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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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A la muerte de la difunta, los bienes de la Fundación que llevaba su nombre fueron estimados en más de 700 millones de pesos. ¿Distrajo Ella alguna suma para su beneficio personal?

Manejó arbitrariamente cantidades aun mayores, sin rendir cuentas a nadie. Regaló casas, dinero en efectivo y enseres domésticos a personas adictas de recursos escasos y a otros aduladores anónimos. Pero, a pesar de las escrupulosas pesquisas contables, no hay pruebas de ningún enriquecimiento ilícito. La difunta no necesitaba robar. Tenía todo lo que quería e imaginaba que su poder iba a ser eterno.

¿Hay algún indicio de infidelidad conyugal por parte de la difunta?

Este punto ha sido investigado con minucia. No hay ningún indicio.

¿Hay algún indicio de infidelidad conyugal por parte del dictador prófugo?

Por raro que parezca, tampoco se ha encontrado ninguno. Sobre el punto han sido interrogados ex ministros, ex jueces, ex caudillos sindicales y otros cómplices del tirano. La mayoría admite que, al morir la esposa, incurrió en toda clase de lascivias, estupros, sodomías y obscenidades, pero no antes.

¿Qué importancia puede tener ese tema para un Servicio de Inteligencia?

La máxima importancia. El mapa del erotismo es el mapa del poder. En vez del vulgar desasosiego de las esposas por conservar al marido, la difunta se preguntó cómo haría para superar a Perón. Era una idea desatinada, pero todas sus ideas lo eran. Le dio varias vueltas al asunto hasta que llegó a una conclusión: lo superaría por el peso de su amor. El que más ama, puede más. Nadie fue más leal que ella, nadie más amante, más confiable, más verdadero. La enormidad de su amor lo abarcó todo. Abarcó también al marido, lo contuvo. Es decir, lo devoró.

Según los informes ginecológicos de que disponemos, la difunta se vio impedida de cumplir con sus deberes conyugales íntimos desde fines de 1949, cuando comenzó a experimentar fuertes dolores en las caderas, fiebres y hemorragias intempestivas e hinchazón en los tobillos. Dada tal situación, ¿cómo explicar la fidelidad del tirano, que carecía de imaginación erótica pero no de apetito?

Fuentes confidenciales lo explican. Pese al vértigo de sus actividades, la difunta jamás dejó de satisfacer a su marido, hasta que las fuerzas la abandonaron. Lograba que la masturbación pareciera penetración. Su lengua actuaba como vagina. El dictador nunca se había beneficiado de un sexo tan sabio, ni volvió a encontrarlo después que Ella murió.

¿Cuál fue el último deseo de la difunta?

Se lo dijo a la madre. El último deseo de la difunta fue que ningún hombre tocara su cuerpo indefenso y desnudo, que ningún hombre hablara de su cuerpo, que nadie en el mundo viera la eternidad de su delgadez y de su decadencia.

El primero en violar ese deseo fue el dictador, que la hizo embalsamar y la exhibió descaradamente a las masas durante dos semanas. Yo no tengo por qué respetar nada. Me sentiría más tranquilo si pudiera tirar a los perros ese último deseo.

Cuando el Coronel alzó la cabeza, ya no había ciudad alrededor. Había penumbra, una vaga neblina, el velo de la luna al otro lado de las ventanas. Debía afanarse; correr. ¿Con cuáles pasos? Aún le faltaba encontrar el sitio donde ocultaría el cadáver verdadero, elegir la tropa que iba a secundarlo, fijar la hora del traslado. Después, tendría que decidir el destino de las copias, borrar todas las huellas, darse una ducha, dormir. Tendió el cuerpo hacia atrás y oyó, lejano, el zumbido de las abejas.

6 EL ENEMIGO ACECHA

Poco después de la medianoche pasó por su casa. Su mujer estaba cepillándose el pelo. Cada vez que lo peinaba hacia arriba, se le insinuaba una remota semejanza con la difunta: los mismos ojos redondos de color café bajo unas cejas dibujadas a lápiz, los mismos dientes blancos y algo salidos. En otras ocasiones, cuando el Coronel se cruzaba con su mujer, ella le decía:."Ya no te conozco. Llevamos quince años casados y cada día te conozco menos». Esta vez no fue así. Le dijo:

– Tenemos que hablar. Suerte que viniste.

– Después -contesto él.

– Es importante -insistió ella.

El Coronel se encerró en el baño y luego, tendido en el sofá de su escritorio, comenzó a quedarse dormido. De las paredes colgaban los croquis a lápiz con los que solía entretenerse: ciudades vistas desde arriba, hileras de torres góticas.

La mujer golpeó a la puerta con timidez y asomó la cabeza. El Coronel hizo un gesto de disgusto.

– Llaman a cada rato por teléfono -dijo ella-. Cuando atiendo, cortan.

