Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Usted ya no hace ninguna falta acá, doctor -dijo el Coronel-. Deje el cadáver en la caja de vidrio y váyase. He ordenado que se clausure este segundo piso. Lo he declarado zona militar.
Tendido sobre el cristal, el cuerpo de Evita se resistía sin embargo a las órdenes y actuaba según su propia lógica funeraria. Las fosas de la nariz empezaban a destilar gases azules y anaranjados. ¿Y ahora qué le pasa?, se preguntó el Coronel. Está perfecta, no necesita nada. No sufre de pesadillas ni de frió. No la molestan las enfermedades ni las bacterias. Ya no tiene razones para estar triste. La examinó de arriba abajo. Le faltaba una punta del lóbulo de la oreja izquierda y la última falange del dedo medio, en la mano derecha. Los médicos legistas del gobierno se las habían cortado para identificarla. Era Ella, era Ella: no cabía duda. De todos modos, necesitaba imponerle su marca: una cicatriz que sólo él pudiera reconocer.
Tomó del laboratorio pinzas, bisturíes, sondas acanaladas. Levantó el cielo raso de los labios y estudió las escalinatas de los dientes, esmerándose en no perder el control. Se detuvo junto a las axilas. Vio los tules recortados del vello, la meseta de los pezones adolescentes, los pechos planos y redondos: pechitos yermos, a medio hacer. Un cuerpo. ¿Qué es un cuerpo?, diría después el Coronel. ¿Puede llamarse cuerpo un cuerpo muerto de mujer? ¿Podía ese cuerpo ser llamado cuerpo?
Las nalgas. El raro clítoris oblongo. No. Qué tentación el clítoris. No; debía refrenar la curiosidad. Leería las notas que había tomado sobre el clítoris. Las galerías y caracoles de la oreja: eso estaba mejor. Levantó el lóbulo sano. A la sombra de los cartílagos, un arco suave: un tobogán. Eligió el punto. En la voluta donde desembocaba el músculo con el nombre más largo de la anatomía humana, esternocleidomastoideo, se abría un espacio virgen, todavía no alcanzado por los aceites fúnebres. Tomó una de las pinzas. Ahora. La punción: una brizna de carne. El corte dejó una señal estrellada de milímetro y medio, casi invisible. En vez de sangre, brotó un hilo de resina amarilla que se evaporó al instante.
Ordenó sellar con fajas de alerta las puertas del laboratorio y del santuario: Zona militar. Prohibido pasar. Y salió a respirar el aire turbio de la tarde, los vapores del río, el polen inclemente.
¿Qué sabía de Evita, después de todo? Sabía que era guaranga, casi analfabeta, trepadora, una sirvienta escapada del gallinero. Él lo había escrito en su cuaderno: «Una mucama con ínfulas de reina. Agresiva, nada femenina. Enjoyada de pies a cabeza para desquitarse de las humillaciones que había conocido. Resentida. Sin escrúpulos. Una vergüenza. Pero ésos eran desahogos. Sabía historias peores. Sabía que, cuando Ella murió, las cartas pidiendo trajes de novia, muebles, empleos, juguetes, lo indecible, tenían que ser dirigidas a su nombre para que hubiera una respuesta. Cartas a Evita. Y que ella, aún después de muerta, firmaba puntualmente las respuestas. Alguien le imitaba la firma al pie de frases como éstas: «Te beso desde el cielo.; «Estoy feliz entre los ángeles»; «Todos los días hablo con Dios»; etcétera. En la agonía, Ella había dispuesto que las cosas fueran así. Una vergüenza.
Llegó a la oficina con un dolor de cabeza tenaz, reflejo de algún desorden. ¿Las comidas, el sexo? Nada de eso: su vida fluía al ritmo de la rutina. Como Kant, como las estaciones. ¿Las estaciones? Algo, ahora, estaba desplazándose de lugar en la estructura de la naturaleza. Se alzaban lenguas de calor: columnas de treinta y cuatro grados. Volaban mangas de langostas. Las ramas de los árboles hervían de panales. Contempló una vez más la minuciosa lámina de Bellerman. Otros tiempos. La caminata sin trastornos de Kant. Los relojes moviéndose obedientes al compás de sus pasos. No había sol ni noche ni señal de viento sino la luz opaca de la eternidad.
Nadie escuchaba. Nada se movía ya entre los pliegues de tanto silencio. Nadie esperaba ninguna respuesta. Entonces, escribió:
¿Qué sé del Personaje: la Difunta?
Los documentos que he examinado fijan su nacimiento en dos lugares y en tres fechas distintas. Según el acta de la iglesia parroquial de Los Toldos o General Viamonte, nació el 7 de mayo de 1919 en la estancia La Unión, de esa localidad, con otro nombre: Eva Maria Ibarguren. Un registro del teatro Comedia (año 1935) modifica todos los datos: «Evita Duarte, dama joven. Junín, 21 de noviembre de 1917. El acta de matrimonio con Juan Perón la menciona como María Eva Duarte, nacida en Junín el 7 de mayo de 1922.
¿Antepasados? ¿Padres? ¿Hermanos?
