amonestado verbalmente." 6) Suboficial asignado: sargento ayudante Livio Gandini”.
“El último: Gustavo Adolfo Fesquet, teniente primero, 29 años, desviaciones sexuales altamente probables. Soltero. En el Colegio Militar le decían Plumett. 1) Florero en el escritorio, foto de la mamá, secante de nogal lustrado con incrustaciones de carey, frasco de perfume Atkinsons con pulverizador en el segundo cajón de la derecha, manual para aprender a redactar. Averiguar por qué no ha sido separado de la institución. 2) Católico de comunión dominical. 3) Destacado en criptografía. Prueba dudosa contra él en archivos del Servicio: una declaración espontánea del dragoneante Julio A. Merlini al jefe de guardia en el R19 de Tucumán, el 29/10/51. "El teniente Fesquet vino y se apareció en el baño de soldados, donde yo y el soldado Acuña estábamos orinando. Se puso a orinar al lado mío. El soldado Acuña se retiró y yo seguí. Cuando ya estaba sacudiendo para irme, me tocó el miembro con la punta de un dedo y me preguntó: ¿Sos feliz? Yo le dije: Disculpe, mi teniente, retirándome en el acto, sin más consecuencias." Declaración archivada por orden del jefe del R19. 4) Suboficial asignado: sargento primero Herminio Piquard.”
»Con esas fichas, el Coronel creía tener al fin un cuadro claro de las fuerzas con que contaba, pero no resultó así. Un hombre, como usted sabe, nunca es igual a sí mismo: se mezcla con los tiempos, con los espacios, con los humores del día, y esos azares lo dibujan de nuevo. Un hombre es lo que es, y también es lo que está por ser.
»Sé que en algún momento de aquella madrugada tomó el mapa del Gran Buenos Aires y desplegó sobre él una hoja de calcar en la que había dibujado el tridente de Paracelso. Quizás usted lo haya visto. Tiene tres puntas en forma de triángulos isósceles, unidas por una larga base sobre la que se apoya el mango, corto y cilíndrico. Paracelso creía en la armonía de los contrarios. De ahí que los dientes simbolicen virtudes enemigas como el amor, el terror y la acción.
»Buenos Aires tiene la forma de un pentágono y el tridente consta de tres triángulos. Concertar esas figuras que invocan tantos símbolos es una operación delicadísima y, en manos inexpertas, muy peligrosa. El tridente es Satanás, el ojo de Shiva, las tres cabezas de Cerbero, y también una réplica de la Trinidad. El pentágono es el signo pitagórico del conocimiento, pero Nicolás de Cusa creía que los pentágonos atraen o expulsan lluvias de fuego.
Moori Koenig estudiaba el mapa con la avidez de un alquimista pero también con temor.
Permítanme dejar por un momento la grabación de Cifuentes y decir que siempre me ha sorprendido la afición de los militares argentinos por las sectas, los criptogramas y las ciencias ocultas. En el ejercicio cartográfico del Coronel, las influencias ocultistas eran sin embargo menos visibles que las literarias. Le hice notar a Cifuentes que su plan tenía cierto aire de familia con el que Borges describe en «La muerte y la brújula». No lo admitió. Aunque he leído poco a Borges, dijo (o más bien mintió), tengo algunos recuerdos de ese cuento. Sé que está influido por la Cábala y por las tradiciones jasídicas. Para el Coronel, la más mínima alusión a lo judío hubiera sido inaceptable. Su plan se inspiraba en Paracelso, que es la contrafigura de Lutero y, a la vez, el más ario de los alemanes. La otra diferencia, me dijo, es más notable. El ingenioso juego del detective Lonnrot en «La muerte y la brújula" es un juego mortal, pero sólo sucede dentro de un texto. Lo que el Coronel tramó debía suceder en cambio fuera de la literatura, en una ciudad real por la que se desplazaría un cuerpo abrumadoramente real.