– Algún maniático comentó el Coronel con desgano-. Ya me lo vas a contar después. Necesito descansar.

– Nunca llama la misma persona -dijo la mujer-. A veces, alguien se queda un rato en la línea, respirando. No se oye más que una respiración enferma. Otras veces, alguien dice: «Dígale a su marido que no juegue con fuego. Que deje a la señora donde está». Esta mañana empezaron con las amenazas. No te las puedo repetir. Dicen mi nombre y, después, una sarta de obscenidades. «¿Quién es la señora?», pregunté. Pero me cortaron el teléfono.

– ¿Cómo son las voces? -dijo el Coronel-. ¿Voces de negros peronistas o de militares?

– Qué sé yo. Mira si voy a fijarme en esas cosas.

– Presta atención. La próxima vez tratá de grabarte las voces en la cabeza.

– Hace un rato, a eso de las diez, tocaron el timbre de la planta baja. Me dijeron que traían una carta tuya. «Déjenla debajo de la puerta», les pedí. «No podemos», me contestaron. «El Coronel ha dado orden de que se la entreguemos en propias manos». Querían que bajara. Me negué. Después de las llamadas de teléfono, estaba muerta de susto. «Es grave», me dijeron. «Es muy grave». Pensé que te había pasado algo. Me puse una bata y me asomé a la calle. Había un auto parado frente a la puerta, un Studebaker verde. Me apuntaron con una pistola y, cuando me puse a gritar, se fueron. No hicieron nada: sólo demostrar que podían matarme cuando se les diera la gana.

– Fuiste una imbécil -dijo el Coronel-. ¿Para qué saliste?

– Salí para que no subieran ellos a casa. Salí por puro terror. ¿Quién es esa señora? ¿En qué te estas metiendo?

El Coronel se quedó un rato callado. Siempre le había costado entender a las mujeres. Apenas podía hablar con ellas. Puntillas, escarlatinas, ruleros, trenzas, organdíes, pinturas de uñas: nada de lo que les interesaba tenía que ver con él. Las mujeres le parecían escamas caídas de otro mundo, desgracias como la fiebre y el mal olor del cuerpo.

– No pasa nada -dijo-. Para qué voy a explicarte lo que no entendés.

En eso, volvió a sonar el teléfono.

Las fuentes sobre las que se basa esta novela son de confianza dudosa, pero sólo en el sentido en que también lo son la realidad y el lenguaje: se han infiltrado en ellas deslices de la memoria y verdades impuras. Una de las frases más célebres de Evita revela cuál era su idea de las cosas. La dijo el 24 de agosto de 1951: «Soy joven y con un marido maravilloso, respetado, admirado y amado por su pueblo. Me hallo en la mejor de las situaciones». Apenas una de esas certezas no se podría discutir: que era joven. Tenía treinta y dos años. En las demás, sólo Evita creía. Su marido estaba en ese momento amenazado por dos conspiraciones simultáneas y a Ella misma, esa mañana, los médicos le habían informado que sufría de anemia perniciosa y que debía retirarse de la actividad pública. Estaba en la peor de las situaciones. Le faltaban once meses para morir.

Para los historiadores y los biógrafos, las fuentes siempre son un dolor de cabeza. No se bastan a sí mismas. Si una fuente dudosa quiere tener derecho a la letra de molde, debe ser confirmada por otra y ésta a su vez por una tercera. La cadena es a menudo infinita, a menudo inútil, porque la suma de fuentes puede también ser un engaño. Tómese el acta de casamiento de Perón y Evita, por ejemplo, en la que un escribano público de la ciudad de Junín confirma la veracidad de los datos. El casamiento no es falso pero casi todo lo que dice el acta sí lo es, de principio a fin. En el momento más solemne e histórico de sus vidas, los contrayentes -así se decía entonces- decidieron burlarse olímpicamente de la historia. Perón mintió el lugar de la ceremonia y el estado civil; Evita mintió la edad, el domicilio, la ciudad donde había nacido. Eran imposturas evidentes, pero pasaron veinte años antes de que alguien las denunciara. En 1974, sin embargo, el biógrafo Enrique Pavón Pereyra las declaró verdaderas en su obra Perón, el hombre del destino. Otros historiadores se conforman con transcribir el acta y no discuten su falsía. A ninguno se le ocurrió, sin embargo, preguntarse por qué Perón y Evita mentían. No necesitaban hacerlo. ¿Evita se añadió tres años para que el novio no le doblara la edad? ¿Perón se fingió soltero por pudor de ser viudo? ¿Evita imaginó que había nacido en Junín porque era hija ilegitima en Los Toldos? Esos detalles nimios ya no les inquietaban. Mintieron porque habían dejado de discernir entre mentira y verdad, y porque ambos, actores consumados, empezaban a representarse a sí mismos en otros papeles. Mintieron porque habían decidido que la realidad sería, desde entonces, lo que ellos quisieran. Actuaron como actúan los novelistas.

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