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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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»-¿Dónde están los soldadores? -pregunté.

»-Ya es muy tarde -respondió uno de los militares-. Vamos a dejar eso por ahora.

»Insistí, pero no encontré ningún eco favorable.

»-No se preocupe -me dijo el Coronel-. Mañana haremos todo lo que falta.

»Ese mañana no llegó nunca. Traté de ver al Coronel en su despacho de Viamonte y Callao, para cerciorarme de que el cadáver estaba decorosamente protegido. No quiso recibirme. Tampoco pude volver al segundo piso de la CGT.

»Meses después de aquel 24 de noviembre, me despertó en medio de la noche la insistente llamada del teléfono. Una voz que no me era del todo desconocida dijo:

»-Doctor, ya se la llevaron a otro país. La noticia es segura.

»-¿Segura?

»-Lo vi yo mismo, doctor. Adiós.»

Aldo Cifuentes, en cambio, me contó esta versión:

«Al principio, el plan que había preparado Moori Koenig se cumplió sin fallas. A medianoche, su grupo salió en cuatro camiones del comando en jefe del ejército. Cada camión llevaba un ataúd vacío. Todos entraron poco después en el garaje de la CGT. Hubo un incidente en el vestíbulo del edificio porque el embalsamador, apostado allí desde la tarde, no quería marcharse antes de hablar con Moori Koenig. Pretendía que le firmara una constancia de que el cadáver estaba en perfectas condiciones. Imagínese, como si se tratara de una mercancía. Creo que el Coronel subió al vestíbulo para mandarlo a la mierda. En la sala de guardia, donde nadie estaba enterado de lo que pasaba en el garaje, reinaba (como se diría en los diarios) gran agitación. Corría la noticia de que los peronistas de las orillas se estaban concentrando en los galpones del puerto y amenazaban con avanzar sobre la ciudad. Se temía un ataque a la CGT, otro 17 de octubre, otra noche oscura de San Perón. Las masas en la Argentina se han desplazado siempre como animales en celo. Despacio, tanteando el aire, fingiendo humildad. Cuando uno quiere acordarse, ya no hay quien las detenga.

Moori Koenig conocía esos antecedentes. Tuvo la presencia de ánimo de llamar al comando en jefe por teléfono para informar lo que estaba pasando. Pidió que dispersaran la concentración a balazos. Dijo que, si no reprimían a esa gente antes del amanecer, iba a reprimir él mismo. El embalsamador merodeaba, cabizbajo. Parecía muy asustado. Cuando el Coronel pasó a su lado, lo detuvo:

»-Si váis a llevaros pronto a la Señora, quiero estar en la ceremonia -dijo.

»Moori no le perdonaba que hubiera tratado de engañarlo con las copias del cadáver.

»-Usted no tiene nada que hacer aquí -contestó-. Ésta es una operación militar.

»-No me deje fuera, coronel -insistió el médico-. Yo cuidé el cuerpo desde el primer día.

»-No debió hacerlo. Usted es un extranjero. No debió meterse con la historia de un país que no era suyo.

»Ara se llevó la mano al sombrero y salió a la calle, en busca de su automóvil. Tenía la expresión aturdida de alguien que se ha perdido a sí mismo y no sabe por dónde empezar a buscarse.»

Cifuentes eligió ese momento de la historia para deslizar otro de sus autorretratos:

«Yo soy, como usted sabe, un payaso de Dios. Me llaman Pulgarcito porque tengo el tamaño del pulgar de Dios. A veces soy gigantesco, a veces no se me ve. Lo que me ha salvado de la solemnidad es mi desprestigio. Gracias al desprestigio fui siempre libre de hacer lo que se me dio la gana. No me juzgue por lo que estoy contando. Mi estilo es menos tenebroso que esta realidad.

»Le abreviaré los detalles. En el santuario, Moori Koenig rescató las copias del cadáver de sus cajas, detrás de las cortinas, las vistió con túnicas blancas idénticas a las de Eva y las dejó en el piso. Eran flexibles, casi no pesaban. En el extremo más alejado de la puerta depositó a la Difunta, luego de identificar una vez más la marca detrás del lóbulo. El cuerpo verdadero se distinguía de las copias por la rigidez y por el peso: siete, ocho kilos más. Pero el tamaño era el mismo: un metro veinticinco. Moori Koenig lo verificó una y otra vez, porque no podía creerlo. De lejos, sobre la losa de cristal, el cadáver parecía inmenso. Pero los baños de formol habían contraído los huesos y los tejidos. Sólo la cabeza seguía como siempre: hermosa y perversa. Le concedió una última mirada y la cubrió con un velo, como a las otras.