Hija bastarda. El padre, Juan Duarte (1872-1926), descendía de ganaderos vascos y aragoneses, vasallos de otros terratenientes. Hombre de mediana fortuna, mediocre, politiquero. En 1901 se casó en Chivilcoy con Estela Grisolía, de la que tuvo tres hijas. Llegó a Los Toldos en 1908 y arrendó un par de campos a veinte kilómetros de la estación ferroviaria.
En uno de esos campos, La Unión, servía como mucama Juana Ibarguren, (1894…) la madre, también bastarda. Nacida de la relación casual entre Petronila Núñez, puestera de Bragado, y el cartero vasco Joaquín Ibarguren, quien tuvo la gentileza de legar a Juana su apellido antes de esfumarse para siempre.
La madre se amancebó con el patrón en 1910, durante las fiestas del Centenario. Al empezar el verano, poco antes de la cosecha, la legítima familia Duarte llegó de visita desde Chivilcoy y Juana debió esconderse en los ranchos. En marzo tuvo su primera hija, Blanca. Duarte reanudó la relación en mayo y, desde entonces, durante casi nueve años, la pareja repitió sus monótonos ciclos de vida en común entre abril y noviembre. Otros hijos: Elisa, de 1913; Juan Ramón, de 1914; Erminda, de 1917; Eva María, de 1919. Todos, salvo la última, fueron reconocidos por el padre. Cuatro meses después del nacimiento de Eva Marta, Juan Duarte se marchó de Los Toldos para siempre. Visitó una o dos veces a los bastardos, pero con impaciencia, distraído, ansioso por desaparecer de su pasado.
¿Qué sucedió al morir el padre en 1926?
(Informe cifrado. Última línea: yitghvhatcpmcaislhzkmlbmifesebamkmybegsccgfitbkx).
¿Cuándo empezó la Difunta a destacarse como recitadora? ¿Cuáles fueron los primeros versos de su repertorio?
En 1933, cuando cursaba el sexto grado en la Escuela N° 1 de Junín, la maestra Palmira Repetti le pidió que actuara en la fiesta del 9 de julio. La Difunta eligió para la ocasión un poema breve de la amada inmóvil, el célebre libro de Amado Nervo, titulado»¡Qué bien están los muertos!». Estimulada por la señorita Repetti, se presentó ese mismo día en los micrófonos de un negocio de artículos para el hogar, donde recitó el poema de Nervo que más la conmovía, ¡Muerta!., del libro La sombra del ala.
¿Cuándo y por qué decidió abandonar Junín para probar suerte como artista en Buenos Aires?
(Informe cifrado. Últimas dos líneas: cgifiedbdhgqcuaslhpmkucikggbfitfhgknfbikptcirhectbmbhnukihecs4820bgbezsbhviffb).
¿Se fugó de Junín con el cantante Agustín Magaldi, de 34 años, conocido como»la voz sentimental de Buenos Aires»?
(Informe cifrado. Últimas dos líneas: batilcgbgbvbkfmcgbgimbcfihtfkxcgbgmbpfchggcuasbgfhecsctf biplbmbedbmCPHVBbkjirhectcplbot).
Son conocidas las dificultades de la Difunta para insertarse en el ambiente artístico, donde hasta 1944 se mantuvo como figura de segundo plano. ¿Quiénes fueron los amigos que le permitieron ascender?
Lista de nombres cifrados.
Durante los primeros siete meses de 1943, la Difunta desapareció. No actuó en la radio ni en el teatro y las revistas de espectáculos no la nombran.
¿Qué sucedió en ese lapso? ¿Estuvo enferma, prohibida, retirada en Junín?
(Informe cifrado. Última línea: ipcplitcahqiehsyhglbscpiqbfb ircdsitccqbkjebplhedmbgbtebs).
Cuando el dictador prófugo y la difunta se conocieron en enero de 1944, ¿quién levantó a quién?
Ella se le presentó con una frase de alto voltaje seductor: “Gracias por existir, coronel”,, y le propuso que durmieran juntos esa misma noche. Siempre fue de armas llevar. No concebía que la mujer pudiera ser pasiva en ningún campo, ni aun en la cama, donde lo es por mandato de la naturaleza. El aspirante a dictador era, en cambio, algo incauto en las lides eróticas: romanticón, de gustos simples. La que lo levantó fue ella. Tenía muy claro lo que quería.
¿Se le conoce a la Difunta una cuenta secreta en Zurich, Suiza?
La Difunta poseía 1.200 plaquetas de oro y plata, 756 objetos de platería y orfebrería, 650 alhajas, 144 piezas de marfil, collares y broches de platino, diamantes y piedras preciosas valuados en 19 millones de pesos, además de bienes inmuebles y acciones de establecimientos agrarios en común con el dictador prófugo, su marido, tasados judicialmente en 16.410.000 pesos. Esas joyas y propiedades fueron incautadas por el fisco en 1955. Tanto las encuestas diplomáticas que efectuó discretamente el gobierno de la Revolución Libertadora como los múltiples rastreos de este y otros Servicios de Inteligencia no revelan que haya cuentas secretas a nombre de Juan D. Perón, María Eva Duarte de Perón, familiares de ambos o posibles testaferros.