Vuelvo a la grabación ahora. Hemos llegado al punto donde se acaba la cara A del primer cassette. Oigo la voz de Cifuentes:)
«Cuando Moori Koenig hizo coincidir el mango del tridente con el Dock Sur, las puntas sobresalieron del mapa y quedaron apuntando hacia los tambos y tierras para ganado que se perfilan más allá de San Vicente, Caouelas y Moreno. De nada le servían esos campos remotos. Desplazó entonces el mango sobre el mapa hasta situarlo en la esquina de Buenos Aires donde él estaba, de pie, bajo una lámpara. Miró la hora, me dijo, porque en el filo de la realidad a la cual se asomaba todo era vértigo. Eran las seis menos seis minutos. La distracción de su mirada duró menos de un segundo. Eso bastó para que el tridente se contrajera y sus flechas se clavaran en tres sitios increíblemente precisos: la iglesia de Olivos, a orillas de una estación ferroviaria llamada Borges; el Recinto de Personalidades en el cementerio de la Chacarita; el mausoleo blanco de Ramón Francisco Flores en el cementerio de Flores. Ésa era la brújula del azar que había espec…»
Fin de la cinta.
A la hora que el Coronel ha previsto, llaman a la puerta. Arancibia, el Loco, entra de perfil; de sus zapatos reglamentarios brota un empeine jorobado. Fesquet ha debido pasar una noche atroz. En su cara se dibujan los estragos. Galarza, el clarinetista, va dejando al moverse una estela de sonidos abdominales. Nadie se sienta. El Coronel enrolla la hoja de calcar con el tridente y exhibe el mapa, en el que destellan tres puntos rojos.
Le complace abrumar a los oficiales con las revelaciones que ha ido atesorando desde la mañana anterior. Les habla de la madre, del embalsamador. Les explica que no hay un solo cuerpo sino cuatro, y que esa multiplicación favorece los planes del Servicio: cuanto más pistas deban seguir los enemigos, más fácil será borrarlas.
– ¿Cómo? -pregunta Arancibia-. ¿Todavía no hemos empezado y ya aparecieron los enemigos?
– Hay algunos -dice el Coronel, con sequedad. No quiere alarmarlos contándoles que, en su propia casa y por su teléfono privado, se han filtrado amenazas.
Luego, enumera las grandes líneas del plan. Se necesitan cuatro ataúdes idénticos, modestos: los conseguirá Galarza. Los cuerpos serán enterrados entre la una y las tres de la mañana siguiente: al de Arancibia le corresponde la Chacarita, al de Galarza el cementerio de Flores, al de Fesquet la iglesia de Olivos. Es preciso que cada quien se ocupe de que los sitios estén previamente despejados. Cuanto más secretos sean los movimientos, más trabajo van a tener los adversarios en descifrarlos.
– ¿Con qué refuerzos contamos, mi coronel? -quiere saber Galarza.
– Sólo con nosotros cuatro.
Hubo un largo silencio.
– Sólo nosotros cuatro -repite Arancibia-. Demasiado pocos para un secreto tan grande.
– Soy, en este país, el único teórico del secreto -continúa el Coronel-. El único experto. Me he desvelado pensando en eso: las filtraciones, la contrainteligencia, las acciones encubiertas, los atajos, la ley de probabilidades, el azar. He calculado cada paso de este operativo con minucia. He reducido los riesgos a dos o tres por ciento. El factor más expuesto del plan es la tropa de apoyo. Cada uno de nosotros necesita cuatro soldados y un camión de transporte. Ustedes tienen, además, un suboficial asistente. A medianoche nos esperan en el comando en jefe. Los soldados vienen de regimientos y batallones distintos. No se conocen entre sí. Los camiones son cerrados y no tienen mirillas: sólo respiraderos. Nadie debe saber de dónde viene ni adónde va. A las cero quince de mañana nos concentramos en el garaje de la CGT. El lugar se parece a cualquier otro. No me importa lo que piensen los soldados. No me importa lo que puedan decir.
– Brillante -dice Galarza-. Si los soldados no vuelven a encontrarse, nunca van a reconstruir la historia. Y es imposible que vuelvan a encontrarse.
– Hay una posibilidad en ciento cincuenta mil -apunta el Coronel-. Son conscriptos de las provincias. Pasado mañana van a salir de baja.
– Impecable -insiste Galarza, el clarinetista, luchando contra un alud de borborigmos-. Sólo me inquieta un detalle, mi coronel. En ese extremo del secreto, ni los soldados ni los suboficiales deberían manejar los vehículos.