»En el pasillo del segundo piso ya estaban los ataúdes, abiertos, en línea. No había otros testigos que los tres oficiales del Servicio. Moori Koenig abrió las puertas del santuario y, con la ayuda de sus hombres, acomodó los cuerpos. Cada ataúd llevaba una placa de hojalata, con un nombre y una fecha grabados. La de Evita era un guiño a los historiadores -si acaso alguno llegaba a leer la inscripción-, porque los datos eran los de su abuela materna, que había muerto también a los treinta y tres años: Petronila Núñez / 1877-1910.

»Sellaron las cajas con tornillos. Ordenaron a los soldados que las bajaran al garaje. Los cuerpos fueron depositados en los camiones: sin banderas, sin ceremonias, en silencio. Poco antes de la una, todo había terminado. Moori Koenig hizo formar a la tropa al pie de los vehículos. Arancibia, el Loco, estaba pálido, por la impresión o el esfuerzo. Uno de los suboficiales, creo que Gandini, apenas podía tenerse en pie.

»-En un par de horas, esta misión habrá terminado -dijo el Coronel-. Los soldados van a ser llevados de regreso al comando en jefe. Mañana los darán de baja. A los demás los espero en el Servicio, a las tres.

»El aire estaba húmedo, hinchado, irrespirable. Cuando Moori Koenig salió a la noche, descubrió en el horizonte una enorme luna creciente atravesada por una raya negra, de lluvia o de mala suerte.»

Inventario de los efectos hallados en el segunda piso de la Confederación General del Trabajo el 24 de noviembre de 1955:

* Un prisma triangular, de cristal, con dos amplias paredes unidas en lo alto, similar a los nichos que se usan en las iglesias para exhibir imágenes sagradas.

* Un camisón o túnica de mujer, de lienzo blanco, en el que se observan manchas y quemaduras.

* Dos horquillas de pelo.

* Tres cajas de madera ordinaria, oblongas, de metro y medio de largo. En una de las cajas se encontró una tarjeta postal, con sello del correo de Madrid, 1948. Tanto el texto como el nombre de la persona a la que fue enviada la tarjeta son indescifrables.

* Setenta y dos cintas negras y violetas con inscripciones doradas de homenaje a la difunta esposa del tirano prófugo.

* Un frasco de cristales de timol, sin abrir.

* Cinco litros de formol al 10 por ciento.

* Nueve litros de alcohol de 96 grados.

* Una libreta con anotaciones manuscritas, que se atribuyen al doctor Pedro Ara. Consta de catorce hojas. Sólo se han podido descifrar las siguientes oraciones: «le haremos con brocatos un sudario bordado reemplazando al que tiene que le deja al aire» (hoja 2) / «-libre no-» (hoja 9) / «las pantorrillas mostrando para mayor contorsión» (hoja 8) / «de los súbditos» (hoja 4) / «la huella o la mordida de los rayos» (hoja 3) / «la falta de los tules» (hoja 10) / «de dermis necrosada» (hoja 6) / «para abrirla y que penetren» (hoja 11) «las toses de los pobres» (hoja 13). * Un ramo de alverjillas frescas junto al prisma. * Una vela de sebo, encendida.

Empezaron a cruzar el río al caer la tarde. Se reunían en grupos de diez o de doce en los apostaderos de isla Maciel y esperaban el paso de las lanchas que iban a la Boca. Aunque hacía calor y la humedad encenagaba el aire, llevaban ropas de abrigo en las mochilas, como si se prepararan para un asedio de meses. Cuando subían a bordo, obligaban a los lancheros a internarse en los canales de la dársena sur, entre los vapores que volvían de Montevideo, y desembarcaban en cualquier claro de los muelles, luego de pagar puntualmente el pasaje. Otras barcazas navegaban desde Quilmes y Ensenada, con farolitos encendidos en los mástiles, y atracaban un poco más al norte, cerca de los galpones. Algunos de los viajeros esgrimían carteles a medio pintar, otros llevaban bombos. Iban acomodándose en silencio, al pie de los grandes silos, y enseguida, con ritmo de hormigas, armaban reparos de madera para que las mujeres pudieran amamantar a sus hijos. Todos olían a curtiembre, a madera quemada, a jabón en barra. Eran de pocas palabras, pero altas y agudas. Las mujeres vestían batones floreados, de algodón, o vestidos sin mangas. Los viejos, con barrigas aerostáticas, exhibían unas relucientes dentaduras postizas. Dientes nuevos y máquinas de coser eran los regalos más frecuentes de Evita. Cada mes, en la Fundación, Ella recibía cientos de paquetes con moldes de encías y paladares y, a vuelta de correo, mandaba las dentaduras con el siguiente mensaje: «Perón cumple. Evita dignifica. En la Argentina.

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